10. Punto de decisión

“Pero todo esto, que antes valía mucho para mí, ahora, a causa de Cristo, lo tengo por algo sin valor. Aún más, a nada” le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él”.

-Filipenses 3:7, 8, Versión Popular.

PARA FINALES del 1979 había llegado a mi encrucijada personal. Había pasado cuarenta años de mi vida como representante de tiempo cabal, sirviendo en todo nivel de la estruc­tura de la organización. Los últimos quince años los pasé en las oficinas internacionales, y de ésos, los últimos nueve los pasé como miembro del cuerpo gobernante mundial de los testigos de Jehová.

Fueron esos años finales los que resultaron cruciales para mí. Fue entonces que la ilusión se encontró con la realidad. A partir de allí vine a apreciar lo acertado de una cita que leí recientemente, pronunciada por un hombre de estado, ya fallecido quien dijo:

“El gran enemigo de la verdad muy a menudo no es la mentira­ deliberada, bien tramada y deshonesta-sino que es el mito ­persistente, persuasivo e irreal”.

Ahora comencé a darme cuenta que la gran parte de aquello sobre lo cual yo había basado mi entera vida adulta era precisamente eso, un mito–“persistente, persuasivo e irreal“. No era que mi parecer en cuanto a la Biblia hubiese cambiado. Si acaso, fue más bien que mi aprecio por ésta fue realzada debido a lo que experimenté. Solo ella dio sentido y significado a lo que vi ocurrir, las actitudes que vi desplegadas, los razonamientos que oí presentados, la tensión y presión que sentí. El cambio que sí vino, vino al darme cuenta de que mi manera de ver las Escrituras había sido desde un punto de vista completamente sectario, una trampa contra la cual yo creí haber estado protegido. Al dejar que las Escrituras hablaran por sí mismas­ sin ser primero canalizadas a través de una agencia humana falible como “conducto”, encontré que se hacían inmensamente más significativas. Quedé asombrado de cuánto de su mensaje me había estado privando.

La pregunta era, ¿qué debo hacer ahora? Mis años en el cuerpo gobernante, las cosas que oí decir en sesión y fuera de ella, el espíritu desplegado que usualmente vi, poco a poco me hicieron darme cuenta cabal de que, con relación a la organización, el ‘odre había envejecido’, había perdido la flexibilidad que en un tiempo tuviera, y estaba endureciendo su resistencia a la corrección de las Escrituras, tanto en cuanto a creencias doctrinales, como en cuanto a su manera de tratar con aquellos que se dirigían a ella en busca de guía.1 Sentí, y aún siento, que había varios hombres buenos en el cuerpo gobernante. En una llamada de larga distancia una persona que antes era testigo me dijo, “Hemos sido seguidores de seguidores”. Otro me dijo, “Hemos sido víctimas de víctimas”. Creo que ambas declaraciones son veraces. Charles Taze Russell siguió los puntos de vista de ciertos hombres de su tiempo, fue víctima de algunos de los mitos que ellos propagaron como “verdad revelada”. Cada parte sucesiva del liderato de la organización ha seguido el mismo rumbo, a veces agregando mito adicional en apoyo o en elaboración del original. En lugar de rencor, siento lástima por esos hombres a quienes conozco, porque yo también fui una “víctima de víctimas”, un “seguidor de seguidores”.

Aunque, particularmente desde el 1976 en adelante, cada año en el cuerpo gobernante se me hacía más y más difícil, y me encontraba más lleno de tensión, me forjaba esperanza de que las cosas mejorarían. Con el tiempo me vi obligado a reconocer que era una esperanza que la evidencia no apoyaba.

No es que me opusiera a la autoridad. Más bien me oponía a los extremos a los cuales ésta se llevó. No podía creer que Dios se hubiera propuesto el que hombres ejercieran tal grado de control autoritario y que tal control abarcara todo aspecto de las vidas de los miembros -compañeros- de estos mismos hombres en la congregación cristiana. ­Mi entendimiento era que Cristo concede autoridad en su congre­gación sólo para servir, jamás para dominar.2

1 Compare las palabras de Jesús en Lucas 5:37-39.

2 Mateo 20: 25-28; 23:8-12; 2 Corintios 4:5; 1 Pedro 5:3.

De igual manera, yo no objetaba el concepto de “organización” en sí mismo, en el sentido de un arreglo ordenado, porque entendía que la misma congregación cristiana envolvía un arreglo ordenado.3 Pero creía que, fuera cual fuera el arreglo, su propósito y función, su mismísima existencia, debería ser sólo para servir de ayuda a los hermanos; estaba allí para servir los intereses de ellos, y no a la inversa. Cualquiera que fuera el arreglo, la intención debería ser la de edificar hombres y mujeres de manera que no fueran bebés espirituales, dependientes de hombres o de un sistema institucio­nalizado, sino más bien que fueran capaces de actuar como cristianos maduros completamente desarrollados. No debía ser con la intención de entrenarlos a que fueran conformistas para con un grupo de normas y reglas organizacionales, sino el de ayudarles a que llegaran a ser personas con “sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto“.4 Fuera cual fuera el arreglo existente, este debería contribuir a un sentimiento genuino de hermandad, con la libertad de expresión y la mutua confianza que la verdadera hermandad trae -no una sociedad compuesta por unos pocos que son los gobernantes y los muchos que son los gobernados. Y finalmente, dentro de cualquier arreglo que fuera, la manera de ‘tomar la delantera’ allí sería por medio del ejemplo, por medio de adherirse firmemente a la Palabra de Dios, pasando a otros, e inculcando en ellos, las enseñanzas del Maestro en la manera que él las dio, no “ajustándolas” para que encajaran con lo que parece ser el interés de una organización de creación humana, ni por medio de ‘hacer que la gente sienta el peso de la autoridad de uno’ de la manera que los hombres importantes del mundo lo hacen.5 El arreglo debería resultar en exaltación de Jesucristo como la cabeza activa, nunca en la exaltación de una estructura de autoridad terrenal y sus oficiales. Así fue que sentí que el papel de Jesucristo como la cabeza activa se había oscurecido, virtualmente eclipsado, por la conducta autoritaria y el continuo auto-encomiarse y alabarse de la organización.

Más aún, no negué el valor ni la necesidad de enseñar. Pero no podía aceptar que interpretaciones de la organización, basadas en razonamientos humanos mutables, pudieran ser contadas con igual autoridad a las mismísimas declaraciones de la Palabra inmutable de Dios. La gran importancia dada a puntos de vista tradicionales, el manipular la Palabra de Dios para acomodarla a tales puntos de vista, y las inconsistencias–que daban como resultado normas dobles de conducta–eran fuente de serio trastorno emocional para mí. Lo que encontré inaceptable fue el dogmatismo, no el enseñar.

3 1 Corintios 12:4-11,25; 14:40.

4 Hebreos 5:14; 1 Corintios 8:9; 16:13, 14. 5 Mateo 20:25.

Me esforcé por actuar en armonía con mis convicciones durante los años de servicio en el cuerpo gobernante. Desde el principio encontré que esto me traía dificultades, animosidad. Al final trajo rechazo, expulsión.

En el otoño de 1979 se me asignó que efectuara una “visita de zona” a algunos países donde el gobierno había proscrito la actividad de los testigos de Jehová. Sabiendo cuán fácilmente algo pudiera suceder para ocasionar mi detención y encarcelamiento, concluí que era mi obligación tratar algunas de mis preocupaciones con mi esposa. (En vista de sus problemas de salud previos, que incluían una afección de la sangre que casi causó su muerte en 1969, decidí que era mejor hacer el viaje solo.) Aunque ella no podía dejar de estar consciente de mi carga emocional, yo nunca había discutido con ella las circunstancias que habían producido tal estado, cuáles eran los asuntos que me estaban afectando. No me había sentido en libertad de hacerlo. Ahora sentía que, no sólo era lo apropiado, sino también mi obligación el considerar con ella lo que yo había percibido, particularmente a la luz de las Escrituras. ¿Cómo podía yo permitir que seres humanos me impidieran discutir con mi propia esposa las verdades que yo veía en la Palabra de Dios?

Para ese tiempo concluimos que el curso aconsejable para nosotros era el de terminar nuestra actividad en las oficinas internacionales. Sentíamos que nuestra paz de mente y corazón, como también nuestra salud física, así lo requerían. También abrigábamos la esperanza, aunque tenue, de quizás tener un hijo y habíamos, de hecho, consul­tado–confidencialmente–con dos médicos al respecto, incluyendo a uno de los doctores del personal de las oficinas internacionales, Dr. Carlton.6 Yo tenía cincuenta y siete años y sabía que sería difícil conseguir empleo seglar debido a esto. Pero confiaba que de alguna manera todo resultaría bien.

La decisión no fue fácil. Me sentía desgarrado por dos deseos. Por un lado pensaba que al permanecer en el cuerpo gobernante podría hablar a favor de los intereses de otros, a favor de la verdad de las Escrituras, a favor de moderación y ecuanimidad, aunque mi voz se escuchara con irritación o simplemente se ignorara. Presentía que el período de tiempo en el cual yo iba a poder hacer tal cosa estaba rápidamente acortándose, que fuera cual fuera la voz que tuviese en las discusiones del cuerpo gobernante ésta pronto sería acallada, silenciada. El deseo de sentirme libre de la atmósfera de sospecha que se estaba desarrollando, de estar libre de la partici­pación en una estructura de autoridad que yo no podía defender bíblicamente y de las decisiones que no podía moralmente respaldar, pesaba con igual fuerza sobre mí.

6 Mi esposa es trece años más joven que yo. Reconocimos los riesgos que los médicos nos presentaron, pero estábamos dispuestos a enfrentarlos.

Si la seguridad y el confort hubieran sido mis metas, con toda certeza hubiera optado por quedamos Cynthia y yo donde estábamos, pues allí, como miembros de las oficinas centrales, se atenderían todas nuestras necesidades físicas. Nuestros muchos años de servicio nos permitirían ciertos privilegios como el poder escoger entre los cuartos más deseables periódicamente disponibles en los varios grandes edi­ficios de la Sociedad.7 Nuestro tiempo para vacaciones aumentaría a unas seis semanas por año y, por ser miembro del cuerpo gobernante, siempre sería posible combinar este tiempo con compromisos para discursos que no nos permitían visitar lugares en todos los Estados Unidos y Canadá, o combinarlo con visitas de zona que brindaban la oportunidad de viajar alrededor del mundo. (Los miembros del cuerpo gobernante pueden regularmente tomar sus vacaciones en lugares sobre los cuales la mayoría de la gente sólo puede soñar). Solamente en 1978, mi esposa y yo efectuamos unos cincuenta viajes en avión, y a través de los años habíamos viajado a numerosos países en la América Central, América del Sur, Asia, Europa, África y el Medio Oriente.

Si prestigio y prominencia hubieran sido cosas que ambicionaba, razonablemente yo no podía pedir más. Por entonces, de cada invitación a pronunciar discursos que aceptaba, yo rehusaba otros tres o cuatro mensualmente. Al nivel internacional, si estuviera por viajar a París, Atenas, Madrid, Lisboa, Ciudad de México, Sao Paulo, o cualquier otra ciudad importante, sólo sería necesario hacérselo saber a la oficina de sucursal y se prepararía una reunión a la cual miles de testigos de Jehová asistirían. Era algo normal que me dirigiera a audiencias de entre cinco a treinta mil personas. En virtualmente cualquier lugar que va un miembro del Cuerpo Gobernante es el invitado de honor entre sus compañeros testigos.8

7 No mucho antes la Sociedad había comprado un edificio de quince pisos, el Hotel Towers, complementando así otras residencias de diez pisos pertenecientes ya a la Sociedad en el mismo sector de Brooklyn Heights. Desde entonces la Sociedad ha comprado (por medio de agentes) el Hotel Standish Arms y el Hotel Bossert, ambos en Brooklyn. Ahora, en un sector cercano, está construyendo un nuevo edificio residencial de 30 pisos de altura.

Con relación al cuerpo gobernante mismo, me era bastante evidente que la estima de los compañeros en el cuerpo se podía afianzar simplemente por expresar a menudo el apoyo total de uno por la organización y, con raras excepciones, por medio de percibir en qué dirección se inclinaba la mayoría en las discusiones, y expresarse y votar en tal dirección. No estoy hablando con cinismo. Aquellos pocos en el cuerpo que en ocasiones se vieron impelidos a expresar sus objeciones de conciencia en cuanto a algunas posiciones, reglas o enseñanzas tradicionales, saben aunque no lo expresen­ que esto es así.

Además de esto, se me había asignado como miembro a los que podrían considerarse dos de los comités más influyentes del cuerpo gobernante, el comité de redacción y el comité de servicio. El comité de redacción tuvo a bien el encargarme la supervisión del desarrollo (no para que yo las escribiera) de un número de publi­caciones que eventualmente se distribuyeron en muchos idiomas y en millones de ejemplares.9

La “fórmula”, si es que puede llamarse así, para mantener una posición de prominencia en la organización era fácil de discernir. Pero yo no podía en conciencia encontrarla aceptable.

Habría tenido que estar ciego para no darme cuenta que mis expresiones en relación a algunos asuntos -motivadas por lo que yo estaba convencido eran claros principios de las Escrituras- no agradaban a muchos en el cuerpo. Hubo ocasiones en que fui a las sesiones del cuerpo gobernante habiendo decidido simplemente no hablar a fin de no ver aumentar la animosidad. Pero cuando surgieron asuntos que podían afectar seriamente la vida de otras personas, encontré que no podía dejar de expresarme. No me hacía a la ilusión de que lo que yo dijera tendría algún peso -de hecho, sabía por experiencia, que con más probabilidad sólo haría mi posición más difícil, más precaria. Pero estimaba que si no me declarara en defensa de los principios que sentía eran cruciales al cristianismo, entonces no había ningún propósito para estar allí, en realidad, no había gran cosa de razón o propósito en la vida.

8 Todo esto trajo a mi mente las palabras de Jesús en Mateo 23:6.

9 Estos incluían los libros ¿Es esta vida todo lo que hay? (la escritura misma hecha por Reinhard Lengtat); La vida sí tiene propósito (por Ed Dunlap); ¿Cómo lograr felicidad en su vida familiar? (escrito principalmente por Colin Quackenbush); Escogiendo el mejor modo de vivir (por Reinhard Lengtat); y Comentario sobre la Carta de Santiago (por Ed Dunlap). Al tiempo de mi renuncia del cuerpo gobernante se me había asignado a supervisar el desarrollo de un libro sobre la vida de Cristo, siendo Ed Dunlap el que se había asignado a escribirlo.

Se ha mencionado que desde más o menos 1978 en adelante, un clima diferente comenzó a manifestarse en el cuerpo. La euforia inicial que acompañó el cambio dramático en la administración había desaparecido. El espíritu de compañerismo fraternal que parecía prevalecer por algún tiempo, junto a sus acompañantes expresiones de moderación y mayor flexibilidad en puntos de vista, había disminuido también notablemente. Los miembros ya se habían ajustado a sus respectivas posiciones en los varios comités y después de un tiempo parecía haber cierto “blandir de autoridad” de parte de algunos. Líneas claramente discernibles comenzaron a hacerse evidentes en los miembros, al grado de que a menudo no era difícil prever el probable resultado de la votación en cuanto a un asunto.

Si, por ejemplo, las manos de Milton Henschel, Fred Franz, Ted Jaracz y Lloyd Barry se levantaron (a favor de una moción), uno podía estar casi seguro que las manos de Carey Barber, Martin Poetzinger, William Jackson, George Gangas, Grant Suiter y Jack Barr también se levantarían. Si las manos de los primeros no se levantaban, las manos de los últimos, generalmente, se mantenían en su sitio. Algunos de los otros miembros usualmente votarían con éstos también, pero su voto no era tan predecible. Con raras excepciones éste era el patrón reinante.

Este patrón prevalecía en particular cuando se discutían normas o posiciones tradicionales. Uno podía saber de antemano, con bastante certeza, cuáles miembros votarían a favor de la posición tradicional y en contra de cualquier cambio. Aún en el caso del “servicio alternativo”, considerado en un capítulo anterior, estos miembros, a pesar de formar una minoría, lograron obstaculizar el que se efectuara un cambio en la posición existente por el requerido voto de una mayoría de dos terceras partes.

