René Vázquez

crisis-conscience-ray-franzNo mucho tiempo después de mi regreso de África, un viejo amigo pasó por nuestra habitación en las oficinas principales. Su nombre era René Vázquez y lo había conocido durante treinta años. La primera vez que lo vi fue en Puerto Rico en el pueblo de Mayagüez donde vivía con su padre, quien había contraído segundas nupcias. En ése entonces René era estudiante adolescente de la escuela secundaria. Tanto su padre como su madrastra se oponían a que René estudiase con los testigos de Jehová. Su oposición llegó a ser tan intensa que una tarde, después de haber estado estudiando en la casa de algunos misioneros, René sintió que no podía soportar más. Pasó la noche en una banca del parque de una plaza pública. La mañana siguiente se dirigió a la casa de unos tíos y pidió que lo dejasen vivir con ellos, a lo cual ellos accedieron. Aunque no simpatizaban con los testigos de Jehová, resultaron ser personas tolerantes. Al graduarse de la escuela secundaria, René decidió inmediatamente incorporarse como “precursor de tiempo cabal”.

Estando presente en una asamblea en Nueva York en 1953, decidió permanecer en los Estados Unidos. Conoció a una joven en Michigan, se casaron y los dos se dedicaron al “precursorado”. Se les invitó a trabajar viajando entre las congregaciones de habla hispana en los estados del oeste de los Estados Unidos. Tiempo después fueron a la Escuela de Galaad, siendo de allí enviados a España. Pronto, René fue designado como superintendente de distrito en aquel país. La obra de los testigos de Jehová estaba bajo proscripción oficial y él y su esposa se desplazaron por toda España, teniendo que estar en constante alerta de la policía y conscientes del peligro de ser descubiertos y arrestados o deportados. Todas las reuniones que se realizaban eran de carácter clandestino. Después de años de estar en esa actividad “encubierta”, los nervios de René llegaron a tal estado de tensión que estaban a punto de sufrir quebranto. Para este entonces ya René y Elsie habían estado en España siete años. Debido a la salud de él, y a algunas necesidades que se presentaron en la familia de Elsie, regresaron a los Estados Unidos. Siendo que habían pagado ellos mismos los gastos para su viaje de regreso, al llegar a América lo hicieron casi sin nada de fondos monetarios.

Después de su llegada, el único trabajo que René pudo encontrar fue el de levantar cargas pesadas en una fábrica de acero. Siendo una persona de contextura pequeña, su frágil cuerpo resultó resintiéndose al segundo día, acabando por ello en el hospital. Finalmente halló otro trabajo y una vez que hubieron solucionado sus problemas financieros, él y su esposa se hallaron nuevamente en el servicio de “precursores.” Estando trabajando en el ámbito de los circuitos y distritos les llegó el pedido para que formasen parte del personal de las oficinas principales en Brooklyn, donde a René se le asignó la supervisión del despacho de servicio para todas las congregaciones de habla hispana en los Estados Unidos, compuestas éstas por unas treinta mil personas. Sirvió allí hasta 1969 cuando Elsie quedó embarazada, requiriéndose que dejaran su “servicio en Betel”.

René me dijo que se esforzaría por permanecer en Nueva York, no porque le gustase la ciudad, sino entendiendo que si las circunstancias lo permitiesen, él podría ser útil en alguna forma a la organización. Resultó ser así. A los pocos años se hallaba nueva­mente en las oficinas centrales ayudando dos días a la semana en hacer traducciones al español, dirigiendo la grabación de dramas para convenciones en ese idioma, haciendo trabajo como superintendente de circuito y distrito entre decenas de congregaciones de habla hispana en el área de Nueva York. Además, como él había pasado algún tiempo sirviendo en Portugal, cuando se establecieron unas con­gregaciones de habla portuguesa en el área de Nueva York, él renovó su conocimiento del idioma y sirvió a esas congregaciones también.

