Sobre “el hombre de desafuero”

Personalmente creo que el progreso de ese espíritu, con su enaltecimiento de la autoridad humana y la concentración de la misma en unas pocas personas, guarda estrecha relación con las palabras del apóstol Pablo relativas a la aparición de un “hombre de desafuero“, tal como está registrado en la segunda carta a los Tesalonicenses, capítulo 2, versículos 3-12. De dicho “hombre” se dice:

Se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios” (BJ).

No veo razón alguna para llegar a creer que la venida de dicho “hombre” se refiera a la aparición de alguien particular, incomparablemente ingobernable, con mayor motivo que pensar que la “mujer” llamada “Babilonia” pudiera referirse a una mujer en particular. Ni creo que el cumplimiento relacionado con el “hombre del desafuero” se refiera a ningún sistema religioso. El término “hombre” se utilizaría en referencia a un tipo o arquetipo que describe a todas las personas que ponen de manifiesto las características de dicho tipo. Las palabras de Pablo referidas a la venida de dicho “hombre” son muy parecidas a las de Juan: “Habéis oído que iba a venir un anticristo“, y las que se refieren al hombre que niega que Jesús sea el Cristo: “Ese es el anticristo“. El contexto muestra que Juan no limita el término a una persona concreta, sino que lo aplica a todos aquellos que encajan con la descripción. De modo que, también debería ser así con la expresión “el hombre de desafuero”.

No podría existir mayor “desafuero” que el que intenta invadir, incluso usurpar, la posición y la autoridad del Dios Soberano. Y eso es exactamente lo que la evidencia muestra que han hecho hombres de religión, no sólo en la historia del pasado, sino también en el presente. Dado que el Padre ha revestido a Jesucristo de “todo poder y autoridad” y ha decretado que “todos deberían honrar al Hijo de la misma manera que honran al Padre”, cualquier intento por ocupar la posición de Cristo y de ejercer la jefatura que en justicia sólo a él pertenece debería ser calificado como desafuero de una gravedad en correspondencia a lo serio del asunto.

¿En qué sentido, entonces, puede decirse que quienes actúan de esa manera ‘se sientan en el templo afirmando ser Dios’?

El templo de Jerusalén era el lugar simbólico de la morada de Dios, el sitio donde moraba entre el pueblo, desde donde los presidía, proporcionándoles sus leyes y respuestas. Después, la congregación cristiana pasó a ser el templo de Dios, su pueblo en el que él mora. El sentarse en el templo por parte del “hombre de desafuero” podría dar a entender sus pretensiones de tener derecho a ejercer autoridad divina en la congregación cristiana como la que Dios ejercía en su templo en Jerusalén, actuando como si él mismo fuera la fuente de la que procede la autoridad.

Sobre su ‘elevación sobre todo lo que lleva el nombre de Dios’ e incluso pretender “ser Dios”, el comentarista Barnes escribe:

Toda pretensión de dominio sobre la conciencia o cualquier plan para dejar a un lado las leyes divinas y restarles eficacia [hacerlas inconsecuentes o no operativas], se correspondería con lo que supone esa descripción. No cabe esperar que haya alguien que se atreva a afirmar abiertamente ser superior a Dios, pero se habría de dar la sensación de que los decretos y las estipulaciones del “hombre de pecado” invadirían el ámbito de jurisdicción en el que sólo a Dios corresponde legislar, y que las ordenanzas por él promulgadas serían de una naturaleza que dejaran sin efecto las leyes divinas, al colocar otras en su lugar… Eso significa necesariamente que, mediante mucha palabrería, realmente alegue ser Dios, que usurpe el lugar de Dios y exija las prerrogativas de Dios.”

La clave del asunto claramente está en la autoridad y la atribución de una autoridad que, por derecho, pertenece sólo a Dios y a su Hijo. Cuando unos hombres convocan a otros, ya sea abierta o solapadamente, para que acepten su palabra y sus normas religiosas (enseñanzas y normas que no están establecidas con claridad en la Sagrada Escritura) como si provinieran de Dios, ciertamente parece que estarían manifestando las características propias del “hombre de desafuero“. En 1980, siendo aún miembro del Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, tuve una conversación con uno de los miembros de un comité de sucursal que ejercía la superintendencia de un país importante de Europa. En el curso de la conversación mencionó que en una ocasión había comenzado a preparar un artículo sobre la historia y desarrollo de una jerarquía para enviarlo la a Watch Tower para su publicación. Dijo que lo tenía avanzado cuando decidió parar. Cuando le pregunté por qué, me dijo:“Era demasiado obvio el parecido“.

¿Cuán obvio resulta ese parecido? ¿Es la organización de los testigos de Jehová del día moderno , como alega, un verdadero espejo de la congregación cristiana del tiempo de los apóstoles o, por el contrario, es un fiel reflejo del desarrollo del período post-apostólico como lo muestra el registro histórico que acabamos de considerar? Considere lo que nos revela el modelo de organización, ciñéndonos al caso concreto de la Sociedad Watch Tower. (Sigue en el capítulo 4).

– Raymond Franz, A la búsqueda de la libertad cristiana, capítulo 3 Autoridad centralizada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s