En ciertos casos controvertidos pareció haber alguna evidencia de “cabildeo” -esfuerzos, antes de la sesión, de parte de algunos miembros por influenciar el voto de otros. Yo sentía que si alguien deseaba presentar información, aparte de la presentada durante la sesión regular del cuerpo, la mejor manera de hacerla era ponerlo por escrito y enviar copias a todos los miembros. Así, al menos, todos oían o disponían de la misma información y, en efecto, ‘todas las cartas estaban puestas sobre la mesa’. Pero tales presentaciones escritas eran raras, y cuando sí se hicieron, casi nunca fueron discutidas.

Creo que la sesión del cuerpo gobernante del 14 de noviembre del 1979 fue la precursora de los eventos traumáticos que habían de sacudir violentamente las oficinas centrales en la primavera del 1980. Dichos eventos resultarían en la expulsión de un número de miembros del personal bajo la acusación de ‘apostasía,’ así como en mi propia renuncia como miembro del cuerpo gobernante y del personal de las oficinas centrales.

Ese día discutimos cuatro asuntos de menor importancia; cada moción se aprobó por unanimidad. Cualquier ilusión de armonía que pudiera haber existido, sin embargo, fue prontamente desbaratada por una nota discordante. Grant Suiter dijo que deseaba mencionar un asunto con relación al cual, según él, había “considerable chismorreo”. Dijo que había informes de que algunos miembros del cuerpo gobernante y del departamento de redacción habían presentado discursos en los cuales se habían hecho comentarios que no estaban en armonía con las enseñanzas de la Sociedad y que esto estaba causando confusión. Él también había oído, según dijo, que dentro de la familia del personal de las oficinas centrales algunos estaban haciendo circular expresiones como, “Cuando muera el rey Saúl entonces las cosas van a cambiar”.10

Yo nunca había oído a nadie en la familia de las oficinas centrales hacer tal comentario. Grant Suiter no dijo dónde había obtenido tal información o quién era la fuente del “chisme” al cual él hizo referencia, pero sí se expresó con vehemencia, y tanto sus palabras como su expresión facial reflejaban emoción fuerte y acalorada. Y por primera vez surgió el término “apostasía” en una sesión del cuerpo gobernante.

A continuación hubo considerable discusión, con la mayoría de los miembros diciendo que ellos oían tal cosa por primera vez. Yo expresé que había pronunciado discursos por todos los Estados Unidos y en muchos países y que en ninguno de ellos había hecho declaraciones en contradicción a las enseñanzas publicadas de la organización. Era raro que discursos presentados por miembros del cuerpo gobernante no se grabaran por al menos una persona y, si algo fuera de lugar se había dicho, la evidencia estaría disponible. En tal caso, señalé, el cuerpo con seguridad no necesitaría depender de rumores para enterarse del asunto, pues con seguridad alguna persona escribiría haciendo preguntas al respecto. Le pregunté a Grant Suiter si él personalmente conocía de un caso de esa índole en el cuerpo o en el departamento de redacción. Su único comentario fue simplemente que ‘se estaba hablando de estos asuntos’, y que algunos miembros de los comités de sucursal que participaban en un seminario en las oficinas centrales habían dicho que estaban “confundidos” debido a puntos de vista en conflicto expresados por algunos de los que estaban conduciendo las clases.

10 Presumiblemente la referencia fue al presidente de la corporación. Algunos aparentemente creyendo (equivocadamente) que la presidencia todavía ejercía el poder que había poseído hasta el 1976.

La decisión fue que el comité de enseñanza (que tenía la responsabilidad de dirigir los seminarios) debería investigar. En una sesión posterior, ellos informaron que no habían encontrado evidencia alguna de las cosas mencionadas, que la única “confusión” entre los hombres de las sucursales tenía que ver con un punto desarrollado en la clase conducida por el miembro del cuerpo gobernante Carey Barber. El había hablado con relación al reino de Cristo como habiendo comenzado en 33 d. de C. al ascender él a los cielos, y algunos encontraban difícil reconciliar esto con la enseñanza del 1914.11 El asunto quedó arreglado con el acuerdo de que los miembros del cuerpo gobernante ejercerían cuidado cuando pronunciaran discursos en una asignación; fue claramente acordado en la sesión, sin embargo, que esto no implicaba un intento de controlar conversaciones privadas de los miembros, tales como aquellas entre amigos personales. Este punto final no sobrevivió cuando se puso a prueba.

Encontré tal discusión significativa. Aunque Grant Suiter había indicado no saber de ningún caso en el que un miembro del cuerpo gobernante, actuando oficialmente en su calidad de tal, hubiera hecho comentarios contrarios a las enseñanzas publicadas, yo sabía que algunos se podían haber citado. El cuerpo ya había considerado la ocasión de la visita de Albert Schroeder a algunas sucursales europeas y su presentación del punto de vista de que la expresión “esta generación” pudiera tener un significado diferente al que se había publicado. Nos había llegado palabra al respecto de más de un lugar. También era sabido que el presidente, Fred Franz, había introducido un punto de vista nuevo en relación con “las llaves del reino” (mencionadas en Mateo 16:19) mientras enseñaba algunas clases en la Escuela de Galaad, un punto de vista que contradecía las en­señanzas publicadas de la organización. Esto se había hecho sin previa consulta con el Cuerpo, y el punto de vista se presentó, no como una sugerencia, sino más bien como el punto de vista correcto.12 Clases enteras de la Escuela de Galaad fueron a sus asignaciones con este punto de vista nuevo, acerca del cual el resto de los hermanos no habían oído nada.

11 La enseñanza oficial es que, a su ascensión Cristo comenzó a reinar como rey sólo con relación a su congregación; que en 1914 él tomó completo poder para reinar sobre toda la Tierra.

Ninguno de estos casos, sin embargo, se mencionó en la sesión del cuerpo gobernante, y yo no me sentí inclinado a hacerlo.13 Pero sí sentí que había corrientes bajo la superficie que tarde o temprano se harían manifiestas. Y no tenía duda de que cuando esto aconteciera su fuerza se dirigiría, no a aquellos miembros mencionados, sino hacia mí y, fuera del cuerpo, hacia Edward Dunlap.

Debido a los sentimientos que podía discernir en varios miembros, yo ya había comenzado a considerar lo aconsejable de renunciar del comité de servicio. Un día en conversación con Robert Wallen, quien trabajaba como secretario del comité de servicio (él no era miembro del cuerpo gobernante), mencioné que había casi decidido dejar el comité.14 Su respuesta fue, “Tú no puedes hacer eso. Tiene que haber algún equilibrio en el comité”. Y me animó a cambiar de parecer.

Sin embargo, el mismo sentimiento adverso mostrado en la sesión del 14 de noviembre del 1979, surgió en otra sesión y, como pensé, en esta ocasión la atención específica se dirigió hacia mí mismo. Durante el curso de la sesión Lloyd Barry, quien tenía a cargo la supervisión del trabajo de organizar y publicar cada número de la revista La Atalaya (la Watch Tower), expresó su fuerte preocupación con relación al hecho de que yo no había puesto mi firma en un número considerable (él mencionó el número exacto) de artículos de La Atalaya que habían circulado en el comité de redacción (Cada artículo indicado para que se publicara primero circulaba entre los cinco miembros y la firma de los mismos en la parte superior indicaba aprobación). Aunque no entendía sus razones para traer el asunto ante una sesión completa del cuerpo en lugar de primero abordarme privadamente o en una reunión del comité de redacción, expresé mi reconocimiento de que lo que él decía era cierto. (Yo mismo quedé sorprendido del número exacto de artículos que no había firmado ya que no había mantenido cuenta de los mismos; él sí lo había hecho).

12 Eventualmente esto vino ante el cuerpo y, después de mucho debate, finalmente se aprobó (aunque no unánimemente) y se publicó en La Atalaya del 15 mayo del 1980, páginas 16-29.

13 En una reunión de abogados y médicos testigos (creo que fue en Chicago), otro miembro del cuerpo gobernante, Grant Suiter, invitó a éstos a comentar sobre lo correcto de la posición de la Sociedad, en aquel entonces vigente, respecto al uso del término “ministro ordenado”. Aunque no hubo ninguna declaración abierta de desacuerdo de parte de él en esa reunión, había hecho tales expresiones en medio del cuerpo, y la respuesta que siguió a su invitación claramente indicó que aquellos que la escucharon se sintieron libres de criticar la posición reinante. Este asunto es uno que se ha discutido extensamente entre los testigos, aunque rara vez con un conocimiento de los hechos. Para quien esté interesado en más información, más detalles se han suministrado en el Apéndice.

14 Los otros miembros del comité entonces fueron Ted Jaracz (el coordinador), Milton Henschel, Albert Schroeder, William Jackson, y Martin Poetzinger.

Expliqué que no había puesto mi firma en tales artículos simple­mente porque no podía hacerlo a conciencia. Al mismo tiempo no había hecho ningún esfuerzo por impedir la publicación de los mismos (algunos de ellos se habían escrito por el presidente y tenían que ver con la profecía de Jeremías; en éstos se daba mucho énfasis al ‘papel profético’ desempeñado por la organización y a ciertas fechas, como el 1914 y el 1919), ni tampoco hice esfuerzo por incitar discusión al respecto. La ausencia de mi firma representaba abstención en vez de oposición. Declaré ante el cuerpo en pleno que si esto se veía como problema, si se veía como indeseable el que alguien se abstuviera de firmar por razones de conciencia, entonces había una solución simple. Ellos podían nombrar a alguien diferente para servir en el comité de redacción, alguien que no tuviera los escrúpulos que yo tenía en cuanto a aprobar el material. Mencioné entonces que había estado meditando renunciar mi pertenencia al comité de servicio para poder dedicar más tiempo en contribuir a los intereses del comité de redacción. Así que, dejé el asunto en las manos de ellos y les hice saber que fuera cual fuera la decisión que tomaran, ésta sería aceptable para mí.

Después de la sesión, Lyman Swingle, el entonces coordinador de ambos, el comité de redacción y el departamento de redacción, me dijo en su oficina: “Tu no me puedes hacer esto a mí. Si ellos deciden por su cuenta el reemplazarte en el comité de redacción, bien. Pero, no ofrezcas tu renuncia”. El habló con considerable vehemencia. Le dije que simplemente lo estaba dejando en las manos del cuerpo, pero que, ya cansado de tanta controversia, estaría feliz con cualquier cosa que aliviara un poco la tensión que sentía. El repitió su exhortación. El cuerpo no hizo ningún cambio en mi asignación.

Aún así, tenía el fuerte presentimiento de que estaban por surgir problemas. Claro, no tenía manera de saber que en seis meses me hallaría en el mismo centro de una tormenta de intensidad que bordeaba el fanatismo, con el cuerpo gobernante reaccionando con medidas severas a lo que éste consideraba una “conspiración” de proporciones serias, una que atentaba contra el mismo corazón de la organización. Considere, ahora, lo que esta “conspiración peligrosa” realmente fue, de cuán “extensas” proporciones era, cuán grande era el crimen de los que estaban envueltos, y qué base había para justificar la “mentalidad de asedio” que se desarrolló dentro de la organización y que continúa hasta el presente, el curso de eventos que condujeron a la “purga” de la primavera del 1980.

El día antes que partiera para París, en la primera etapa de mi viaje al África Occidental (16 de noviembre del 1979,) el presidente de la Sociedad estaba presidiendo esa mañana en la consideración del texto bíblico diario (siendo esa la semana que le tocaba presidir). En sus comentarios, declaró que algunos estaban poniendo en tela de juicio la posición de la Sociedad (recientemente promulgada en La Atalaya) en cuanto a que Jesucristo es mediador sólo para los “ungidos” y no para los otros dos (ahora más de cuatro) millones de testigos de Jehová.15 De los cuales, él dijo:

Ellos pretenden mezclar a todos en un mismo grupo y hacer a Cristo el mediador de todo Pedro, Jacinto y José” [o, como se acostumbra decir en castellano, fulano zutano y mengano].

No podía evitar pensar, al oír estas palabras, en cuanto a todos los “Pedros, Jacintos y Josés” presentes allí en las oficinas centrales, y me preguntaba, cómo les habrían caído esas palabras. Yo sabía que había habido bastante discusión en cuanto al tema entre los miembros de la familia y, en parte, discusión definitivamente desfavorable.

El presidente pasó a afirmar que la enseñanza de la Sociedad era correcta. El único texto de las Escrituras al cual él se refirió se encuentra en Hebreos, capítulo doce:

Es para disciplina que ustedes están aguantando. Dios está tratando con ustedes como con hijos. Pues ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si ustedes están sin la disciplina de la cual todos han venido a ser partícipes son verdaderamente bastardos y no hijos”.

Pasó él entonces a dar la ilustración del caballo al cual el amo, mediante la disciplina, enseña a caminar en círculos, y dijo, “A veces requiere varios azotes del látigo para lograr que lo haga”. El urgió a cualquiera que tuviera dudas en cuanto a la enseñanza de la Sociedad en este punto a demostrar aguante, a tomar la disciplina y a “mostrar que tiene las agallas para no cejar”.16

15 Vea La Atalaya del 1° de abril de 1980, páginas 31, 32; del 1° de mayo de 1980, páginas 21-27.

Esa noche salí para París pero por varios días me sentí afectado, afligido, no sólo por esas palabras, sino más bien por la actitud y espíritu del cual había sido testigo en los pasados años. Para mí era evidente en las Escrituras que Jesucristo había mediado una reconciliación con Dios para todo Pedro, Jacinto y José, y que el que él hubiera ofrecido su vida por toda persona, haciendo los beneficios de su sacrificio propiciatorio disponibles a todo aquel que quisiera aceptarlos, era precisamente lo opuesto a la actitud expresada en la discusión en las oficinas centrales. Parecía como si estuviéramos escuchando “unas buenas nuevas diferentes,” no las buenas nuevas como se presentaron por escritores inspirados del primer siglo.

En el África, el penúltimo país que visité fue Mali. La mayoría de los misioneros allí eran de nacionalidad francesa. Después de trabajosamente hacer una presentación en francés de algunos puntos que deseaba cubrir con los misioneros en cada país, pregunté si tenían alguna pregunta. La segunda presentada fue, “La Atalaya dice que Jesús es mediador sólo para los ungidos, no para el resto de nosotros. ¿Podría aclararnos esto? ¿Ni siquiera en las oraciones es nuestro mediador?”

Si hubiese sido mi interés el sembrar dudas, ésta hubiera sido una oportunidad obvia. En vez de eso, traté de calmarlos, señalándoles a la Primera Carta de Juan, capítulo dos, versículo 1, donde habla de Jesús como el “Ayudante” de todos aquellos para quienes él es un “sacrificio propiciatorio por los pecados”, incluyendo los de “todo’ el mundo”. Dije que aunque ellos no fueran a pensar de Cristo como el Mediador de ellos, ciertamente podían pensar de él como su Ayudante. Y, de una cosa podían estar seguros: que el interés de él para con ellos era tan grande como su interés para con cualquier otra persona en la tierra.

Sentí que me las había arreglado de modo que se pudiera evitar que el asunto se convirtiera en un punto de controversia seria entre ellos, y esto, sin haber dicho nada que pusiera en tela de juicio las declaraciones de La Atalaya.

16 Más tarde Ed Dunlap comentó en cuanto a esto diciendo, “Siempre pensé que lo que nos capacitaba para aguantar era la fe, no las agallas“.

Sin embargo, unos días más tarde, cuando fui al aeropuerto para salir hacia Senegal, los misioneros fueron allí también a despedirme. Una de las misioneras se me acercó y me preguntó, “¿Pero ni aun en oración es Cristo nuestro mediador?” No pude hacer nada salvo repetir y enfatizar los mismos puntos que había presentado antes en la reunión en el hogar misional.

Regresé a Brook1yn después de haber pasado aproximadamente tres semanas en el viaje, habiendo sido la única dificultad encontrada el descarrilamiento nocturno del tren en el cual estaba haciendo un viaje de veinte horas desde Ouagadougou, Alto Volta, a Abidján en la Costa de Marfil.