En sus más de treinta años de asociación con la organización yo seriamente dudo que haya existido alguien en Puerto Rico, España o los Estados Unidos que haya tenido motivo de queja respecto al servicio de René. Poseyendo una personalidad básicamente apacible, había aprendido sin embargo el arte de ser firme sin ser duro o brusco. Aún bajo la circunstancia que se desarrolló, la que se presentará más adelante, yo dudo que alguna de aquellas personas que trabajaron con René Vázquez en cualquiera de los lugares donde él sirvió, negaría que lo arriba expresado es descripción honesta de su persona. Si tuvo alguna falla perceptible ésta era, como él mismo lo reconoce, la de haber sido demasiado anuente cuando se le pedía que hiciese algo por otros, particularmente por la Sociedad. El siente hoy que su vida familiar se vio afectada innecesariamente debido a esto.

Como un ejemplo, él y su señora habían pasado varios años sin tomarse unas verdaderas vacaciones, por lo que René planeaba un viaje que los llevaría de vuelta a España para una visita. Poco antes que llegara el tiempo de partir, Harley Miller, quien entonces encabezaba el Departamento de Servicio, llamó y le pidió a René que pasara algún tiempo en el trabajo de circuito, justo en esos días. René sintió que la cosa correcta era aceptar, pues él nunca había rechazado una asignación de la “organización del Señor.” Su esposa hizo finalmente el viaje a España en compañía de su madre.

René vivía cerca al aeropuerto La Guardia, por ello cuando los miembros del Departamento de Servicio, Harvey Miller entre ellos, tenían que viajar en avión para cumplir con sus compromisos como oradores los fines de semana, regularmente arreglaban para que René los esperara y los transportase de regreso a Betel. Algunos de los vuelos llegaban cerca de la medianoche, otros aún más tarde. René había insistido en suministrar tal servicio para mí, aceptándolo yo en base a nuestra vieja amistad, hasta que me enteré a qué grado otros se valían de su buena voluntad y comedimiento. A mi parecer, se abusaba de su benevolencia, por lo que, con raras excepciones, de allí en adelante busqué otro medio de transporte.

Pienso que, si se pudiese obtener el punto de vista de la Sociedad respecto a quienes podrían considerarse como los principales personajes comprometidos en la “conspiración contra la organi­zación”, que con tan drástica acción se trató de extirpar, se nos señalaría a nosotros tres-a Ed, a René y a mí. Sin embargo, nunca hubo momento en que los tres hubiéramos estado reunidos juntos. Durante ese tiempo, yo tuve conversaciones extensas con René posiblemente en dos ocasiones; en cuanto a Ed y René, lo mismo era cierto. ¿Cuáles eran, entonces, las supuestas actividades siniestras en las que estábamos comprometidos? Simplemente esto, a saber, que nosotros dialogábamos sobre la Biblia como amigos, y también con nuestros amigos de mucho tiempo.

La noche que René pasó por nuestra habitación, él había estado asistiendo a un seminario para ancianos organizado por la Sociedad. Nosotros conversamos en cuanto a sus impresiones, las cuales eran básicamente favorables. En un momento de la conversación dijo él, “Me parece como si estuviésemos idolatrando cifras. A veces quisiera que se pusiera fin al uso de informes.” Por “informes” él se estaba refiriendo al sistema que pide de cada Testigo la presentación mensual de hojitas de informe, detallando en éstas la actividad de testificación hecha, incluyendo las horas empleadas, la literatura distribuida y así por el estilo (La importancia asignada a estos reportes es innegable. Cada Testigo entrega su informe a la congregación, cada congregación a la oficina de sucursal de su país, cada oficina de sucursal envía un informe mensual detallado a la oficinas internacionales donde éstos son compilados y se promedian, y los porcentajes de aumento (o disminución) son anotados. Se estudian con el mismo ávido interés con el cual las grandes corporaciones estudian las cifras en sus informes de producción o sus índices de crecimiento; cuales­quier fluctuaciones o posibles síntomas de decrecimiento en el número de Testigos que informan, o las horas informadas, o la distribución de literatura, se convierten en razones para alarma. Los representantes en las sucursales se inquietan si los informes mensuales para su país fallan en mostrar algún aumento, o peor aún, si es que reflejan disminución).

