Entrevista a Edward Dunlap

“Desde el tiempo en que se escribió el libro de referencia, Aid to Bible Understanding (Ayuda para entender la Biblia), había tenido asociación cercana con Edward Dunlap. Le conocí en 1964 mientras yo asistía a un curso de diez meses en la Escuela de Galaad. En ese entónces él era el registrador de la escuela y uno de los cuatro instructores. Nuestra clase (la 39ª) se componía de unas cien personas, la mayoría hombres de las oficinas de la sucursal. Se puede afirmar con veracidad que la mayoría de ellos consideraba las clases de Dunlap por mucho las más instructivas en lo que tenía que ver con adquirir entendimiento de las Escrituras. (Lloyd Barry estuvo también en esta clase e hizo comentarios semejantes en más de una ocasión como miembro del Cuerpo Gobernante. Dudo que algún estudiante de Ed jamás haya dudado del amor y conocimiento profundo de él por las Escrituras). Originario de Oklahoma, de apariencia algo desbastada, y a pesar de una educación ordinaria, Ed tenía la habilidad de tomar temas muy difíciles y complejos y ponerlos en forma y lenguaje sencillos, fuera ya el tema de las funciones de la Ley Mosaica o el estudio científico de la genética. Sin embargo, lo más importante para mí era la falta de pretensión. Aparte de su preferencia por las corbatas de colores chillones, él era básicamente -en porte, habla y conducta- una persona sencilla, sin ostentación. No importaba cual responsabilidad se le asignara, él permanecía el mismo”.

Un incidente que tipificaba para mí su personalidad fue un comentario que él me dirigiera en relación con un examen al fin del semestre. Estábamos estudiando varias de las cartas de Pablo en las clases y cada semana había un examen en los puntos estudiados. Entre los puntos se encontraban generalmente preguntas relacionadas con la posible fecha y lugar de composición de cada carta. Tomando las cartas una a una, esto no era difícil de recordar. Pero cuando aparecieran en el examen, al final del semestre, todas las trece cartas de Pablo estudiadas, con sus posibles fechas y lugares de composición, el recordar todo esto me parecía un problema de proporciones considerables. Estas no seguían ningún orden cronológico en el canon bíblico. Trabajé por mucho tiempo con estos datos y finalmente creé un sistema mental para recordarlos todos.

Finalmente llegó el día del examen. Se permitieron dos horas para terminarlo. Yo lo hice un poco antes y mientras salía me encontré con Ed que venía entrando. El me preguntó, “¿Cómo fue?” Yo contesté, “Oh, no estuvo mal. Pero nunca te lo voy a perdonar”. El me preguntó que qué quería decir yo. Le respondí, “Yo trabajé y trabajé para desarrollar un sistema para recordar las fechas y los lugares de composición de cada una de las cartas y tu no hiciste siquiera una sola pregunta al respecto”. Tomando lo que dije más seriamente de lo que yo me había propuesto, dijo él, “¿Sabes por qué yo no incluyo esas preguntas en los exámenes semestrales? Porque yo mismo no puedo retener todos esos datos en mi cabeza”. Había cuatro instructores en la escuela, Ulysses Glass, Bill Wilkinson, Fred Rusk y Ed Dunlap. Creo que es justo decir que de los cuatro, sólo Ed hubiera contestado como lo hizo. Esto era típico de su personalidad nada pretenciosa.

Él siempre había estado completamente dedicado a la organi­zación; el registro de su servicio de tiempo cabal igualaba al mío en lo extenso. Otra circunstancia que dice algo de él se relaciona con una dolencia que se le desarrolló a finales de los 1960. Comúnmente llamada tic douloureux (término francés que quiere decir “espasmo doloroso”), el término médico para ésta es neuralgia trigeminal, la cual es la inflamación de un nervio facial grande, el trigémino ramificado en tres partes, y que es capaz de producir uno de los padecimientos más dolorosos humanamente conocidos. El dolor punzante y cegador puede ser provocado por cualquier cosa, una brisa suave, el tacto, que excite el nervio, y a medida que la enfermedad empeora, a la víctima se le hace cada vez más difícil el hacer cosas normales como peinarse, cepillarse los dientes, o comer, sin correr el riesgo de un ataque. Algunos así afligidos llegan hasta cometer suicidio.

Ed sufrió con esto por siete años, teniendo períodos de mejora y luego de empeoramiento. Durante este tiempo, el presidente, Nathan Knorr, por alguna razón se hizo de la opinión (quizás basada en comentarios de otros) que esto era algo emocional de parte de Ed y no un problema físico genuino. Un día él habló con Ed respecto a su dolencia, indagando acerca de su vida matrimonial y de otros asuntos relacionados. Ed le aseguró que lo uno no tenía nada que ver con lo otro, que él podía estar disfrutando de un buen día de vacaciones y un ataque venirle sin advertencia alguna. El presidente, sin embargo, no dio peso alguno a la explicación de Ed y le informó que había decidido enviarle a la fábrica por algún tiempo para que hiciera un poco de ejercicio. El iría a trabajar en el departamento de en­cuadernación.

Ed, entonces en los sesenta, había estado tomando por algún tiempo potentes medicamentos-prescritos por el médico de las oficinas centrales para suprimir los ataques dolorosos, y en ocasiones había estado en cama por días y hasta por una semana entera, con su dolencia. Pero ahora se le envió al departamento de encuader­nación y fue asignado a abastecer una máquina en la línea de encuadernación. Lo hizo por meses y se esmeró por hacerlo mejor posible en esa asignación “teocrática”. Pero como me dijo él confi­dencialmente, esta experiencia le hizo darse cuenta por vez primera del control absoluto que la organización ejercía sobre la vida de uno. Sus intentos de explicar se pasaron por alto y, en contra de todo buen sentido, se le colocó en la situación menos deseable para alguien que sufriera de tal dolencia.

Fue unos años más tarde, cuando estaba al punto de completa desesperanza, que supo de un cirujano en Pittsburgo que creía haber descubierto la razón de lo que le aquejaba por tantos años, y que había perfeccionado técnicas de microcirugía para remediar el problema. Ed se sometió a la operación (la cual implicaba el remover parte del cráneo y pasar a operar en la arteria principal del cerebro, la cual corre paralela al nervio inflamado). Fue así que finalmente quedó curado. Él no esperaba ninguna disculpa de parte de la organización por el serio error de ésta en el juicio hecho, ni por la manera en que habían considerado y manejado su problema angustioso. Ninguna se le ofreció.

Ray Franz, Punto de decisión, Crisis de conciencia

Pueden activarse los subtítulos en inglés para una mayor comprensión

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