La mañana siguiente a mi llegada, durante el desayuno, se sentaron a mi lado un miembro visitante de un comité de sucursal y su esposa. No bien había comenzado el desayuno cuando la esposa me preguntó si podía hacerme una pregunta. Le contesté, “Puedes hacérmela. No sé si podré contestarla”. Dijo ella que la noche anterior habían asistido a un estudio de La Atalaya en el cual se discutía la obra mediadora de Cristo, y pasó a hacer virtualmente la misma pregunta que la misionara francesa me había hecho en Mali. Ofrecí la misma respuesta.

Ese fin de semana, fui a Nueva Jersey a pronunciar un discurso y después de éste una mujer de la audiencia se acercó (una testigo activa) y dijo que tenía algunas preguntas. Tenía tres preguntas y la segunda tenía que ver con la obra mediadora de Cristo. Nuevamente di la misma respuesta.

Estos incidentes se citan porque muestran mi práctica establecida en lo relacionado a responder a personas como éstas en lo concer­niente a las enseñanzas publicadas de la organización. Cualesquier dudas que yo pudiera tener, en lo relacionado a la base bíblica para las enseñanzas de la organización, las discutía sólo con individuos conocidos de mucho tiempo, cada uno de ellos, en el caso de los hombres, un anciano. Hasta el mismo 1980, no creo que hubiese más de cuatro o cinco personas en toda la tierra, a excepción de mi esposa, que supieran a grado considerable alguno los asuntos que me preocupaban, y ninguno de éstos sabía todas las razones que daban origen a estas preocupaciones. Hubiera requerido un libro igual que­ éste para que ellos las conocieran.

No tenía, sin embargo, la menor duda, de que muchos, muchos de entre los testigos de Jehová sentían un número de preocupaciones como las que yo sentía.17 Por mis años en el cuerpo gobernante yo sabía que no había indicios de que tales asuntos llegaran a encararse, o que se les fuera a dar la consideración que necesitaban por medio de una cuidadosa y completa investigación de las Escrituras, y que se decidieran, no sobre la base de puntos de vista tradicionales, sino sobre la base de la evidencia bíblica o la falta de ésta.

La evidencia señalaba, más bien, a la conclusión de que cualquier discusión abierta de estas dificultades se consideraba como de gran peligro a la organización, como deslealtad a sus intereses. La unidad (realmente la uniformidad) era, aparentemente, considerada como más importante que la verdad. Preguntas sobre las enseñanzas de la organización podían discutirse en el círculo íntimo del cuerpo gobernante, pero en ningún otro lugar. No importa cuán acalorado fuera el debate sobre algún punto, el cuerpo tenía que mostrar una apariencia de unanimidad para con todos los de afuera, aún cuando esa “apariencia” en realidad disfrazara un desacuerdo serio en algún punto bajo discusión.

No encontré nada en las Escrituras que justificara tal disfraz, pues las mismas Escrituras se recomiendan a sí mismas como veraces por su franqueza, sinceridad y candor, al mostrar las diferencias que existían entre los mismos cristianos del primer siglo, incluyendo apóstoles y ancianos. Más importante aún, no encontré nada en las Escrituras que justificara la restricción de discusiones a tal o cual sociedad cerrada de hombres, cuyas decisiones formuladas en secreto por una mayoría de dos terceras partes tuvieran que aceptarse por todo cristiano como la “verdad revelada”. No creía que la verdad tuviera nada que temer de discusiones abiertas, ninguna razón para esconderse del escrutinio cuidadoso. Cualquier enseñanza que tuviera que ser protegida de tal investigación no merecía ser sostenida.

17 Un día, un miembro de muchos años del Departamento de Servicio me abordó con una pregunta relacionada a un artículo escrito por el presidente. Le dije que yo no podía responder por el artículo y le sugerí que pusiera por escrito la pregunta y la enviara. El contestó, “No, yo hice eso antes y me causó problemas”. Le dije que a menos que la gente escribiera, nadie sabría de sus inquietudes. Su respuesta fue, “Si usted realmente quiere saber qué piensa la gente en cuanto a estos artículos, dígales a los superintendentes de circuito y de distrito que escriban informando qué piensan ellos en cuanto a algunos de los artículos. Pero hay que decirles que NO firmen sus nombres, de otra manera ellos sólo van a escribir lo que creen que se espera de ellos”. El dijo que lo mismo sería cierto si se invitaba a los ancianos nombrados de Betel a que escribieran.

Desde el tiempo en que se escribió el libro de referencia, Aid to Bible Understanding (Ayuda para entender la Biblia), había tenido asociación cercana con Edward Dunlap. Le conocí en 1964 mientras yo asistía un curso de diez meses en la Escuela de Galaad. En ese entonces él era el registrador de la escuela y uno de los cuatro instructores. Nuestra clase (la 39) se componía de unas cien personas, la mayoría hombres de las oficinas de sucursal. Se puede afirmar con veracidad que la mayoría de ellos consideraba las clases de Dunlap por mucho las más instructivas en lo que tenía que ver con adquirir entendimiento de las Escrituras l8 Originalmente de Oklahoma, de apariencia algo tosca, y a pesar de una educación ordinaria, Ed tenía la habilidad de tomar temas muy difíciles y complejos y ponerlos en forma y lenguaje sencillos, fuera ya el tema de las funciones de la ley Mosaica o el estudio científico de la genética. Sin embargo, lo más importante para mí era la falta de pretensión. Aparte de su preferencia por corbatas de colores chillones, él era básicamente -en porte, habla y conducta- una persona sencilla, sin ostentación. No importaba qué responsabilidad se le asignara, él permanecía el mismo.

Un incidente que tipificaba para mí su personalidad fue un comentario que él me dirigiera en relación con un examen al fin del semestre. Estábamos estudiando varias de las cartas de Pablo en las clases y cada semana había un examen en los puntos estudiados. Entre los puntos se encontraban generalmente preguntas relacionadas con la posible fecha y lugar de composición de cada carta. Tomando las cartas una a una, esto no era difícil de recordar. Pero cuando aparecieran en el examen, al final del semestre, todas las trece cartas de Pablo estudiadas, con sus posibles fechas y lugares de composición, el recordar todo esto me parecía un problema de proporciones considerables. Estas no seguían ningún orden cronológico en el canon bíblico. Trabajé por mucho tiempo con estos datos y finalmente creé un sistema mental para recordarlos todos.

Finalmente llegó el día del examen. Se permitieron dos horas para terminarlo. Yo lo hice un poco antes y mientras salía me encontré con Ed que venía entrando. El me preguntó, “¿Cómo fue?” Yo contesté, “Oh, no estuvo mal. Pero nunca te lo voy a perdonar”. El me preguntó que qué quería decir yo. Le respondí, “Yo trabajé y trabajé para desarrollar un sistema para recordar las fechas y los lugares de composición de cada una de las cartas y tu no hiciste siquiera una sola pregunta al respecto”. Tomando lo que dije más seriamente de lo que yo me había propuesto, dijo él, “¿Sabes por qué yo no incluyo esas preguntas en los exámenes semestrales? Porque yo mismo no puedo retener todos esos datos en mi cabeza”. Había cuatro instructores en la escuela, Ulysses Glass, Bill Wilkinson, Fred Rusk y Ed Dunlap. Creo que es justo decir que de los cuatro, sólo Ed hubiera contestado como lo hizo. Esto era típico de su personalidad nada pretenciosa.

18 Lloyd Barry estuvo también en esta clase e hizo comentarios semejantes en más de una ocasión como miembro del Cuerpo Gobernante. Dudo que algún estudiante de Ed jamás haya dudado del amor y conocimiento profundo de él por las Escrituras.

El siempre había estado completamente dedicado a la organi­zación; el registro de su servicio de tiempo cabal igualaba al mío en lo extenso. Otra circunstancia que dice algo de él se relaciona con una dolencia que se le desarrolló a finales de los 1960. Comúnmente llamada tic douloureux (término francés que quiere decir “espasmo doloroso”), el término médico para ésta es neuralgia trigeminal, la cual es la inflamación de un nervio facial grande, el trigémino ramificado en tres partes, y que es capaz de producir uno de los padecimientos más dolorosos humanamente conocidos. El dolor punzante y cegador puede ser provocado por cualquier cosa, una brisa suave, el tacto, que excite el nervio, y a medida que la enfermedad empeora, a la víctima se le hace cada vez más difícil el hacer cosas normales como peinarse, cepillarse los dientes, o comer, sin correr el riesgo de un ataque. Algunos así afligidos llegan hasta cometer suicidio.

Ed sufrió con esto por siete años, teniendo períodos de mejora y luego de empeoramiento. Durante este tiempo, el presidente, Nathan Knorr, por alguna razón se hizo de la opinión (quizás basada en comentarios de otros) que esto era algo emocional de parte de Ed y no un problema físico genuino. Un día él habló con Ed respecto a su dolencia, indagando acerca de su vida matrimonial y de otros asuntos relacionados. Ed le aseguró que lo uno no tenía nada que ver con lo otro, que él podía estar disfrutando de un buen día de vacaciones y un ataque venirle sin advertencia alguna. El presidente, sin embargo, no dio peso alguno a la explicación de Ed y le informó que había decidido enviarle a la fábrica por algún tiempo para que hiciera un poco de ejercicio. El iría a trabajar en el departamento de en­cuadernación.

Ed, entonces en los sesenta, había estado tomando por algún tiempo potentes medicamentos-prescritos por el médico de las oficinas centrales para suprimir los ataques dolorosos, y en ocasiones había estado en cama por días y hasta por una semana entera, con su dolencia. Pero ahora se le envió al departamento de encuader­nación y fue asignado a abastecer una máquina en la línea de encuadernación. Lo hizo por meses y se esmeró por hacerlo mejor posible en esa asignación “teocrática”. Pero como me dijo él confi­dencialmente, esta experiencia le hizo darse cuenta por vez primera del control absoluto que la organización ejercía sobre la vida de uno. Sus intentos de explicar se pasaron por alto y, en contra de todo buen sentido, se le colocó en la situación menos deseable para alguien que sufriera de tal dolencia.

Fue unos años más tarde, cuando estaba al punto de completa desesperanza, que supo de un cirujano en Pittsburgo que creía haber descubierto la razón de lo que le aquejaba por tantos años, y que había perfeccionado técnicas de microcirugía para remediar el problema. Ed se sometió a la operación (la cual implicaba el remover parte del cráneo y pasar a operar en la arteria principal del cerebro, la cual corre paralela al nervio inflamado). Fue así que finalmente quedó curado. Él no esperaba ninguna disculpa de parte de la organización por el serio error de ésta en el juicio hecho, ni por la manera en que habían considerado y manejado su problema angustioso. Ninguna se le ofreció.

Ya que nuestros lugares de trabajo, tanto durante el proyecto Ayuda como de ahí en adelante, estaban muy cerca el uno del otro, conversábamos a menudo, compartiendo puntos interesantes que encontrábamos durante nuestras investigaciones. El Comité de Redacción del cuerpo gobernante nos asignó a trabajar juntos en un número de proyectos, como el Comentario sobre la Carta de Santiago. En nuestras conversaciones no siempre concordábamos en todos los puntos, pero ello no afectó nuestra amistad ni el respeto mutuo.

Menciono todo esto porque Edward Dunlap era una de los pocas personas que sabían cuán profundas eran mis preocupaciones en lo relacionado con lo que veía en la organización, y en particular, lo que veía en el Cuerpo Gobernante. El compartía tal preocupación. Al igual que yo, él llegó a sentirse así porque no podía armonizar mucho de lo que veía, oía y leía con las Escrituras.

Aunque asociado con la organización desde los temprano 1930, durante la gran parte de esa asociación él no se consideró a sí mismo como parte de los “ungidos”. Conversaba con él, al respecto, un día a finales de los 1970 y me dijo que cuando comenzó a asociarse la ­ Watch Tower entonces enseñaba que había dos clases que heredarían la vida celestial: los “elegidos” (compuesto de los 144,000) y la “compañía grande” (o “gran muchedumbre” de Revelación capítulo siete). La “compañía grande” se decía que eran cristianos de una fe menor que la de los elegidos y por lo tanto, aunque igualmente destinados para vida celestial, la “gran compañía” no estaría entre aquellos que gobernarían con Cristo como reyes y sacerdotes. Dado que de las dos clases una era superior y la otra inferior, Ed típicamente asumió que él pertenecía a la clase inferior, la “grande compañía”.

Vino el 1935 y el Juez Rutherford, en la asamblea de Washington D. C., anunció la “verdad revelada” de que aquellos de la “compañía grande” (o grande muchedumbre) estaban bíblicamente destinados a vivir, no en el cielo, sino sobre la tierra. Dijo Ed. que él siempre había abrigado la esperanza de vida celestial, y sentía que no podía haber nada más maravilloso que el servir en la presencia de Dios y en compañía de su Hijo. Pero debido al cambio anunciado en la posición de la organización, él amortiguó esas esperanzas y aceptó lo que se le dijo que debía de ser su esperanza como parte de la “gran compañía”.

No fue sino hasta el 1979 que él claramente llegó a la decisión de que ninguna organización humana podía cambiar la invitación encontrada en las Escrituras, en efecto fijando una fecha para un cambio en la esperanza presentada en la Biblia misma como abierta para toda persona que abrace tal esperanza, sea su nombre Pedro, Jacinto, José o Ed. Así que, cuarenta y cinco años después del 1935 él empezó a participar de los emblemas, el pan y el vino, en la cena del Señor, algo que sólo los “ungidos” de entre los testigos de Jehová hacen.

Cuando un testigo o cualquier otra persona pregunta, “¿Cómo sabe uno si él o ella es de la clase de los ‘ungidos’ con la esperanza celestial?” la respuesta común es referir a la persona a la declaración de Pablo en Romanos 8:16,17:

“El espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Pues si somos hijos, también somos herederos: herederos por cierto de Dios, mas coherederos con Cristo, con tal que suframos juntamente para que también seamos glorificados juntamente”.

La enseñanza oficial ha sido, y es, que sólo los de los 144,000 “ungidos” pueden tener tal ‘testimonio del espíritu,’ y que esto les indica que son del grupo selecto de los 144,000, los únicos con esperanza a vida celestial. Todos los demás pueden ser clasificados sólo como hijos de Dios “en perspectiva futura” y su esperanza deberá ser terrenal.

Al leer el contexto, desde el mismo comienzo del capítulo, le fue evidente a Ed que el apóstol Pablo de veras estaba escribiendo sobre dos clases. Pero no sobre dos clases divididas por su esperanza, fuera ésta celestial o terrenal, en cuanto a su vida futura.

En vez de eso, las dos clases claramente eran: aquellos guiados por el Espíritu de Dios, a un lado, y los regidos por la carne pecaminosa, al otro.

El contraste que el apóstol presenta no es entre la esperanza de vida en el cielo o vida en la tierra, sino entre la vida y la muerte mismas, entre amistad con Dios o enemistad con El. Como lo indican los versículos 6 al 9:

Porque el tener la mente puesta en la carne significa muerte, pero el tener la mente puesta en el espíritu significa vida y paz; porque el tener la mente puesta en la carne significa enemistad con Dios, porque no está sujeta a la ley de Dios, ni, de hecho, lo puede estar. Por eso los que están en armonía con la carne no pueden agradar a Dios“.

Sin embargo ustedes no están en armonía con la carne, sino con el espíritu, si es que el espíritu de Dios verdaderamente mora en ustedes. Pero si alguien no tiene el espíritu de Cristo, éste no le pertenece.

En la consideración de Pablo, no se está tratando la vida celestial o la terrenal, sino simplemente si uno está viviendo por el Espíritu de Dios o está viviendo de acuerdo a la carne pecaminosa. Pablo dejó claro que era una cosa o la otra: Tiene uno el Espíritu de Dios y produce sus frutos, o está en enemistad con Dios y no pertenece a Cristo. Sin ese Espíritu no podría haber “vida y paz”, sólo habría muerte. Si la persona de hecho tenía el Espíritu de Dios, entonces era él un hijo de Dios, pues Pablo dice (verso 14):

Porque todos los que son guiados por el espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios“.19

19 Compare el uso que hace el apóstol de la misma frase, “conducidos por el espíritu,” en contraste similar entre la carne pecaminosa y el Espíritu de Dios en Gálatas 5: 18, donde se declara que aquellos que son “conducidos por espíritu, no están bajo-ley.” El negar que esto aplique a todos los cristianos, y que sí aplique a un grupo selecto, sería dejar a todos los demás bajo la ley y la condenación de ésta.