Yo recordé algunos puntos señalados en el programa de la anterior asamblea de Distrito sobre “la fe y las obras” y hablamos sobre esto, así como lo que dijo el apóstol sobre éste tema, en el libro de Romanos. Como yo lo veía, las enseñanzas del apóstol llamaban primero a la edificación de la fe de las personas; cuando esto se hubiera logrado, entonces seguirían las obras-pues la fe genuina es productiva y activa de igual manera como el amor genuino lo es. Uno puede presionar constantemente a la gente para que haga ciertas obras y quizá lo hagan como resultado de la presión. Pero, ¿dónde hallamos la evidencia de que esas obras se generaron por la fé y el amor? Y si no es así como se motivaron, ¿cómo pueden ser ellas agradables a la vista de Dios, de todos modos?

Parecía evidente que las obras procedentes de la fe tenían que ser espontáneas, no sistematizadas o encajadas en cierto molde, de la misma forma que los actos de amor deberían ser espontáneos y no el resultado de un simple cumplimiento de actividades programadas por otros. Las disposiciones ordenadas son buenas si son para facilitar lo que es conveniente o cómodo, pero no deben ser un medio de compulsión sutil, usado para crear un complejo de culpa en todo aquel que no ‘encaje dentro del molde’. Cuanto más estrechamente tratan los hombres de controlar la vida y las actividades de sus hermanos cristianos, cuanto más estrujan la oportunidad para que la fé y el amor sean lo que los motive y controle. Yo reconozco que es mucho más difícil edificar la fe y el aprecio de la gente por medio de las Escrituras, en comparación con el simplemente entusiasmarlos por medio de discursos desde el atril, o mediante el hacerles sentir culpables. No obstante, dado lo dicho por el apóstol, me pareció que aquel camino difícil era el único biblicamente sabio y correcto.

Esa fue en esencia la conversación. El tema de las hojas de informe estimuló la conversación, pero de allí en adelante no figuró en ella. En un encuentro con René en la entrada de uno de los edificios poco después, dijo que el abordar los asuntos a la luz de los escritos de Pablo en Romanos hizo que su trabajo como superintendente de circuito y distrito fuese mucho más gozoso y sus discusiones con los ancianos más significativas.

Algunas semanas después mi esposa y yo fuimos a la casa de ellos a una comida. A pesar de que habíamos estado las dos parejas juntos en la misma congregación de habla hispana en Queens, Nueva York, durante nuestros primeros años en esa ciudad, desde entonces nuestros encuentros habían sido sólo esporádicos. Tanto antes como después de la comida, René deseaba conversar sobre el mensaje de Romanos. Aunque a menor grado que con mi esposa, sentí la obligación de responder a sus preguntas antes que evadirlas. Lo había conocido por treinta años; sabía que era estudiante serio de las Escrituras. Le hablé como un amigo, no como un oficial organi­zacional y al considerar la Palabra de Dios con él sentí que mi primera responsabilidad era para con Dios, no hacia los hombres, ni hacia una organización. Si me retraía de hablar a personas como éstas, respecto a lo que yo veía eran enseñanzas bien definidas en las Escrituras, ¿cómo podría decir lo que Pablo dijo a los ancianos de Efeso, según lo registrado en Hechos 20:26, 27? El dijo:

Por eso los llamo para que sean testigos este mismo día de que yo estoy limpio de la sangre de todo hombre, porque: no me he retraído de decides todo el consejo de Dios“.

Pablo sabía que era por hacer esto que se había hablado injuriosamente de él en la sinagoga de Efeso (Hechos 19:8,9) Yo sabía, de igual manera que las palabras mías podrían producir los mismos resultados.