Como Ed Dunlap hizo notar, Pablo no dijo, algunos, sino “TODOS los que son guiados por el espíritu de Dios” son sus hijos. Aquellos que son guiados por ese Espíritu tendrían “el testimonio” del Espíritu a ese efecto, incluyendo la evidencia del fruto en sus vidas, algo parecido a la manera como la Biblia dice que Abel, Enoc, Noé y otros alcanzaron el “testimonio” de que estaban agradando a Dios.20

Lo pertinente de estos puntos se hará evidente a medida que consideremos los acontecimientos que vinieron después.

Basta decir aquí, que Ed Dunlap compartió conmigo las mismas preocupaciones básicas, particularmente las referidas al dogmatismo y espíritu autoritario que se estaban manifestando. Su punto de vista, como el mío, era que la autoridad humana, cuando se la llevaba más allá de sus límites apropiados, inevitablemente termina en quitar mérito a la función de Cristo Jesús como Cabeza de la congregación.

No mucho tiempo después de mi regreso de África, un viejo amigo pasó por nuestra habitación en las oficinas principales. Su nombre era René Vázquez y lo había conocido durante treinta años. La primera vez que lo vi fue en Puerto Rico en el pueblo de Mayagüez donde vivía con su padre, quien había contraído segundas nupcias. En ése entonces René era estudiante adolescente de la escuela secundaria. Tanto su padre como su madrastra se oponían a que René estudiase con los testigos de Jehová. Su oposición llegó a ser tan intensa que una tarde, después de haber estado estudiando en la casa de algunos misioneros, René sintió que no podía soportar más. Pasó la noche en una banca del parque de una plaza pública. La mañana siguiente se dirigió a la casa de unos tíos y pidió que lo dejasen vivir con ellos, a lo cual ellos accedieron. Aunque no simpatizaban con los testigos de Jehová, resultaron ser personas tolerantes. Al graduarse de la escuela secundaria, René decidió inmediatamente incorporarse como “precursor de tiempo cabal”.

Estando presente en una asamblea en Nueva York en 1953, decidió permanecer en los Estados Unidos. Conoció a una joven en Michigan, se casaron y los dos se dedicaron al “precursorado.” Se les invitó a trabajar viajando entre las congregaciones de habla hispana en los estados del oeste de los Estados Unidos. Tiempo después fueron a la Escuela de Galaad, siendo de allí enviados a España. Pronto, René fue designado como superintendente de distrito en aquel país. La obra de los testigos de Jehová estaba bajo proscripción oficial y él y su esposa se desplazaron por toda España, teniendo que estar en constante alerta de la policía y conscientes del peligro de ser descubiertos y arrestados o deportados. Todas las reuniones que se realizaban eran de carácter clandestino. Después de años de estar en esa actividad “encubierta”, los nervios de René llegaron a tal estado de tensión que estaban a punto de sufrir quebranto. Para este entonces ya René y Elsie habían estado en España siete años. Debido a la salud de él, y a algunas necesidades que se presentaron en la familia de Elsie, regresaron a los Estados Unidos. Siendo que habían pagado ellos mismos los gastos para su viaje de regreso, al llegar a América lo hicieron casi sin nada de fondos monetarios.

20 Hebreos 11:1-7.

Después de su llegada, el único trabajo que René pudo encontrar fue el de levantar cargas pesadas en una fábrica de acero. Siendo una persona de contextura pequeña, su frágil cuerpo resultó resintiéndose al segundo día, acabando por ello en el hospital. Finalmente halló otro trabajo y una vez que hubieron solucionado sus problemas financieros, él y su esposa se hallaron nuevamente en el servicio de “precursores.” Estando trabajando en el ámbito de los circuitos y distritos les llegó el pedido para que formasen parte del personal de las oficinas principales en Brooklyn, donde a René se le asignó la supervisión del despacho de servicio para todas las congregaciones de habla hispana en los Estados Unidos, compuestas éstas por unas treinta mil personas. Sirvió allí hasta 1969 cuando Elsie quedó embarazada, requiriéndose que dejaran su “servicio en Betel”.

René me dijo que se esforzaría por permanecer en Nueva York, no porque le gustase la ciudad, sino entendiendo que si las circunstancias lo permitiesen, él podría ser útil en alguna forma a la organización. Resultó ser así. A los pocos años se hallaba nueva­mente en las oficinas centrales ayudando dos días a la semana en hacer traducciones al español, dirigiendo la grabación de dramas para convenciones en ese idioma, haciendo trabajo como superintendente de circuito y distrito entre decenas de congregaciones de habla hispana en el área de Nueva York. Además, como él había pasado algún tiempo sirviendo en Portugal, cuando se establecieron unas con­gregaciones de habla portuguesa en el área de Nueva York, él renovó su conocimiento del idioma y sirvió a esas congregaciones también.

En sus más de treinta años de asociación con la organización yo seriamente dudo que haya existido alguien en Puerto Rico, España o los Estados Unidos que haya tenido motivo de queja respecto al servicio de René. Poseyendo una personalidad básicamente apacible, había aprendido sin embargo el arte de ser firme sin ser duro o brusco. Aún bajo la circunstancia que se desarrolló, la que se presentará más adelante, yo dudo que alguna de aquellas personas que trabajaron con René Vázquez en cualquiera de los lugares donde él sirvió, negaría que lo arriba expresado es descripción honesta de su persona. Si tuvo alguna falla perceptible ésta era, como él mismo lo reconoce, la de haber sido demasiado anuente cuando se le pedía que hiciese algo por otros, particularmente por la Sociedad. El siente hoy que su vida familiar se vio afectada innecesariamente debido a esto.

Como un ejemplo, él y su señora habían pasado varios años sin tomarse unas verdaderas vacaciones, por lo que René planeaba un viaje que los llevaría de vuelta a España para una visita. Poco antes que llegara el tiempo de partir, Harley Miller, quien entonces encabezaba el Departamento de Servicio, llamó y le pidió a René que pasara algún tiempo en el trabajo de circuito, justo en esos días. René sintió que la cosa correcta era aceptar, pues él nunca había rechazado una asignación de la “organización del Señor.” Su esposa hizo finalmente el viaje a España en compañía de su madre.

René vivía cerca al aeropuerto La Guardia, por ello cuando los miembros del Departamento de Servicio, Harvey Miller entre ellos, tenían que viajar en avión para cumplir con sus compromisos como oradores los fines de semana, regularmente arreglaban para que René los esperara y los transportase de regreso a Betel. Algunos de los vuelos llegaban cerca de la medianoche, otros aún más tarde. René había insistido en suministrar tal servicio para mí, aceptándolo yo en base a nuestra vieja amistad, hasta que me enteré a qué grado otros se valían de su buena voluntad y comedimiento. A mi parecer, se abusaba de su benevolencia, por lo que, con raras excepciones, de allí en adelante busqué otro medio de transporte.

Pienso que, si se pudiese obtener el punto de vista de la Sociedad respecto a quienes podrían considerarse como los principales personajes comprometidos en la “conspiración contra la organi­zación,” que con tan drástica acción se trató de extirpar, se nos señalaría a nosotros tres-a Ed, a René y a mí. Sin embargo, nunca hubo momento en que los tres hubiéramos estado reunidos juntos. Durante ese tiempo, yo tuve conversaciones extensas con René posiblemente en dos ocasiones; en cuanto a Ed y René, lo mismo era cierto. ¿Cuáles eran, entonces, las supuestas actividades siniestras en las que estábamos comprometidos? Simplemente esto, a saber, que nosotros dialogábamos sobre la Biblia como amigos, y también con nuestros amigos de mucho tiempo.

La noche que René pasó por nuestra habitación, él había estado asistiendo a un seminario para ancianos organizado por la Sociedad. Nosotros conversamos en cuanto a sus impresiones, las cuales eran básicamente favorables. En un momento de la conversación dijo él, “Me parece como si estuviésemos idolatrando cifras. A veces quisiera que se pusiera fin al uso de informes.” Por “informes” él se estaba refiriendo al sistema que pide de cada Testigo la presentación mensual de hojitas de informe, detallando en éstas la actividad de testificación hecha, incluyendo las horas empleadas, la literatura distribuida y así por el estilo.21

Yo recordé algunos puntos señalados en el programa de la anterior asamblea de Distrito sobre “la fe y las obras” y hablamos sobre esto, así como lo que dijo el apóstol sobre éste tema, en el libro de Romanos. Como yo lo veía, las enseñanzas del apóstol llamaban primero a la edificación de la fe de las personas; cuando esto se hubiera logrado, entonces seguirían las obras-pues la fe genuina es productiva y activa de igual manera como el amor genuino lo es. Uno puede presionar constantemente a la gente para que haga ciertas obras y quizá lo hagan como resultado de la presión. Pero, ¿dónde hallamos la evidencia de que esas obras se generaron por la fé y el amor? Y si no es así como se motivaron, ¿cómo pueden ser ellas agradables a la vista de Dios, de todos modos?

Parecía evidente que las obras procedentes de la fe tenían que ser espontáneas, no sistematizadas o encajadas en cierto molde, de la misma forma que los actos de amor deberían ser espontáneos y no el resultado de un simple cumplimiento de actividades programadas por otros. Las disposiciones ordenadas son buenas si son para facilitar lo que es conveniente o cómodo, pero no deben ser un medio de compulsión sutil, usado para crear un complejo de culpa en todo aquel que no ‘encaje dentro del molde.’ Cuanto más estrechamente tratan los hombres de controlar la vida y las actividades de sus hermanos cristianos, cuanto más estrujan la oportunidad para que la fé y el amor sean lo que los motive y controle. Yo reconozco que es mucho más difícil edificar la fe y el aprecio de la gente por medio de las Escrituras, en comparación con el simplemente entusiasmarlos por medio de discursos desde el atril, o mediante el hacerles sentir culpables. No obstante, dado lo dicho por el apóstol, me pareció que aquel camino difícil era el único bíblicamente sabio y correcto.

21 La importancia asignada a estos reportes es innegable. Cada testigo entrega su informe a la congregación, cada congregación a la oficina de sucursal de su país, cada oficina de sucursal envía un informe mensual detallado a la oficinas internacionales donde éstos son compilados y se promedian, y los porcentajes de aumento (o disminución) son anotados. Se estudian con el mismo ávido interés con el cual las grandes corporaciones estudian las cifras en sus informes de producción o sus índices de crecimiento; cuales­quier fluctuaciones o posibles síntomas de decrecimiento en el número de testigos que informan, o las horas informadas, o la distribución de literatura, se convierten en razones para alarma. Los representantes en las sucursales se inquietan si los informes mensuales para su país fallan en mostrar algún aumento, o peor aún, si es que reflejan disminución.

Esa fue en esencia la conversación. El tema de las hojas de informe estimuló la conversación, pero de allí en adelante no figuró en ella. En un encuentro con René en la entrada de uno de los edificios poco después, dijo que el abordar los asuntos a la luz de los escritos de Pablo en Romanos hizo que su trabajo como superintendente de circuito y distrito fuese mucho más gozoso y sus discusiones con los ancianos más significativas.

Algunas semanas después mi esposa y yo fuimos a la casa de ellos a una comida. A pesar de que habíamos estado las dos parejas juntos en la misma congregación de habla hispana en Queens, Nueva York, durante nuestros primeros años en esa ciudad, desde entonces nuestros encuentros habían sido sólo esporádicos. Tanto antes como después de la comida, René deseaba conversar sobre el mensaje de Romanos. Aunque a menor grado que con mi esposa, sentí la obligación de responder a sus preguntas antes que evadirlas. Lo había conocido por treinta años; sabía que era estudiante serio de las Escrituras. Le hablé como un amigo, no como un oficial organi­zacional y al considerar la Palabra de Dios con él sentí que mi primera responsabilidad era para con Dios, no hacia los hombres, ni hacia una organización. Si me retraía de hablar a personas como éstas, respecto a lo que yo veía eran enseñanzas bien definidas en las Escrituras, ¿cómo podría decir lo que Pablo dijo a los ancianos de Efeso, según lo registrado en Hechos 20:26, 27? El dijo:

Por eso los llamo para que sean testigos este mismo día de que yo estoy limpio de la sangre de todo hombre, porque: no me he retraído de decides todo el consejo de Dios“.

Pablo sabía que era por hacer esto que se había hablado injuriosamente de él en la sinagoga de Efeso.22 Yo sabía, de igual manera que las palabras mías podrían producir los mismos resultados.

Entre otras cosas, nosotros consideramos la primera parte del capítulo ocho de Romanos (presentada anteriormente en este capítulo). Yo estaba interesado en saber cómo él entendía el versículo 14 en cuanto a la relación de Dios con sus hijos, cuando se le considera a la luz del contexto. El nunca la había examinado en su contexto (lo cual es cierto de casi todos los testigos de Jehová). Al hacerlo, su reacción fue tanto espontánea como notable. Lo que a otros pudiese parecer obvio, para un testigo de Jehová puede resultar sorprendente, como si se tratara de una auténtica revelación. El comentario de René fue: “Por años tenía la sensación de que estaba resistiendo al espíritu santo al leer las Escrituras cristianas. Yo podía estar leyendo tranquilamente, aplicando a mí mismo todo lo que leyera, cuando, súbitamente me detenía y decía ‘pero éstas cosas no me aplican, son sólo aplicables a los ungidos.'”

22 Hechos 19:8,9.

Yo sé, él sabe y Dios sabe que no usé persuasión alguna para que él viera las cosas de forma diferente. Fueron las propias palabras del apóstol en la Biblia, leídas con textualmente las que obraron para persuadir. Su comentario en un encuentro incidental posterior, fue que desde aquél entonces las Escrituras en general cobraron vida con un significado mayor para él.

Aunque parezca extraño, para un testigo de Jehová (que no pertenece al grupo de los más de 8,000 ungidos) el llegar a la conclusión de que las palabras desde Mateo hasta Revelación están dirigidas a él y le aplican no meramente de “refilón,” sino real y directamente, resulta en que se abra la puerta a un cúmulo de preguntas, preguntas que a menudo anhelaban recibir respuesta, pero las cuales él no se atrevía a hacer.

Cuando hago recuento de lo que se ha hecho en años recientes en materia de sostener las interpretaciones de la organización, es decir, la manipulación de los hechos y las Escrituras, sólo puedo sentirme agradecido de que ninguna preocupación por el favor de la organización me haya retraído de dirigir la atención de por lo menos algunas personas hacia las Escrituras, respecto a éstos puntos.

El 4 de marzo de 1980 sometí una petición al comité del personal del cuerpo gobernante para recibir permiso de ausentarnos desde el 14 de marzo hasta el 14 de julio. Mi esposa y yo sentimos que nuestra salud demandaba un cambio prolongado. Durante ese período también esperaba investigar cuáles eran las posibilidades de encontrar empleo y un lugar donde vivir cuando termináramos nuestro servicio en las oficinas principales. Teníamos como $600 en una cuenta de ahorros y un automóvil usado de siete años, como nuestro mayor capital.

Uno de nuestros primeros pasos fue el hacemos un examen físico completo. El mío indicó que me estaba acercando al nivel de posible riesgo de sufrir problemas cardíacos.

Tiempo atrás, al asistir a las asambleas de distrito en Alabama, conocimos y nos familiarizamos con un testigo llamado Peter Gregerson. Posteriormente nos invitó en dos ocasiones a visitar Gadsden, Alabama, y así poder hablar a las congregaciones locales en esa área. Peter había levantado una pequeña cadena de supermercados en la zona de Alabama y Georgia. En 1978, cuando un “viaje de zona” nos llevó a mi esposa y a mí tan lejos como Israel, Peter y su esposa se unieron a nosotros allí y pasamos parte de dos semanas visitando tierra bíblica.

En ese entonces, Peter expresó seria preocupación por los efectos producidos debido a las predicciones (¿predicciones “insinuadas”?) sobre el año 1975. Dijo que pensaba que sería un grave error el que la Sociedad continuase insistiendo en su fecha de 1914; que la desilusión resultante del año 1975 no sería nada en comparación con 1o que sucedería si la Sociedad se viese forzada a dejar de lado la cronología del año 1914. Yo expresé reconocimiento de que su estimación de la situación era indudablemente correcta, pero no profundizamos más el tema.

Cuando Peter supo de nuestro deseo de ausentarnos de Brook1yn, nos invitó a que pasáramos algún tiempo en su compañía, para 1o cuál él y su esposa arreglaron para nuestro uso una casa móvil pertene­ciente a uno de sus hijos. Me ofreció trabajo en cuidar los terrenos de su propiedad para así ayudamos a cubrir algunos de nuestros gastos y al mismo tiempo servir éste de ejercicio físico vigoroso, el que se me había recomendado médicamente.

El padre de Peter se hizo testigo de Jehová cuando éste era aún un niño, asistiendo Peter a las reuniones en compañía de sus padres desde que tenía cuatro años. Cuando joven ingresó al servicio de “precursor de tiempo cabal” y aún después de casarse y tener su primer hijo se esforzó por mantenerse dentro de esa actividad, haciendo trabajo de limpieza en edificios y oficinas para sostenerse económicamente.23 Fue enviado por la Sociedad a “zonas problemáticas” en Illinois y Iowa a fin de ayudar a allanar dificul­tades y poder edificar a los hermanos en las congregaciones. En 1976 él fue uno de un grupo de ancianos invitados a Brooklyn para participar en sesiones conducidas por el Cuerpo Gobernante para discutir condiciones y problemas en las congregaciones, y dos años más tarde se le solicitó servir como instructor en un seminario para ancianos en el área de Alabama.

Sin embargo, un año después de haber asistido al seminario Peter decidió renunciar como anciano de congregación. Hacía poco había entregado la presidencia de la compañía de supermercados a uno de sus hermanos, y ahora se valía del tiempo libre de que disponía para estudiar más la Biblia. Se sentía inquieto por algunas de las en­señanzas de la organización y quiso reafirmar su convicción de la veracidad de las mismas, y reestablecer su confianza en la religión que había abrazado toda la vida. (Para entonces él tenía más de cincuenta años.)

23 El Y su esposa ahora tienen siete hijos y un número aun mayor de nietos.

El resultado fue exactamente lo contrario. Mientras más estudiaba las Escrituras, más se convencía de que existían serios errores en la teología de la organización. Esto lo llevó a la decisión que tomó respecto a su cargo como “anciano”. Como me dijo en una conversación, “No puedo pararme delante de la gente y conducir estudios bíblicos sobre cosas que no veo que tengan apoyo en las Escrituras. Me vería como un hipócrita haciendo eso y mi conciencia no me lo permitiría.” Aunque la primera vez que lo escuché decir eso le estimulé a que lo reconsiderara, no podía por otro lado negar la validez de sus preguntas y tuve que respetar su conciencia y su disgusto ante la hipocresía. Había llegado a su encrucijada personal antes que yo a la mía.

Esta es la persona que la norma de la organización más tarde catalogó como “hombre malvado” con quien uno no podía siquiera comer. El haberlo hecho de mi parte en un restaurante en 1981 resultó en mi juicio y expulsión de la organización.

Fue en abril de 1981, mientras estábamos en Gadsden y ausentes de las oficinas principales de la Sociedad, que me empezaron a llegar noticias sobre hechos extraños que estaban aconteciendo en Brook1yn. La esperada tormenta estaba ya encima de nosotros.

INQUISICION

“Y mientras les decía éstas cosas, los escribas y Fariseos comenzaron a exasperarse en gran manera y a provocarle a que hablase de muchas cosas; acechándole y procurando cazar alguna cosa de su boca, para poderle acusar.

-Lucas 11:53,54, Versión Moderna.

Una inquisición, en sentido religioso, es una investigación interro­gativa de las creencias y convicciones personales abrigadas por los individuos.

Históricamente su fin no ha sido el ayudar al individuo o sumi­nistrar una base para razonar con él, sino más bien para incriminarlo y declararlo culpable de herejía.

A menudo la causa que inicia la investigación no tiene nada que ver con el que el individuo sea disociador, malicioso o que siquiera

Punto de decisión 281

se exprese mucho respecto de sus ideas. La mera sospecha basta para poner en movimiento la acción inquisidora. El sospechoso se ve, en efecto, como persona sin derechos, hasta sus conversaciones privadas con íntimos amigos se tratan como algo que los inquisidores poseen pleno derecho de hurgar.

No sólo fueron los atroces castigos que se llevaron a cabo por la inquisición española lo que le dieron un nombre tan despreciado a través de la historia. Fue también la forma autoritaria en que se abordaron los problemas, y los métodos arrogantes de interrogatorio empleados para lograr la incriminación que con tanta frecuencia se deseaba celosamente por la corte religiosa de justicia. La tortura y el castigo violentos no se permiten por la ley hoy. Pero el manejo autoritario y los métodos arrogantes de interrogar pueden practicarse aún con aparente impunidad. Y, aunque no física, la tor­tura sí existe, efectuada en forma psicológica mediante el presionar y angustiar emocionalmente.

Me viene a la memoria un artículo aparecido en el número del 8 de junio de 1981, página 17, de la revista ¡Despertad! intitulado “Buscando raíces legales.” Hacía énfasis en los magníficos precedentes legales encontrados en la ley Mosaica y entre otras cosas decía:

Puesto que en Israel el tribunal local estaba situado en las puertas de la ciudad, ¡eso eliminaba toda duda en cuanto a ser público el juicio! (Deut. 16:18-20) No cabe duda de que el carácter público de los juicios hacía que los jueces obraran con cuidado y justicia, cualidades que a veces desaparecen cuando se celebran audiencias secretas a puerta cerrada.

Este principio fue alabado en la publicación de la Sociedad. En la práctica usual fue rechazado. Como dijo Jesús, “Ellos dicen una cosa y hacen otra:’24 Las “audiencias en aposentos secretos” se prefirieron, como la evidencia muestra claramente. Sólo el temor al poder de la verdad impulsa ese tipo de procedimientos. Esos métodos sirven, no a los intereses de la justicia o misericordia, sino a aquellos que buscan la incriminación.

Cuatro semanas después de haber iniciado mi período de ausencia, mientras estaba todavía en Alabama, recibí una llamada telefónica de Ed Dunlap. Después de una conversación general me dijo que dos miembros del Cuerpo Gobernante, Lloyd Barry y Jack Barr habían venido a su oficina y lo habían interrogado por tres horas acerca de

24 Mateo 23:3. VP.

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sus creencias personales. En cierto punto preguntó Ed, “¿Cuál es el propósito de este interrogatorio judicial?” Le aseguraron que no era ése el caso, sino que simplemente deseaban saber cómo se sentía respecto a algunos asuntos.

No le dieron ninguna explicación sobre 1o que había motivado su interrogatorio. A pesar de que pretendían hacer creer que la discusión era sólo de carácter informativo, para Ed esto daba claros indicios del principio de una acción por parte de la organización que probaría ser inquisitorial y punitiva. Las preguntas inquirían sobre su punto de vista en cuanto a la organización, sobre las enseñanzas tocantes al año 1914, las dos clases de cristianos, la esperanza celestial, y puntos parecidos. .

Respecto a la organización, él les dijo a sus interrogadores que su mayor preocupación se refería a la falta de estudio bíblico de parte de los miembros del Cuerpo Gobernante; que él sentía que aquellos tenían como obligación hacia los hermanos el considerar como primera prioridad el estudio e investigación de las Escrituras, en vez de dejar que la preocupación por el trabajo de oficina y otros asuntos los alejase del estudio bíblico. Respecto al año 1914, reconoció con franqueza sentir que era algo sobre 1o que no se debería ser dogmático, y les preguntó a ellos si el mismo Cuerpo Gobernante reconocía a éste como sólido y seguro. La respuesta de los dos interrogadores fue que ‘si bien había uno o dos que tenían dudas, el Cuerpo en su conjunto apoyaba la fecha plenamente.’ Les dijo que si a otros en el Departamento de Redacción se les hubiera permitido expresarse, se haría evidente que casi todos tenían diferentes opiniones sobre ciertos puntos.

Días después, Albert Schroeder y Jack Barr iniciaron un interro­gatorio individual de cada miembro del Departamento de Redacción. Ninguno de ellos reconoció sentir inseguridad respecto de alguna enseñanza en particular, aunque en conversación personal virtual­mente todos tenían algún punto sobre el cual habían manifestado puntos de vista diferentes.

Lo irónico del caso era la diversidad de opiniones que prevalecía dentro del mismo Cuerpo Gobernante, algo que los interrogadores nunca mencionaron ni admitieron delante de sus interrogados.

Yo sabía que Lyman Swingle, el coordinador del Comité de Redacción del Cuerpo Gobernante y coordinador del Departamento ­de Redacción estaba fuera en un viaje de zona. Hallé enigmático el que una investigación tan intensa se iniciara en su ausencia. Sin embargo los miembros del Cuerpo Gobernante que hacían la

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investigación no dejaron notar que hubiese surgido algo fuera de lo rutinario que hiciera necesario una investigación a tan gran escala. Por experiencia con la organización, sentí que esta ausencia de explicación de su acción era indicativa, no de algo benigno o inocuo, sino de algo que, cuando se diera a conocer, podría probar ser lo bastante devastador a aquellos afectados por el asunto. Por esa razón, el lunes, 21 de abril de 1980, llamé a las oficinas centrales de Brooklyn desde Alabama y pedí hablar con el miembro del Cuerpo Gobernante Dan Sydlik. La telefonista de la Sociedad me dijo que no estaba disponible. Entonces pedí hablar con Albert Schroeder, quien era el presidente del Cuerpo en funciones ese año. No estaba tampoco disponible. Dejé un mensaje con la operadora dándole a entender que apreciaría que cualquiera de los dos me llamase.

La siguiente mañana recibí una llamada de Albert Schroeder.

Antes de considerar lo conversado y la forma en que Schroeder quien, durante ese año, era el presidente del Cuerpo Gobernante, respondió a mis preguntas, considere primero lo que eventualmente llegué a enterarme en cuanto a lo que ya había sucedido y estaba por suceder, al momento en que él habló conmigo.

El 14 de abril, ocho días antes de que Schroeder contestara mi llamada, un Testigo de Nueva York llamado Joe Gould telefoneó al Departamento de Servicio de Brooklyn y habló con Harley Miller, uno de los cinco miembros del comité del Departamento de Servicio.25 El le dijo a Miller que un compañero de trabajo, un cubano de nombre Humberto Godínez, le había contado una conversación que tuvo lugar en su casa entre él y un amigo que era miembro de la familia de Betel. El dijo que el miembro de la familia de Betel se había expresado en cuanto a un número de puntos que diferían de las enseñanzas de la organización. Miller le recomendó a Gould que tratara de obtener de Godínez el nombre del miembro de la familia de Betel. Esto se hizo y el nombre de Cris Sánchez fue suministrado. Godínez dijo además que mi nombre y los de Ed Dunlap y René Vázquez, habían también surgido en la conversación. Miller no le recomendó a Gould ni a Godínez que trataran de aclarar el asunto con aquellos envueltos, como tampoco que trataran de solucionar el problema por medio de una discusión entre hermanos. Ni habló Miller con Ed Dunlap, quien le era bien conocido y quien trabajaba en una oficina al cruzar la calle de la suya. Ni tampoco hizo

25 El comité supervisa al Departamento de Servicio, que en aquel entonces tenía un personal de unas cuarenta personas.

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una llamada telefónica a René Vázquez, a quien conocía por muchos años, y cuyos servicios como chofer él a menudo utilizaba. El no trató de comunicarse con Cris Sánchez quien trabajaba en la imprenta de la Sociedad y quien le era accesible por teléfono.

El habló primero con los miembros del comité del Departamento de Servicio preguntándoles si ellos pudieran suministrar información similar. Y entonces fue al presidente del Cuerpo Gobernante, Albert Schroeder.

A Miller, se le pidió que hiciera arreglos para que Godínez y su esposa visitaran las oficinas centrales para entrevistarse con él. Nada se le dijo a Cris Sánchez, Ed Dunlap o René Vázquez, como de igual manera, nada se me comunicó a mí. El presidente del Comité del Cuerpo Gobernante evidentemente pensó que el actuar de esta manera considerada y, a la vez, evitar así que el asunto se convirtiera en problema mayor, no era el proceder deseado.

Durante la entrevista de Miller y los Godínez, Miller le sugirió a Godínez que llamara a René Vázquez y “con tacto” tratara que éste se expresara en cuanto al asunto. Miller no tuvo a bien hacerlo él mismo, ni tampoco consideró aconsejable telefonear a Ed Dunlap o cruzar la calle para hablar con él sobre el asunto. La llamada telefónica a René se hizo y la meta evidente se logró, pues René contestó de un modo que pudiera verse como incriminador. Otra entrevista con los Godínez se arregló, esta vez con el Comité de la Presidencia, compuesto por los miembros del Cuerpo Gobernante Schroeder, Suiter y Klein. La entrevista se efectuó el martes 15 de abril. Todavía no se había dicho nada a René, Ed, Cris o a mí. La entrevista duró dos horas y fue grabada. A través de los recuerdos e impresiones de los Godínez, aquellos tuvieron noticia de la conversación con Cris Sánchez, un compatriota cubano de éstos y amigo por largo tiempo, después de una comida en el hogar de los Godínez. Varios puntos controversiales se trataron. La presentación de los Godínez incluyó numerosas referencias a René, Ed Dunlap y a mí. Al fin de la grabación, cada uno de los tres miembros del Cuerpo Gobernante, Schroeder, Suiter y Klein, felicitaron a la pareja Godínez por su lealtad y expresaron (en la grabación misma) su desaprobación hacia aquellos implicados en la entrevista.

Al igual que Miller, el Comité de la Presidencia del Cuerpo Gobernante no había hecho ningún esfuerzo por hablar con Cris Sánchez, en contra de quien habían escuchado evidencia sólo de oídas. No habían hecho ningún esfuerzo por hablar con René Vázquez, Ed Dunlap o conmigo, de quienes ellos sólo tenían

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información-no de primera mano, ni de segunda mano-sino de tercera mano, ya que su ruta pasaba a través de una línea de tres personas. Aún así, al día siguiente, el miércoles, 17 de abril del 1980, durante la sesión regular del Cuerpo Gobernante, el Comité de la Presidencia hizo escuchar las dos horas de grabación de la entrevista al Cuerpo (Mil ton Henschel, Lyman Swingle, y yo estábamos ausentes).

Todo esto había tenido lugar una semana antes de que Schroeder hablara conmigo por teléfono, llamada que él hizo sólo porque se lo pedí.

Fue después que el Cuerpo Gobernante escuchara esta grabación que el interrogatorio de Ed Dunlap Y el subsecuente interrogatorio del personal de Departamento de Redacción, tuvieron lugar. Fue esa cinta la que motivó los interrogatorios. Los miembros del Cuerpo Gobernante que condujeron el interrogatorio, Barry, Barr y Schroeder, sabían que tal era el caso. Sin embargo, no dijeron nada al respecto, aún cuando Ed Dunlap le preguntó a Barry y a Barr la razón para el interrogatorio. ¿Por qué no?

La acción tomada fue rápida, extensa, coordinada. Tanto Cris Sánchez y su esposa, como Néstor Kuilan y su esposa fueron interrogados. Cris y Néstor trabajaban en el departamento de traducción al español donde René servía dos días a la semana.

Harley Miner llamó entonces a René y le pidió que viniera a su oficina diciendo, “Nos gustaría hurgar tu cerebro sobre algunos puntos.”

El Comité de la Presidencia había hecho arreglos para que comités investigadores se formaran para manejar el interrogatorio de estas personas. Con la excepción de Dan Sydlik, ninguno de los hombres en estos comités eran miembros del Cuerpo Gobernante. El Cuerpo Gobernante, por medio de su Comité de la Presidencia, dirigió todas las acciones, empero desde este punto en adelante se mantuvo en el trasfondo. Luego hicieron arreglos para que varios hombres que participaban en estos comités investigadores escucharan porciones de la cinta de dos horas que se había presentado al Cuerpo, para equiparlos en su trabajo como miembros de los comités judiciales. Se debe a eso que estos comités emplearon mi nombre y el de Ed repetidamente en los interrogatorio s de Sánchez, Kuilan, y Vázquez. No obstante el Comité de la Presidencia todavía no se sintió impelido a informamos a nosotros que la cinta siquiera existía. ¿Por qué no?