Entre otras cosas, nosotros consideramos la primera parte del capítulo ocho de Romanos (presentada anteriormente en este capítulo). Yo estaba interesado en saber cómo él entendía el versículo 14 en cuanto a la relación de Dios con sus hijos, cuando se le considera a la luz del contexto. Él nunca la había examinado en su contexto (lo cual es cierto de casi todos los testigos de Jehová). Al hacerlo, su reacción fue tanto espontánea como notable. Lo que a otros pudiese parecer obvio, para un testigo de Jehová puede resultar sorprendente, como si se tratara de una auténtica revelación. El comentario de René fue: “Por años tenía la sensación de que estaba resistiendo al espíritu santo al leer las Escrituras cristianas. Yo podía estar leyendo tranquilamente, aplicando a mí mismo todo lo que leyera, cuando, súbitamente me detenía y decía ‘pero éstas cosas no me aplican, son sólo aplicables a los ungidos.‘”

Yo sé, él sabe y Dios sabe que no usé persuasión alguna para que él viera las cosas de forma diferente. Fueron las propias palabras del apóstol en la Biblia, leídas en su contexto las que obraron para persuadir. Su comentario en un encuentro incidental posterior fue que desde aquél entonces las Escrituras en general cobraron vida con un significado mayor para él.

Aunque parezca extraño, para un testigo de Jehová (que no pertenece al grupo de los más de 8,000 ungidos) el llegar a la conclusión de que las palabras desde Mateo hasta Revelación están dirigidas a él y le aplican no meramente de “refilón“, sino real y directamente, resulta en que se abra la puerta a un cúmulo de preguntas, preguntas que a menudo anhelaban recibir respuesta, pero las cuales él no se atrevía a hacer…

… La acción tomada fue rápida, extensa, coordinada. Tanto Cris Sánchez y su esposa, como Néstor Kuilan y su esposa fueron interrogados. Cris y Néstor trabajaban en el departamento de traducción al español donde René servía dos días a la semana.

Harley Miner llamó entonces a René y le pidió que viniera a su oficina diciendo, “Nos gustaría hurgar tu cerebro sobre algunos puntos”.

El Comité de la Presidencia había hecho arreglos para que comités investigadores se formaran para manejar el interrogatorio de estas personas. Con la excepción de Dan Sydlik, ninguno de los hombres en estos comités eran miembros del cuerpo gobernante. El cuerpo gobernante, por medio de su Comité de la Presidencia, dirigió todas las acciones, empero desde este punto en adelante se mantuvo en el trasfondo…

… El viernes 25 de abril, sólo tres días después de la llamada de Schroeder en respuesta a mi petición, comités judiciales, que funcionaban bajo la sanción y dirección del Comité de la Presidencia del cuerpo gobernante, expulsaron a Cris Sánchez y su esposa y a Néstor Kuilan. René y Elsie Vázquez también fueron expulsados por otro comité como también lo fue un anciano perteneciente a una congregación cercana a la de René. Los nombres de todos, excepto el del anciano se leyeron a todo el personal de las oficinas centrales en Brooklyn, indicando que los tales habían sido expulsados. De esta manera el cuerpo gobernante informó a más de mil quinientas personas. Ellos, no obstante, no consideraron apropiado el infor­marme a mí. Eventualmente me enteré, por supuesto, pero por medio de llamadas telefónicas de los afectados, no de parte de ninguno de mis socios en el cuerpo gobernante…

… Creo que se pondría en duda la sinceridad de cualquier religión si no está dispuesta a tomar tiempo para razonar con personas mediante la Palabra de Dios-no sólo por unas cuantas horas o aun unos cuantos días, sino por semanas o meses-al tener esas personas dudas en cuanto a lo bíblico de las enseñanzas de esa religión. Cuando los que estaban siendo interrogados en las oficinas principales presentaban puntos bíblicos, se les decía en tantas palabras: “No estamos aquí para considerar sus preguntas bíblicas”. Harley Miller dijo a René Vázquez: “Yo no pretendo ser erudito bíblico. Me esfuerzo por mantenerme al día con las publicaciones de la Sociedad y hasta ahí llega. más o menos, lo que puedo hacer”. En la mente de los interrogadores la cuestión principal era, no la lealtad a Dios y su Palabra, sino la lealtad a la organización y sus enseñanzas. En esto, como ya se ha demostrado, contaban con amplio apoyo de las publicaciones de la Sociedad.