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El objetivo de los comités investigadores se hizo evidente por la dirección que tomaron sus interrogatorios. El comité que interrogaba a Nestor le pidió que describiera sus conversaciones personales con Ed Dunlap y conmigo. El respondió que no creía que sus conver­saciones personales fueran algo que otros tuvieran derecho a conocer. Y dejó claro que si pensara que algo malo o “pecaminoso” se hubiese dicho, él no habría perdido tiempo en informarles, pero que en la situación presente éste no era el caso. Sus interrogadores le dijeron que él debería ‘cooperar o si no se vería en peligro de ser expulsado.’ Su respuesta fue, “¿Expulsado? ¿Por qué?” Se le respondió, “Por encubrir apostasía.” Kuilan dijo, “¿Apostasía? ¿Dónde está la apostasía? ¿Quiénes son los apóstatas?” Ellos contestaron que esto estaba por determinarse, pero que estaban seguros de que existían.

Es como si alguien fuera amenazado con ser encarcelado a menos que cooperara suministrando información con relación a ciertas personas, y cuando éste preguntara, ¿por qué?, se le dijese que la detención será por complicidad en el robo de un banco. Cuando él pregunta, “Cuál banco se robó y quiénes son los ladrones?”, se le dice, “Bueno, aún no sabemos qué banco ha sido robado o quién lo hizo, pero estamos seguros que un banco fue asaltado en algún sitio y si no contestas la pregunta te encontraremos culpable de complicidad e irás a la cárcel.”

Néstor explicó que él había estudiado en la Escuela de Galaad bajo Ed Dunlap como uno de sus instructores y por lo tanto le conocía desde entonces, y que me conocía a mí desde el tiempo en que yo había servido como misionero y superintendente de sucursal en Puerto Rico. Aceptó que había conversado con nosotros en ocasiones, pero que estas conversaciones no envolvían nada pecaminoso o malo y eran asunto personal de él.

Para el 22 de abril, cuando Albert Schroeder respondió a mi petición y me telefoneó, la maquinaria judicial de la organización estaba en completa operación y moviéndose con rapidez. Como presidente interino del Cuerpo Gobernante, él mejor que nadie conocía todos estos detalles, pues los comités investigadores estaban bajo la dirección del Comité de la Presidencia. ­

El sabía que su propio comité había hecho que se tocara la antes mencionada cinta grabada de dos horas ante el Cuerpo Gobernante una semana antes de telefonearme.

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El sabía que a los diferentes comités investigadores se les había “puesto al día,” por medio de escuchar ellos porciones de la cinta y que, al mismo tiempo en que él había hablado conmigo, ellos estaban usando mi nombre junto al de Ed Dunlap, en sus interrogatorios.

El también sabía que el cargo extremadamente grave de “apostasía” se incluía en las audiencias del comité. Y tenía que saber el efecto serio que esto pudiera tener para nosotros dos, a quienes había conocido por décadas y a quienes llamaba sus “hermanos.”

¿Qué, entonces, se me dijo en esta conversación? Considere: Después de un breve intercambio de saludos, le dije, “Dime, Bert, qué está sucediendo en el Departamento de Redacción?”

Su respuesta fue:

Pues-al Cuerpo Gobernante le pareció bien que algunos de nosotros hiciéramos una investigación del departamento para ver cómo se pudiera mejorar la coordinación, cooperación y eficiencia del departamento–y-para ver si algunos de los hermanos tuvieran ciertas reservas en cuanto a algunos puntos

Esta expresión final, en lo relacionado a personas que tuvieran reservas, se mencionó de manera algo casual como si fuera algo de importancia secundaria. El había tenido una oportunidad clara para darme los datos de lo que estaba sucediendo. Optó por no hacerlo.

Entonces le pregunté sobre las razones que podría haber para una investigación en tan grande escala como la que estaban llevando a cabo. Ahora tenía él una segunda oportunidad para darme una explicación honesta de la situación. Su contestación fue:

Bueno, el departamento no está operando tan eficientemente como se debe. El libro para la asamblea de este verano va a llegar tarde a la fábrica.

Por segunda vez optó por dar una contestación evasiva más bien que una respuesta directa y franca a mi pregunta. En cuanto a su declaración, le contesté que esto no era nuevo, que sin embargo el año anterior el Comentario sobre la Carta de Santiago (escrito por Ed Dunlap), y el libro Escogiendo el mejor modo de vivir (escrito por Reinhard Lengtat) habían llegado a la fábrica al comienzo de enero, con tiempo amplio para su impresión. (Yo sabía que esto había sido así pues había sido mi responsabilidad el que estos libros estuvieran listos a tiempo. El libro para el 1980, titulado La felicidad, cómo hallarla, se estaba escribiendo por Gene Smalley, quien nunca había escrito un libro antes, y el proyecto no estaba bajo mi supervisión.) Le dije que no veía que esto fuera causa para tal investigación.

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Schroeder continuó:

y además, algunos de los hermanos no están muy contentos con la manera en que sus artículos están siendo reescritos. Ray Richardson dijo que había sometido un artículo [aquí él dio el tema del artículo] y que estaba bien descontento con la manera en que éste se había edi­tado y reescrito.

Yo dije, “Bert, si hay algo que saber sobre autores, es que a ninguno le agrada que su material se someta a ‘cirugía,’ Pero eso tampoco es algo nuevo, desde la existencia del Departamento de Redacción siempre ha sido así. ¿Qué opina Lyman [Swingle, el coordinador del Departamento de Redacción] de esto?”

El contestó, “Lyman no está aquí ahora,”

“Yo sé que él no está ahí ahora,” contesté, “está en un viaje de zona. ¿Le has escrito?”

“No,” dijo él.

Dije entonces, “Bert, encuentro esto muy extraño, Si, por ejemplo,

Milton Henschel [el coordinador del Comité de Publicación, que supervisa todas las operaciones de la fábrica] estuviera de viaje y otro miembro del Comité de Publicación también estuviera de viaje, digamos Grant Suiter, y llegasen informes al Cuerpo Gobernante de que la fábrica no estaba funcionando tan eficientemente como debiera-piensas que el Cuerpo Gobernante comenzaría una investigación en gran escala de la fábrica y sus operaciones en la ausencia de esos dos hermanos?” (Y o sabía que tal acción ni siquiera se contemplaría,)

El titubeó algo y dijo, “Bueno, el Cuerpo Gobernante nos pidió que hiciéramos esto y sencillamente les estamos presentando un informe a ellos, Vamos a presentar nuestro reporte mañana,”

Mi respuesta fue, “Bien, yo apreciaría si les mencionaras mi pensar en el asunto, Me parece que es un insulto a Lyman Swingle, al hombre, a sus años de servicio, y a su posición, el tomar una acción como ésa sin consultar con él, ni siquiera dejárselo saber,”

Schroeder dijo que él transmitiría mi mensaje, Añadí que si hubiese algo de importancia verdaderamente seria que precisara discusión, yo podría ir allá, El dijo, “¿Podrías?” Contesté, “Claro que podría, Sería sólo asunto de conseguir vuelo en un avión e ir,” El, preguntó que si yo podría hacerlo el miércoles siguiente, Le contesté, “¿Cuál sería el propósito si Lyman Swingle no va a estar allí?” La conversación terminó aquí.

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El presidente del Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová tuvo múltiples oportunidades para responder honesta y abiertamente a mi solicitud de información, quizá diciendo, “Ray, 1o que pensamos que es un asunto serio ha surgido y hasta cargos de apostasía se han hecho. Creemos que debes saber que tu nombre se ha implicado y antes de hacer cualquier otra cosa pensamos que el proceder cristiano era hablar contigo primero.”

En lugar de esto no dijo nada, ni una palabra, para indicar que tal era el caso. Claro él no hubiera podido expresar la parte última de la declaración, en vista de que él y los otros miembros del Comité de la Presidencia ya habían puesto en movimiento una operación en gran escala que incluía grabaciones, comités investigadores e interro­gatorios. El cuadro que se me presentó por el representante del Cuerpo Gobernante fue, hablando francamente, tanto engañoso como ficticio. Pero en aquel momento yo no tenía manera de saber cuán engañoso y ficticio era éste. Muy pronto comencé a descubrirlo, pero principalmente por fuentes externas al Cuerpo Gobernante.

Si la conducta del Cuerpo Gobernante, y de su Comité de la Presidencia, en este respecto es difícil de entender, yo considero aún más inexplicable–e injustificable-que no fueran abiertos y francos con Ed Dunlap, quien estaba allí mismo en los oficinas centrales. Cuando él le preguntó a Barry y a Barr cuál era el propósito del interrogatorio de ellos, la consideración y la justicia básica debieron haberles impelido a decirle la razón de por qué lo estaban interrogando, informar le en cuanto a los graves cargos que se habían hecho. Ciertos principios bíblicos, incluyendo la declaración del Señor Jesucristo de que debemos hacerles a otros como nos gustaría que se nos hiciera a nosotros, hubieran demandado que alguien le dijera cara a cara las acusaciones de “apostasía” que se estaban haciendo a sus espaldas. Los que sabían esto prefirieron no hacerlo en tal momento. Ellos decidieron no hacerlo casi por un mes. Sin embargo, su nombre y el mío se pasaron a miembros de comités investigadores y luego a comités judiciales-al menos a una docena o más de hombres-y aún así ninguno del Cuerpo Gobernante se le acercó a Dunlap para decirle de los graves cargos que se estaban asociando con su nombre. Y esto, aunque muchos lo veían a diario.

No entiendo cómo este curso de acción se puede considerar digno de llamarse cristiano.

El viernes 25 de abril, sólo tres días después de la llamada de Schroeder en respuesta a mi petición, comités judiciales, que

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funcionaban bajo la sanción y dirección del Comité de la Presidencia del Cuerpo Gobernante, expulsaron a Cris Sánchez y su esposa y a Néstor Kuilan. René y Elsie Vázquez también fueron expulsados por otro comité como también lo fue un anciano perteneciente a una congregación cercana a la de René. Los nombres de todos, excepto el del anciano se leyeron a todo el personal de las oficinas centrales en Brooklyn, indicando que los tales habían sido expulsados. De esta manera el Cuerpo Gobernante informó a más de mil quinientas personas. Ellos, no obstante, no consideraron apropiado el infor­marme a mí. Eventualmente me enteré, por supuesto, pero por medio de llamadas telefónicas de los afectados, no de parte de ninguno de mis socios en el Cuerpo Gobernante.

Diane Beers, quien había estado sirviendo en la sede central hacía diez años y quien conocía bien a los Sánchez y a los Kuilan, describió sus impresiones de los sucesos de la semana del 21 al 26 de abril de esta manera:

Creo que la cosa que me produjo mayor impresión en la mente durante esa semana fue la crueldad con que estos amigos estaban siendo tratados. Ellos nunca sabían cuándo se les llamaría para una audiencia con el comité. El teléfono sonaba de súbito y Cris se iba. Cris regresaba, el teléfono sonaba otra vez y Néstor se iba. Vez tras vez se repetía el proceso. Así pasó toda una semana, manteniéndolos en la incertidumbre. Un día, cuando me hallaba hablando con Norma, ella me dijo que el comité quería hablar con ella pero a solas sin Cris, y ella no sabía qué hacer. Yo le sugerí que Cris debiera estar allí en todo tiempo porque de otro modo ella no tendría testigo de lo que ellos le dijeran y lo que ella respondiera. Ellos podían decir cualquier cosa y ella no podría probar lo contrario. Era evidente que ellos estaban tratando de poner a Norma en contra de Cris.

Finalmente, en la tarde del viernes [del 25 de abril] a las 4:45 p.m., el comité llegó marchando al piso 8Q donde todos trabajábamos, y enfiló hacia el salón de conferencias que estaba directamente detrás de mi escritorio. Poco después todos los que estaban en las oficinas terminaron sus trabajos y partieron hacia los edificios de residencia, pero yo me quedé para ver cuál sería el resultado. Los del comité llamaron a Cris a Norma a Néstor y a Toni, y a medida que cada uno salía fui donde él o ella para preguntarle cuál había sido el­

‘veredicto.’ Recuerdo que cuando fui a la oficina de Néstor para hablar con Toni y con él, ellos me aconsejaron que me fuera si no quería meterme en problemas también por estar hablando con ellos. Me fui sola para casa haciendo un gran esfuerzo por suprimir mis

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lágrimas. Me sentía devastada. No podía creer lo que estaba sucediendo. Es un sentimiento que jamás olvidaré. Este lugar había sido mi hogar por muchos años y había disfrutado mi estadía allí­ de pronto me parecía estar en un lugar completamente extraño. Vinieron a mi mente las palabras de Cristo de que por los frutos los conoceremos, y sencillamente me era imposible reconciliar lo que había visto y oído en esa semana como algo cristiano. Fue tan rudo y falto de amor. Estas eran personas que habían brindado años y años de servicio a la Sociedad, tenían buena reputación y eran muy queridos por todos. Y sin embargo, ninguna misericordia se les mostró. Todo esto me era incomprensible.

Se suponía que yo fuera a una reunión esa noche, pero no fui pues me sentía sumamente perturbada. Más tarde esa noche, cuando Leslie [la compañera de cuarto de Diane] regresó de la reunión y nos encontrábamos hablando, alguien tocó a la puerta. Esto fue como a eso de las 11:00 p.m. Era Toni Kuilan. Apenas había entrado cuando rompió en sollozos. Ella no quería que Néstor supiera cuan perturbada ella estaba. Nos sentamos a llorar ya hablar juntas. Le hicimos saber que ella y Néstor eran tan amigos nuestros ahora como antes, y tratamos de brindarle apoyo lo mejor que pudimos. No pude dormir bien esa noche y me levanté como alas 2:000 3:00 de la mañana. Me senté en el cuarto de baño pensando en lo que había sucedido y sentía que todo era una pesadilla-no me parecía real.

El sábado por la mañana me dirigí a ver a Néstor a Toni a Cris y a Norma, y cuando llegué al cuarto de los Kuilan, acababan de recibir visita de Jobo Booth [un miembro del Cuerpo Gobernante]. El había sido enviado a decides que el Cuerpo Gobernante había rechazado su apelación. El viernes en la noche el comité les había dicho que ellos tenían que tener la apelación lista para la mañana del sábado, a las 8:00 a.m. Esto de por sí era ridículo, pero ellos cumplieron y para las 8:00 habían entregado la apelación. Booth fue enviado a decides que No. Néstor preguntó por qué, y él le dijo que él [Booth] era sólo un ‘mensajero’-y dejó claro que no deseaba discutir nada con ellos.

Aquí se trataba de personas que habían estado asociadas por décadas, que por muchos años se habían entregado de alma y corazón al servicio que ellos pensaban era de Dios, y sin embargo, en el transcurso de seis días, desde el 21 hasta el 26 de abril, todo eso se había dejado a un lado y fueron expulsados. Durante esa semana, cuando las Escrituras se emplearon por sus interrogadores, fue de una manera acusadora, condenatoria, no de la manera que el apóstol Pablo describe en 2 Timoteo 2:24, 25, cuando él instruye:

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Ya un siervo del Señor no le conviene altercar, sino ser amable con todos, pronto a enseñar sufrido, y que corrija con mansedumbre a los adversarios por si Dios les otorga la conversión que les haga conocer plenamente la verdad.-Biblia de Jerusalén.

Creo que se pondría en duda la sinceridad de cualquier religión si no está dispuesta a tomar tiempo para razonar con personas mediante la Palabra de Dios-no sólo por unas cuantas horas o aun unos cuantos días, sino por semanas o meses-al tener esas personas dudas en cuanto a lo bíblico de las enseñanzas de esa religión. Cuando los que estaban siendo interrogados en las oficinas principales presentaban puntos bíblicos, se les decía en tantas palabras: “No estamos aquí para considerar sus preguntas bíblicas.” Harley Miller dijo a René Vázquez: “Yo no pretendo ser erudito bíblico. Me esfuerzo por mantenerme al día con las publicaciones de la Sociedad y hasta ahí llega. más o menos, lo que puedo hacer.” En la mente de los interrogadores la cuestión principal era, no la lealtad a Dios y su Palabra, sino la lealtad a la organización y sus enseñanzas. En esto, como ya se ha demostrado, contaban con amplio apoyo de las publicaciones de la Sociedad.