Se puede decir verdaderamente que ninguna de las personas expulsadas abrigaba idea alguna de separarse de los testigos de Jehová, o tenía idea alguna de animar a otros a separarse. La actitud de ellos se expresa vivamente en esta carta escrita por René Vázquez al apelar la acción de expulsión que se tomó contra él y su esposa:

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René Vázquez

31-06 81 Street

Jackson Heights, NY 11372

May 4, 1980

Comité Judicial

c/o Claudius Johnson

1670 E 174 Street Apt. 6 A Bronx, NY 10472

Estimados hermanos:

Hallo necesario una vez más, por este medio, apelar a su razonamiento sano y juicio imparcial para que vean que no somos­ culpables de la acusación que se ha hecho en contra de nosotros, mi esposa y yo. Nosotros, de hecho, realmente no entendemos ni conocemos quiénes son nuestros acusadores.

Durante nuestra reunión judicial, vez tras vez declaramos, desde el corazón, con toda veracidad ante Jehová Dios, que la mismísima idea de promover una secta, o ser apóstatas, es suma­mente inconcebible de nuestra parte. ¿No se deja ver esto por mi servicio dedicado a Jehová Dios por los pasados treinta años, al grado de dar atención mínima a mi propia familia y a mi trabajo seglar? ¿Por qué debieran las recientes acciones con respecto a la consideración de algunos puntos de la Biblia en conversación privada con algunos queridos hermanos y amigos, de pronto tomarse como un ataque en contra de la organización, o como apostasía? ¿Por qué se debiera tomar una acción tan extremada como la de expulsión, cuando razonamiento sano, bondad, verda­dero amor cristiano y misericordia, podrían enmendar y sanar cualesquier malos entendimientos junto con dolor de corazón que resultaran de habla imprudente, o la repetición de cosas que no estén en armonía con lo que se ha publicado por la Sociedad? ¿Dónde está la persona mala, la persona inicua, el odiador de Jehová, la persona rebelde, el obrador de actos inicuos, no arrepentido, que debiera eliminarse? ¿Por qué debiera una definición legalista de apostasía usarse de una manera tan fría y sin misericordia para condenar a personas que no han hecho otra cosa sino servir fielmente y derramar sus almas a favor de los hermanos por tantos años?

¿Quiénes son los que están causando reproche al nombre de Jehová, y dando un mal nombre o imagen a la organización? ¿No son las acciones drásticas que se están tomando, y los métodos desamorados que se están usando, y los rumores calumniadores que se están esparciendo, y la falta de misericordia y amor cristiano, la sospecha, el temor y terror de investigaciones inquisitorias, lo que está multiplicando mil veces más cualquier mal entendimiento o daño no intencional debido a que algunas personas repitieran impropiamente algunas cosas que se dijeron?

Hermanos, no hay nada sino amor en nuestro corazón por la entera asociación de nuestros hermanos, y de ninguna manera mi esposa y yo jamás hemos querido obrar con, ni hemos tenido, algún designio malicioso para causar confusión y perturbación de la fe de ellos. ¿Como trataría Jesucristo una situación como ésta?