Se puede decir verdaderamente que ninguna de las personas expulsadas abrigaba idea alguna de separarse de los Testigos de Jehová, o tenía idea alguna de animar a otros a separarse. La actitud de ellos se expresa vivamente en esta carta escrita por René Vázquez al apelar la acción de expulsión que se tomó contra él y su esposa.

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René Vázquez

31-06 81 Street

Jackson Heights, NY 11372

May 4, 1980

Comité Judicial

c/o Claudius Johnson

1670 E 174 Street Apt. 6 A Bronx, NY 10472

Estimados hermanos:

Hallo necesario una vez más, por este medio, apelar a su razonamiento sano y juicio imparcial para que vean que no somos­ culpables de la acusación que se ha hecho en contra de nosotros, mi esposa y yo. Nosotros, de hecho, realmente no entendemos ni conocemos quiénes son nuestros acusadores.

Durante nuestra reunión judicial, vez tras vez declaramos, desde el corazón, con toda veracidad ante Jehová Dios, que la

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mismísima idea de promover una secta, o ser apóstatas, es suma­mente inconcebible de nuestra parte. ¿No se deja ver esto por mi servicio dedicado a Jehová Dios por los pasados treinta años, al grado de dar atención mínima a mi propia familia y a mi trabajo seglar? ¿Por qué debieran las recientes acciones con respecto a la consideración de algunos puntos de la Biblia en conversación privada con algunos queridos hermanos y amigos, de pronto tomarse como un ataque en contra de la organización, o como apostasía? ¿Por qué se debiera tomar una acción tan extremada como la de expulsión, cuando razonamiento sano, bondad, verda­dero amor cristiano y misericordia, podrían enmendar y sanar cualesquier malos entendimientos junto con dolor de corazón que resultaran de habla imprudente, o la repetición de cosas que no estén en armonía con lo que se ha publicado por la Sociedad? ¿Dónde está la persona mala, la persona inicua, el odiador de Jehová, la persona rebelde, el obrador de actos inicuos, no arrepentido, que debiera eliminarse? ¿Por qué debiera una definición legalista de apostasía usarse de una manera tan fría y sin misericordia para condenar a personas que no han hecho otra cosa sino servir fielmente y derramar sus almas a favor de los hermanos por tantos años?

¿Quiénes son los que están causando reproche al nombre de Jehová, y dando un mal nombre o imagen a la organización? ¿No son las acciones drásticas que se están tomando, y los métodos desamorados que se están usando, y los rumores calumniadores que se están esparciendo, y la falta de misericordia y amor cristiano, la sospecha, el temor y terror de investigaciones inquisitorias, lo que está multiplicando mil veces más cualquier mal entendimiento o daño no intencional debido a que algunas personas repitieran impropiamente algunas cosas que se dijeron?

Hermanos, no hay nada sino amor en nuestro corazón por la entera asociación de nuestros hermanos, y de ninguna manera mi esposa y yo jamás hemos querido obrar con, ni hemos tenido, algún designio malicioso para causar confusión y perturbación de la fe de ellos. ¿Como trataría Jesucristo una situación como ésta?

Parece que el objetivo principal del comité era establecer culpabilidad, por establecer que había apostasía. A pesar de nuestras expresiones repetidas del corazón, de que el seguir un curso de apostasía nos es inconcebible, que tal cosa nunca entró en nuestro corazón, esa acusación continuó haciéndose. El comité parece haber estado dedicado a probar que éramos apóstatas por medio de probar que conversaciones privadas que tuvimos con algunos de nuestros queridos hermanos, eran en efecto, parte de un complot malicioso para formar una secta o causar división por apostasía. En dos ocasiones diferentes el hermano Harold Jackson usó la ilustración de una muchacha joven que hubiera cometido fornicación, pero que, en su mente, la idea de hacer eso era tan rechazada que ella, en efecto, creía que no había cometido fornicación, y sin embargo ella estaba encinta. La aplicación seria que no importa cuán aborrecible sea para nosotros la idea de ser apóstatas, que no importa si nuestro corazón y conciencia nos dijeran que era inconcebible para nosotros hacer una cosa así, aún así somos apóstatas.

Pero hermanos, nosotros sabemos la diferencia entre nuestra mano derecha y la izquierda. Este no es caso de una

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muchacha joven con falta de entendimiento y experiencia. Sin embargo, aun si se aceptara el argumento, de que somos algo que no lo somos, puesto que no lo somos en nuestro corazón, mente y conciencia, la pregunta queda, ¿cómo trataría Jesús el asunto? ¿No extendería él su bondad amorosa y misericordia a la mucha­cha, de modo que el pecado no gobernara como rey, puesto que El murió para que se nos mostrara misericordia?

Por otro lado, ¿seria en armonía con la sabiduría de arriba usar el ejemplo de la muchacha como un principio para juzgar caso distinto en donde la muchacha estaba segura de que no había cometido fornicación, pero su vientre estaba muy abultado? ¿Qué hay si un examen apropiado mostrara que ella tenia un quiste en su matriz, de modo que ella, en efecto, estaba diciendo la verdad, pero se le presionó tanto por inte­rrogatorio y angustia mental, que se le hizo sufrir, y además de eso, se comenzaron a circular rumores diciendo que ella estaba encinta, que iba a tener mellizos, que ya había dado a luz trillizos, y así por el estilo? ¿No seria eso una gran injus­ticia? ¿Quiénes serian los que estarían causando el daño verdadero? ¿No evitaría el amor y misericordia de Jesucristo tal injusticia grande?

Por esta mismísima razón Jesucristo dijo a los que lo condenaron por hacer obras de curación en el sábado: “Dejen de juzgar por la apariencia externa, pero juzguen con juicio justo.”-Juan 7:24

El hermano Episcopo, como uno de los del comité judicial, declaró, por un número de preguntas sugestivas, que un apóstata podía ser muy sincero en lo que estaba enseñando, pero que todavía era apóstata. La aplicación seria que–a pesar de nuestras expresiones continuas indicando que tal curso de acción apóstata es inconcebible de nuestra parte que, nunca hemos participado en planeo malicioso alguno en contra de la organi­zación, ni en formar una secta–que todavía se nos debe tratar como apóstatas debido a las cosas que consideramos en nuestras conversaciones en privado con nuestros hermanos.

Sin embargo, si fuéramos a usar esa definición de apos­tasía, entonces tendríamos que concluir que nuestra historia como una organización de Testigos de Jehová, está llena de actos de apostasía. Cuando estábamos enseñando que la presencia invisible de Jesucristo comenzó en 1874, éramos muy sinceros. Pero Jehová sabía que lo que estábamos enseñando no estaba en armonía con la verdad bíblica. Entonces El hubiera tenido que considerar que éramos apóstatas, según la definición expresada por el hermano Epíscopo. Vez tras vez, como organización hemos enseñado, con devoción piadosa y sinceridad, lo que resultó no

estar de acuerdo con la Palabra de Dios, y la fe de muchos fue perturbada cuando las cosas no resultaron ser de la manera que las enseñamos. ¿Seria en armonía con la misericordia y el amor juzgar a la organización como apóstata sobre esa base? ¿Seria razonamiento sano poner a la organización en la clase de Himeneo y Fileto, quienes estaban subvirtiendo la fe de otros, diciendo que la resurrección ya había acontecido? ­

La base para la acción en contra de nosotros es el haber considerado ciertos puntos de la Biblia con algunos hermanos en conversación privada con ellos. Uno de los privilegios funda­mentales que cada uno tiene como individuo es el de hablar en

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confidencia a un hermano o persona confiable. Si este privilegio se quita, o si se nos dice que tenemos que confesar tal habla confidencial, y entonces ser juzgados sobre la base de tales expresiones, o si a los individuos que tomamos en nuestra confidencia se les obliga, por temor de acción en contra de ellos, a acusamos de haber hablado con ellos, ¿qué clase de sujeción estamos demandando como organización? ¿No se conver­tiría eso en sujeción total o absoluta? ¿No estaría eso, en efecto, violando la jefatura de Jesucristo sobre la congregación?

Podemos dar varios ejemplos de esa clase de conversación en el pasado de parte de muchos, incluyendo algunos de los que están en nuestro comité, de cosas no publicadas o enseñadas por la organización. Si yo estoy al tanto de tales conversaciones, ¿cuántos más saben o supieron acerca de ellas? ¿A cuántos hablaron ellos acerca de tales cosas? ¿Deberíamos ahora em­prender una investigación inquisitoria para determinar eso, y para argüir que ellos son apóstatas? La misma razón por la cual yo no mencioné tales ejemplos, dando nombres, es porque yo sé que seria injusto hacer tal cosa. No queremos dar la idea de que estamos apuntando el dedo a otra persona. ¿Están ahora los hermanos bajo una atmósfera de terror de modo que la mismísima mención de haber leído la Biblia en casa se viera como sospe­choso y como posible apostasía, o debiéramos decir más bien “herejía”?

En nuestra reunión judicial, cuando yo expresé que sen­tíamos mucho la perturbación que de alguna manera se había conectado con nosotros debido a una repetición muy imprudente de algunos puntos a un número de hermanos, y cuando dimos la seguridad de que de ninguna manera volveríamos otra vez a hablar acerca de tales cosas a otros, pero que más bien diríamos a cualquier persona que mencionara tales cosas, que tal habla se debería detener, el hermano Harold Jackson fuertemente declaró que yo tendría que dar alguna clase de seguridad acerca de eso, y entonces procedió a decir que éramos un peligro para la or­ganización, e indicó que yo estaba prosiguiendo un curso de encubrir las cosas, y que personalmente él no creía lo que yo estaba diciendo. ¿CUal es la dirección que da la Biblia en este respecto? ¿Cómo se puede dar tal “seguridad”? Aun si hubiera razón válida para que alguien se acusara de promover una secta, Tito 3:10 dice: “En cuanto a un hombre que promueva una secta, rechácenlo después de una primera y segunda amonestación.” La segunda amonestación se debería a que el individuo continuara con nuevas ofensas, indicando que insistía en promover una secta.

Aun si se nos considerara como esa clase de personas, el hecho es que desde el mismísimo primer mal entendimiento, nos hemos hecho anormalmente no comunicativos con el fin de evitar cualquier nuevo mal entendimiento. Ya que una simple seguridad verbal no seria suficiente, entonces, como se da a entender por el consejo de Pablo, la conducta del individuo, que no haga necesaria una segunda amonestación, que no haya una repetición del mal, seria la seguridad que se necesitaría. Aun ese bene­ficio de la duda no se nos ha concedido.

Más de una vez el hermano Jackson declaró que las cosas sobre las cuales comentamos constituían un ataque al mismo corazón de la organización. Pero en primer lugar, tal ataque no

296 CRISIS DE CONCIENCIA

existe, y personalmente no sé de persona alguna que esté conduciendo un ataque. ¿Podría ser que se esté usando una expresión que alguien sin discernimiento compuso, al hacer un juicio apresurado y presentar una queja? ¿Debiera una declara­ción o juicio apresurado caro ése, de pronto tararse caro una verdad absoluta y luego medir a toda la persona por eso? Hermanos, las acciones extremadas y extrañas que se están tomando en esta situación son muy perturbadoras y causan perplejidad.

Apelamos sobre la base de la justicia y la misericordia, porque se nos ha juzgado en cuanto a un mal que no hemos cometido.

Cuenten con nuestras oraciones a Jehová para que este asunto se aclare para la bendición de su nombre y el bienestar espiritual de su pueblo.

Sus hermanos,

[firmado por]

René Vázquez,

Elsie Vázquez

_____________________________________________________________________

Unos treinta años antes René había dejado el hogar de su padre con el fin de escapar de lo que él veía como un ambiente intolerante, de miras estrechas. Buscó la libertad para continuar y extender su interés en los Testigos de Jehová. Desde allí en adelante se había entregado, en corazón y alma, al servicio de ellos. Ahora, en el espacio de dos semanas, vio esos treinta años puestos a un lado como sin valor particular, se le sometió a interrogatorio intenso, la sinceridad de su motivación se impugnó, y se le había catalogado como rebelde contra Dios y Cristo. Su carta expresa su angustia dolorosa al hallarse en el mismo ambiente de intolerancia religiosa y estrechez de miras del cual él creía haberse escapado.

A René se le concedió una apelación, y otra vez se reunió con un comité (formado de cinco ancianos diferentes). Hizo todo esfuerzo para ser conciliatorio, para mostrar que no estaba buscando crear una cuestión controversial de asuntos doctrinales específicos, y que no tenía deseo alguno de ser dogmático acerca de los tales, lo cual se rechazó como un proceder evasivo, como evidencia de culpabilidad.

En cierto punto, después de horas de ser acosado con preguntas, Sam Friend, un miembro del comité de apelación, lo interrumpió y dijo: ” Eso es una cantidad de hogwash [término coloquial en inglés que significa “bazofia,” pero en sentido literal “agua en que se han­

lavado cerdos”]. Ahora voy a leerle esta lista de preguntas a usted, y quiero que las conteste con sí o no.” A René, cuyo idioma es el español, el término “hogwash” no le era conocido, y aunque después

Punto de decisión 297

decidió que era sencillamente una expresión regional, dice que en ese momento le causó un impacto de una imagen tan literal de suciedad, que algo dentro de él “sucumbió” y respondió con: “¡No! Yo no voy a contestar ninguna pregunta más. Ustedes están tratando de cerner mi corazón y no voy a aguantar esto más.”

Se decidió hacer un receso en la sesión; René salio afuera, y al llegar a la calle prorrumpió en lágrimas.

El comité mantuvo en vigor la decisión de expulsión.

De todas las personas que René había conocido, y con las cuales había trabajado en el Departamento de Servicio de Brooklyn, incluyendo a aquellos que habían estado dispuestos a hacer uso de su bondad y deseo de ayudar a través de muchos años, ni uno apareció para decir, por lo menos, algo a favor suyo, para expresar alguna petición a favor de un trato similarmente bondadoso para con él. 26 En las escalas de justicia de la organización, su sinceridad innegable, su registro sin mancha de los pasados treinta años-nada de esto tendría peso alguno si él no estuviera totalmente de acuerdo con la organi­zación o no mantuviera un silencio resultante de la sumisión absoluta. De modo que, en todo esto parecen pertinentes las palabras del discípulo Santiago, cuando escribe:

Hablad y juzgad como quienes han de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque sin misericordia será juzgado el que no hace misericordia. La misericordia aventaja al juicio.27

Finalmente, e1 8 de mayo de 1980, oficialmente el Cuerpo Gober­nante me informó que mi nombre estaba envuelto en esto. Llegó una llamada telefónica del presidente Albert Schroeder y él dijo que el Cuerpo Gobernante quería que yo fuera a Brooklyn para comparecer ante ellos. Esta fue la primera vez que me dieron indicación alguna de que yo de alguna forma estaba bajo escrutinio.

Habían pasado quince días desde nuestra conversación previa en la cual el presidente repetidas veces evadió decirme lo que en realidad estaba sucediendo. Todavía no sabía yo de la existencia de la entrevista grabada de dos horas, o de que ésta se había presentado ante el Cuerpo Gobernante en sesión plenaria. Veintitrés días habían pasado desde que se había hecho eso.

26 Aún cuando es cierto que los procedimientos se llevaron a cabo a “puertas cerrada,” hubo muchos en el Departamento de Servicio que sabían lo que estaba pasando, ya fuera por conocimiento directo o por medio del “chisme” departamental.

27 Santiago 2:12, 13,NC.

298 CRISIS DE CONCIENCIA

En esos veintitrés días el Comité de la Presidencia no sólo había dejado escuchar esa grabación al Cuerpo Gobernante, sino también había dejado escuchar porciones de ella que incluían mi nombre y el de Ed Dunlap, a por 1o menos diecisiete personas fuera del Cuerpo (quienes formaban comités investigativos judiciales). Habían expulsado a tres miembros del personal de las oficinas principales y tres personas de afuera, una de ellas un amigo mío de treinta años, habían grabado otra entrevista con un individuo de apellido Bonelli (cinta que se considerará más adelante), y en general no solamente habían solicitado, sino que habían buscado activamente cualquier evidencia de naturaleza incriminadora que se pudiera obtener de miembros de la familia Betel o de otros; la amenaza de expulsión hasta se usó para extraer información de algunos.