Parece que el objetivo principal del comité era establecer culpabilidad, por establecer que había apostasía. A pesar de nuestras expresiones repetidas del corazón, de que el seguir un curso de apostasía nos es inconcebible, que tal cosa nunca entró en nuestro corazón, esa acusación continuó haciéndose. El comité parece haber estado dedicado a probar que éramos apóstatas por medio de probar que conversaciones privadas que tuvimos con algunos de nuestros queridos hermanos, eran en efecto, parte de un complot malicioso para formar una secta o causar división por apostasía. En dos ocasiones diferentes el hermano Harold Jackson usó la ilustración de una muchacha joven que hubiera cometido fornicación, pero que, en su mente, la idea de hacer eso era tan rechazada que ella, en efecto, creía que no había cometido fornicación, y sin embargo ella estaba encinta. La aplicación seria que no importa cuán aborrecible sea para nosotros la idea de ser apóstatas, que no importa si nuestro corazón y conciencia nos dijeran que era inconcebible para nosotros hacer una cosa así, aún así somos apóstatas.

Pero hermanos, nosotros sabemos la diferencia entre nuestra mano derecha y la izquierda. Este no es caso de una muchacha joven con falta de entendimiento y experiencia. Sin embargo, aun si se aceptara el argumento, de que somos algo que no lo somos, puesto que no lo somos en nuestro corazón, mente y conciencia, la pregunta queda, ¿cómo trataría Jesús el asunto? ¿No extendería él su bondad amorosa y misericordia a la mucha­cha, de modo que el pecado no gobernara como rey, puesto que El murió para que se nos mostrara misericordia?

Por otro lado, ¿seria en armonía con la sabiduría de arriba usar el ejemplo de la muchacha como un principio para juzgar caso distinto en donde la muchacha estaba segura de que no había cometido fornicación, pero su vientre estaba muy abultado? ¿Qué hay si un examen apropiado mostrara que ella tenia un quiste en su matriz, de modo que ella, en efecto, estaba diciendo la verdad, pero se le presionó tanto por inte­rrogatorio y angustia mental, que se le hizo sufrir, y además de eso, se comenzaron a circular rumores diciendo que ella estaba encinta, que iba a tener mellizos, que ya había dado a luz trillizos, y así por el estilo? ¿No seria eso una gran injus­ticia? ¿Quiénes serian los que estarían causando el daño verdadero? ¿No evitaría el amor y misericordia de Jesucristo tal injusticia grande?

Por esta mismísima razón Jesucristo dijo a los que lo condenaron por hacer obras de curación en el sábado: “Dejen de juzgar por la apariencia externa, pero juzguen con juicio justo.”-Juan 7:24

El hermano Episcopo, como uno de los del comité judicial, declaró, por un número de preguntas sugestivas, que un apóstata podía ser muy sincero en lo que estaba enseñando, pero que todavía era apóstata. La aplicación seria que–a pesar de nuestras expresiones continuas indicando que tal curso de acción apóstata es inconcebible de nuestra parte que, nunca hemos participado en planeo malicioso alguno en contra de la organi­zación, ni en formar una secta–que todavía se nos debe tratar como apóstatas debido a las cosas que consideramos en nuestras conversaciones en privado con nuestros hermanos.

Sin embargo, si fuéramos a usar esa definición de apos­tasía, entonces tendríamos que concluir que nuestra historia como una organización de Testigos de Jehová, está llena de actos de apostasía. Cuando estábamos enseñando que la presencia invisible de Jesucristo comenzó en 1874, éramos muy sinceros. Pero Jehová sabía que lo que estábamos enseñando no estaba en armonía con la verdad bíblica. Entonces El hubiera tenido que considerar que éramos apóstatas, según la definición expresada por el hermano Epíscopo. Vez tras vez, como organización hemos enseñado, con devoción piadosa y sinceridad, lo que resultó no estar de acuerdo con la Palabra de Dios, y la fe de muchos fue perturbada cuando las cosas no resultaron ser de la manera que las enseñamos. ¿Seria en armonía con la misericordia y el amor juzgar a la organización como apóstata sobre esa base? ¿Seria razonamiento sano poner a la organización en la clase de Himeneo y Fileto, quienes estaban subvirtiendo la fe de otros, diciendo que la resurrección ya había acontecido? ­

La base para la acción en contra de nosotros es el haber considerado ciertos puntos de la Biblia con algunos hermanos en conversación privada con ellos. Uno de los privilegios funda­mentales que cada uno tiene como individuo es el de hablar en confidencia a un hermano o persona confiable. Si este privilegio se quita, o si se nos dice que tenemos que confesar tal habla confidencial, y entonces ser juzgados sobre la base de tales expresiones, o si a los individuos que tomamos en nuestra confidencia se les obliga, por temor de acción en contra de ellos, a acusamos de haber hablado con ellos, ¿qué clase de sujeción estamos demandando como organización? ¿No se conver­tiría eso en sujeción total o absoluta? ¿No estaría eso, en efecto, violando la jefatura de Jesucristo sobre la congregación?

Podemos dar varios ejemplos de esa clase de conversación en el pasado de parte de muchos, incluyendo algunos de los que están en nuestro comité, de cosas no publicadas o enseñadas por la organización. Si yo estoy al tanto de tales conversaciones, ¿cuántos más saben o supieron acerca de ellas? ¿A cuántos hablaron ellos acerca de tales cosas? ¿Deberíamos ahora em­prender una investigación inquisitoria para determinar eso, y para argüir que ellos son apóstatas? La misma razón por la cual yo no mencioné tales ejemplos, dando nombres, es porque yo sé que seria injusto hacer tal cosa. No queremos dar la idea de que estamos apuntando el dedo a otra persona. ¿Están ahora los hermanos bajo una atmósfera de terror de modo que la mismísima mención de haber leído la Biblia en casa se viera como sospe­choso y como posible apostasía, o debiéramos decir más bien “herejía”?

En nuestra reunión judicial, cuando yo expresé que sen­tíamos mucho la perturbación que de alguna manera se había conectado con nosotros debido a una repetición muy imprudente de algunos puntos a un número de hermanos, y cuando dimos la seguridad de que de ninguna manera volveríamos otra vez a hablar acerca de tales cosas a otros, pero que más bien diríamos a cualquier persona que mencionara tales cosas, que tal habla se debería detener, el hermano Harold Jackson fuertemente declaró que yo tendría que dar alguna clase de seguridad acerca de eso, y entonces procedió a decir que éramos un peligro para la or­ganización, e indicó que yo estaba prosiguiendo un curso de encubrir las cosas, y que personalmente él no creía lo que yo estaba diciendo. ¿CUal es la dirección que da la Biblia en este respecto? ¿Cómo se puede dar tal “seguridad”? Aun si hubiera razón válida para que alguien se acusara de promover una secta, Tito 3:10 dice: “En cuanto a un hombre que promueva una secta, rechácenlo después de una primera y segunda amonestación.” La segunda amonestación se debería a que el individuo continuara con nuevas ofensas, indicando que insistía en promover una secta.

Aun si se nos considerara como esa clase de personas, el hecho es que desde el mismísimo primer mal entendimiento, nos hemos hecho anormalmente no comunicativos con el fin de evitar cualquier nuevo mal entendimiento. Ya que una simple seguridad verbal no seria suficiente, entonces, como se da a entender por el consejo de Pablo, la conducta del individuo, que no haga necesaria una segunda amonestación, que no haya una repetición del mal, seria la seguridad que se necesitaría. Aun ese bene­ficio de la duda no se nos ha concedido.

Más de una vez el hermano Jackson declaró que las cosas sobre las cuales comentamos constituían un ataque al mismo corazón de la organización. Pero en primer lugar, tal ataque no existe, y personalmente no sé de persona alguna que esté conduciendo un ataque. ¿Podría ser que se esté usando una expresión que alguien sin discernimiento compuso, al hacer un juicio apresurado y presentar una queja? ¿Debiera una declara­ción o juicio apresurado caro ése, de pronto tararse caro una verdad absoluta y luego medir a toda la persona por eso? Hermanos, las acciones extremadas y extrañas que se están tomando en esta situación son muy perturbadoras y causan perplejidad.

Apelamos sobre la base de la justicia y la misericordia, porque se nos ha juzgado en cuanto a un mal que no hemos cometido.

Cuenten con nuestras oraciones a Jehová para que este asunto se aclare para la bendición de su nombre y el bienestar espiritual de su pueblo.

Sus hermanos,

[firmado por]

René Vázquez,

Elsie Vázquez

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Unos treinta años antes René había dejado el hogar de su padre con el fin de escapar de lo que él veía como un ambiente intolerante, de miras estrechas. Buscó la libertad para continuar y extender su interés en los testigos de Jehová. Desde allí en adelante se había entregado, en corazón y alma, al servicio de ellos. Ahora, en el espacio de dos semanas, vio esos treinta años puestos a un lado como sin valor particular, se le sometió a interrogatorio intenso, la sinceridad de su motivación se impugnó, y se le había catalogado como rebelde contra Dios y Cristo. Su carta expresa su angustia dolorosa al hallarse en el mismo ambiente de intolerancia religiosa y estrechez de miras del cual él creía haberse escapado.

A René se le concedió una apelación, y otra vez se reunió con un comité (formado de cinco ancianos diferentes). Hizo todo esfuerzo para ser conciliatorio, para mostrar que no estaba buscando crear una cuestión controversial de asuntos doctrinales específicos, y que no tenía deseo alguno de ser dogmático acerca de los tales, lo cual se rechazó como un proceder evasivo, como evidencia de culpabilidad.

En cierto punto, después de horas de ser acosado con preguntas, Sam Friend, un miembro del comité de apelación, lo interrumpió y dijo: “Eso es una cantidad de hogwash [término coloquial en inglés que significa “bazofia”, pero en sentido literal “agua en que se han­ lavado cerdos”]. Ahora voy a leerle esta lista de preguntas a usted, y quiero que las conteste con sí o no”. A René, cuyo idioma es el español, el término “hogwash” no le era conocido, y aunque después decidió que era sencillamente una expresión regional, dice que en ese momento le causó un impacto de una imagen tan literal de suciedad, que algo dentro de él “sucumbió” y respondió con: “¡No! Yo no voy a contestar ninguna pregunta más. Ustedes están tratando de cerner mi corazón y no voy a aguantar esto más”.

Se decidió hacer un receso en la sesión; René salio afuera, y al llegar a la calle prorrumpió en lágrimas. El comité mantuvo en vigor la decisión de expulsión.

De todas las personas que René había conocido, y con las cuales había trabajado en el Departamento de Servicio de Brooklyn, incluyendo a aquellos que habían estado dispuestos a hacer uso de su bondad y deseo de ayudar a través de muchos años, ni uno apareció para decir, por lo menos, algo a favor suyo, para expresar alguna petición a favor de un trato similarmente bondadoso para con él (Aún cuando es cierto que los procedimientos se llevaron a cabo a “puertas cerrada,” hubo muchos en el Departamento de Servicio que sabían lo que estaba pasando, ya fuera por conocimiento directo o por medio del “chisme” departamental). En las escalas de justicia de la organización, su sinceridad innegable, su registro sin mancha de los pasados treinta años-nada de esto tendría peso alguno si él no estuviera totalmente de acuerdo con la organi­zación o no mantuviera un silencio resultante de la sumisión absoluta. De modo que, en todo esto parecen pertinentes las palabras del discípulo Santiago, cuando escribe:

Hablad y juzgad como quienes han de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque sin misericordia será juzgado el que no hace misericordia. La misericordia aventaja al juicio“. – Santiago 2:12, 13, NC.

Raymond Franz, Punto de decisión, Crisis de Conciencia capítulo 10.

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