Sólo después de todo esto fue que el Cuerpo Gobernante por medio del Comité de la Presidencia estimó conveniente informarme que me consideraban implicado de alguna manera en lo que estaba suce­diendo. ¿Por qué este proceder?

Lo que yo sabía 1o había conocido por otras fuentes, no por el Cuerpo Gobernante del cual había sido miembro por nueve años. Los miembros de las oficinas principales de Betel a quienes se les interrogó intensamente, y a quienes se puso bajo juicio, me habían telefoneado, expresando su consternación por la actitud falta de bondad e intolerante que se mostró. Expresaron que pensaban que los que dirigían todo el proceso sencillamente estaban dando pasos para llegar a su objetivo verdadero, Edward Dunlap y yo mismo. Pensaron que los tales proseguían 1o que consideraban que era el curso más estratégico, comenzando con “las personas pequeñas,” los menos conocidos y menos prominentes, estableciendo su “culpa­bilidad,” haciendo que pareciera como si la situación fuera algo de proporciones grandes y peligrosas, y luego, habiendo establecido así un fundamento 1o más sólido posible, procediendo a tratar con los más conocidos y prominentes. Correcto o no, ésta era la impresión que ellos tenían. Sería interesante oír de los del Comité de la Presi­dencia, a quienes finalmente llegaron todos los informes, y quienes contestaron todas las peticiones para dirección hechas por los –comités de investigación y comités judiciales-para así saber qué posibles razones el comité pudiera haber tenido para proceder en la manera en que 1o hizo.

Punto de decisión 299

Cuando el presidente Schroeder me telefoneó el 8 de mayo, expresé mi sentir de cuán difícil me era comprender por qué, después de haber estado viviendo y trabajando juntos, semana tras semana, por nueve años con los miembros del Cuerpo Gobernante (quince años con algunos de ellos), ni uno solo había demostrado la consideración de comunicarse conmigo sobre lo que estaba sucediendo. (Con toda justicia para los miembros en conjunto, se pudiera conceder que tal vez no sabían en detalle la forma en que el Comité de la Presidencia estaba manejando los asuntos. Tal vez no sabían el contenido de la conversación de Albert Schroeder conmigo el23 de abril, y las respuestas engañosas que mis preguntas recibieron-aunque parece posible, aun probable, que la con­versación haya sido grabada, como los eventos posteriores parecen indicar. De una u otra manera, se debe reconocer que algunos o muchos de los miembros hayan esperado y creído que el Comité de la Presidencia estaba conduciendo los asuntos a alto nivel, de acuerdo con principios cristianos, haciendo a otros lo que ellos querían que se les hiciera a ellos mismos.)

Entonces le pregunté a Albert Schroeder qué pensaría él si, mientras estuviera en Europa comunicando sus pensamientos de una aplicación diferente a la frase crítica “esta generación,” algunos en Brooklyn, al tener noticia de ello ‘hubieran presentado acusaciones de “inclinación apóstata” de parte suya, y entonces hubieran comenzado a compilar algunas otras expresiones que pudiera haber pronunciado él en cualquier otro lugar y tiempo ante cualquier persona, como evidencia para sustanciar esa acusación grave-y que se hubiera hecho todo esto sin siquiera comunicarse con él para informarle de lo que estaba sucediendo. ¿Cómo se sentiría?

El no respondió. Yo le dije que iría a Brooklyn según se me pidiera, y la conversación concluyó.

Para cuando llegué a Brooklyn el 19 de mayo, la presión constante me había llevado al borde de una crisis nerviosa. Parecía haber algo tan irrazonable acerca de lo que estaba sucediendo y los métodos que se emplearon. Algunos lo denominaron una “pesadilla.” Otros consideraron que se necesitaba un término más fuerte, a saber, “paranoia.” Cristianos inocentes estaban siendo tratados como si fueran enemigos peligrosos.

Recientemente hallé un artículo del New York Times, que había leído y recortado hace unos años, intitulado “Se halla falta de confianza en el personal de Nixon.” Entre otras cosas decía:

300 CRISIS DE CONCIENCIA

Un psiquiatra del personal de la Casa Blanca desde el 1971 al 1973 dice que el grupo íntimo alrededor de Richard M. Nixon desconfiaba profundamente de los motivos de otras personas, consideraba la preocupación por los sentimientos de otras personas como una debilidad del carácter, y no podía respetar la oposición o el desacuerdo leal.

“El desacuerdo y la deslealtad eran conceptos que nunca se diferenciaban en la mente de ellos,” El doctor Jerome H. Jaffe afirmó. “Esa era realmente la parte trágica. El estar en desacuerdo era ser desleal. Este es el tema que una y otra vez surgía.”

“La administración admiró a personas que podían ser frías y desapasionadas al tomar decisiones sobre el personal,”agregó. “El hacer concesiones por los sentimientos de las personas, el reconocer que un objetivo en particular no era suficientemente valioso para destruir a personas en el proceso de su logro, no era algo que generaba admiración alguna. Tal preocupación se consideraba como una debilidad fatal.”

“Desconfiaban profundamente de los motivos de otras personas y no podían creer que ellas eran capaces de superar sus motivaciones egoístas,” dijo él 8

Encuentro que hay un estrecho paralelo que atemoriza entre esto y las actitudes mostradas en Brooklyn en la primavera del 1980. “El estar en desacuerdo era ser desleal. Este es el tema que una y otra vez surgía.” Parecía haber una seria carencia de la bondad de Jesucristo. Cualquier calor de amistad, y el entendimiento compasivo que le da calor a la amistad, parecía haber sido reemplazado por un trato institucional frío que asumía lo peor, que negaba el beneficio de la duda, y consideraba la longanimidad y la paciencia como debilidad, hostil a los intereses de la organización,/a sus metas de uniformidad y conformidad. Era como si una enorme máquina legal se hubiera puesto en marcha y fuera abriéndose paso de una manera falta de sentimiento alguno, procediendo de modo implacable hacia su objetivo final. Hallé difícil creer que esto verdaderamente estuviera sucediendo.

En las oficinas principales, sobre mi escritorio encontré, entre otras cosas, una nota preparada por el Comité de la Presidencia allá el 28 de abril de 1980. La traducción al español se puede ver en la próxima página.

28 New York Times, del 12 de enero de 1976, p. 12.

Punto de decisión 301

(Al Cuerpo Gobernante) EVIDENCIAS RECIENTES DE ENSEÑANZAS INCORRECTAS OUE SE ESTAN ESPARCIENDO

A continuación están algunas de las enseñanzas incorrectas que se están esparciendo como si emanaran de Betel. Se ha estado notificando al Cuerpo Gobernante sobre estas enseñanzas por informes del campo desde el 14 de abril en adelante.

1. Ole Jehová no tiene una organización en la Tierra hoy día y que su

Cuerpo Gobernante no está sierro dirigido por Jehová.

2. Que todos los bautizados desde el tiempo de Cristo (33 d. de J.C.) en adelante hasta el fin deben tener la esperanza celestial. Todos estos deben participar de los emblemas en el Memorial, y no sólo los que declaran ser parte del resto ungido.

3. Que no hay un arreglo apropiado de una clase del “esclavo fiel y discreto” formada por los ungidos y su Cuerpo Gobernante para dirigir los asuntos del pueblo de Jehová. En Mat. 24:45 Jesús usó esta expresión sólo como una ilustración de la fidelidad de individuos. no se necesitan reglas, sólo es necesario seguir la Biblia.

4. Que no hay dos clases hoy en día, la clase celestial y la terrestre llamada “otras ovejas” en Juan 10:16.

5. Que el número de 144,000 mencionado en Rev. 7:4 y 14:1 es simbólico y no se ha de tomar literalmente. Los de la “grande muchedumbre” mencionados en Revelación 7:9 también sirven en el cielo como se indica en el versículo 15 donde se dice que esa muchedumbre sirve “día y noche en su templo (Naós)” o el K. Int. dice: “en el lugar de habitación divina de El.”

6. Que no estamos viviendo ahora en un período de tiempo especial de los “últimos días,” sino que, más bien, los “últimos días” comenzaron hace mil novecientos años el 33 d. de J.C. como indicó Pedro en Hechos 2:17 cuando el citó del profeta Joel.

7. Que 1914 no es una fecha establecida. Cristo Jesús no fue entronizado entonces sino que ha estado gobernando en su Reino desde 33 d. de J.C. Que la presencia de Cristo (parousía) no ha acontecido sino que lo será cuando la “señal del hijo del hombre aparezca en el cielo” (Mat. 24:30) en el futuro.

8. Que Abrahán, David y otros hombres fieles de la antigüedad también tendrán vida celestial, basándose ese punto de vista en Heb. 11:16.

Notas: Los puntos bíblicos mencionados arriba se han aceptado por algunos y ahora se están pasando a otros como “nuevos entendimientos.” Tales puntos de vista son contrarios a la “estructura” bíblica básica de las creencias cristianas de la Sociedad. (Rom. 2:20; 3:2) También son contrarios al “modelo de sanas palabras” que ha llegado a aceptarse bíblicamente por el pueblo de Jehová a través de los años. (2 Tim. 1:13) Tales cambios” se condenan en Prov. 24:23, 22. Por lo tanto, las enseñanzas antes mencionadas ‘son desviaciones de la verdad que están subvirtiendo la fe de algunos.’ (2 Tim. 2 :18) Habiendo considerado todo, ¿no es esto APOSTASIA y sujeto a acción para disciplina congregaciona1? Véase ks, página 56.

Comité de la Presidencia 28/4/80

302 CRISIS DE CONCIENCIA

Algunos de los puntos me tomaron por sorpresa, pues nunca los había considerado, y mucho menos, discutido con otros. Encontré repulsiva la forma dogmática en que estos puntos se enumeraban. Y pensé que las “Notas” al pie de la página expresaban la cuestión verdadera. Ya que estas notas enfocaban el énfasis repetidamente en la “‘estructura’ bíblica básica de las creencias cristianas de la Sociedad,” el” ‘modelo de sana. palabra’ que ha llegado a aceptarse bíblicamente por el pueblo de Jehová a través de los años.”

Esto tenía sonido familiar, pues era un argumento frecuentemente usado en las reuniones del Cuerpo Gobernante, el argumento de que debe haber una adhesión a las enseñanzas tradicionales de muchos años, como si el número de años que éstas se habían creído necesariamente diera evidencia de lo correcto de las mismas. El énfasis en esas enseñazas tradicionales, y no en la Palabra de Dios misma, era el meollo del asunto.

El 20 de mayo me reuní con el Comité de la Presidencia y me dejaron escuchar una cinta del informe que ellos habían entregado al Cuerpo Gobernante sobre las entrevistas con los miembros del personal de la redacción, y también en relación a los pasos subsiguientes tomados por el Comité de la Presidencia, para poner en movimiento los procesos investigativos y judiciales. Entonces me dieron dos cintas para que las oyera, una contenía la entrevista de dos horas con la pareja cubana (los Godínez) y la otra, más corta, contenía una entrevista con un Testigo de apellido Bonelli. Allí me enteré por vez primera de la existencia de la cinta de dos horas y que ésta se había presentado al Cuerpo Gobernante un mes atrás. Me parece ridículo que después de todos los estragos causados a la vida de muchas personas desde que esta cinta se escuchó inicialmente, sólo ahora habían llegado al momento de permitirme a mí escucharla, el día antes de mi audiencia ante una sesión plenaria del Cuerpo Gobernante.

Llevé las cintas a mi oficina y escuché las grabaciones. El contenido me hizo sentir enfermo. A todo se le dio un aspecto feo. Estoy seguro que los Godínez se esforzaban por repetir las cosas como ellos las habían escuchado, pues yo los conocía y me consta que eran personas decentes. Pero a medida que Harley Miller los guiaba durante la entrevista, me preguntaba a mí mismo, “Fueron las cosas dichas a ellos realmente presentadas en la forma extrema en que ahora se presentan?” La posibilidad de determinar esto me fue eliminada pues el Comité de la Presidencia ya había dado las

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directivas para la formación de comités judiciales, los cuales habían efectuado la expulsión de aquellos implicados.

Al final de la cinta oí a los tres miembros del Comité de la Presidencia expresarse como si se sintieran satisfechos de tener un cuadro claro de los asuntos y, primero, alabaron por su lealtad a la pareja entrevistada, mientras que, después, condenaron a aquellos implicados. Esto me hizo sentir aún más enfermo. ¿Cómo podían hacer esto sin siquiera haber hablado con Cris Sánchez? ¿Por qué no

, estaba él allí? ¿Por qué fue, en efecto, René Vázquez empujado a una trampa mediante la sugerencia de Harley Miller (expresada en la cinta) de que Godínez le llamara y con mucho “tacto” tratara de hacer que René pronunciara expresiones comprometedoras? ¿Qué era 1o que estos hombres buscaban lograr, qué intereses les motivaban? ¿Era que sencillamente querían ayudar a las personas, entender sus puntos de vista y trabajar para lograr una resolución pacífica, tratar de aclarar los asuntos con un mínimo de dificultad y dolor por medio de consejo bondadoso, por medio de exhortar a moderación y prudencia de encontrarse deficiencia en ello? O, ¿era más bien para armar un pleito convincente en contra de las personas envueltas? No encontré nada en toda la cinta que indicara otra razón salvo la última.

Si el contenido de esa primera cinta era malo, el segundo fue mucho peor. Los Godínez habían expresado 1o que recordaban de una conversación en su hogar y cómo las cosas dichas les habían sorprendido, y como dije, creo que ellos fueron sinceros en 1o que expresaron. La segunda cinta estaba llena básicamente de rumores. Pero la parte más descorazonadora de toda la grabación eran las manifestaciones hechas por los entrevistadores de las oficinas centrales.

Bonelli era miembro de una congregación de habla hispana cercana a la de René. La cinta comenzó con Albert Schroeder presentando a Bonelli como un hombre que había sido “siervo ministerial” (o “diácono”) en dos congregaciones previas pero que en el momento no ocupaba tal posición. El citó a Bonelli como habiendo afirmado que él no había sido nombrado siervo ministerial en la congregación actual debido a la actitud adversa de uno de los ancianos allí, de apellido Angulo.

Bonelli pasó entonces a dar testimonio en contra de este mismo anciano quien, según él, había contribuido a impedir su nombramiento como siervo ministerial. (Angulo fue uno de los expulsados.) El también dijo que después del Memorial (la cena del Señor) del 31 de marzo había ido a la casa de René Vázquez en donde vio a la esposa

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de éste y a su madre, participar de los emblemas del pan y el vino.29 Bonelli añadió que él también había participado de los emblemas.

Esta última declaración produjo comentarios de sorpresa de parte de sus entrevistadores, Albert Schroeder y, representando al Departamento de Servicio, Dave Olson y Harold Jackson. Bonelli pasó a declarar, a manera de explicación (éstas son sus palabras textuales como aparecen en la cinta): “Yo soy solapado [en inglés, “I’ m sneaky”].” El dijo que había ido a la casa de René para obtener información sobre ellos. 30

Luego agregó que él había oído por otro Testigo que el anciano de apellido Angulo ya había conseguido un edificio en el cual él y René planeaban conducir reuniones, que ya habían bautizado a personas en sus nuevas creencias.

En realidad, no había ni una sola palabra de verdad en esos rumores. Los interrogadores no preguntaron dónde estaba el supuesto edificio, ni el nombre de las personas supuestamente bautizadas. Estos datos no se hubieran podido suministrar, pues no existían.

Más adelante en la cinta, Bonelli mostró alguna dificultad en expresar un punto en inglés y Harold Jackson, quien habla español, le pidió que se lo dijera en español, y luego lo tradujo al inglés. Se escuchó una risita de Bonelli y dijo: “Mi inglés no es muy bueno, pero la información que estoy suministrando lo es.” La voz de Dave Olsen se escuchó inmediatamente diciendo, “Sí, hermano, usted nos está suministrando precisamente lo que necesitamos. Continúe.”

Cuando oí esas palabras sentí como si un peso aplastante cayera sobre mi corazón. Durante toda la entrevista este hombre no había dicho nada que pudiera considerarse como de ayuda, si, la mira era tratar de ayudar a personas que tenían un entendimiento incorrecto de las Escrituras. Sólo si las intenciones eran las de crear un caso judicial, obtener evidencia incriminadora, evidencia condenatoria, sólo entonces se podía decir que él estaba suministrando precisa­-

29 Antes de mi partida para comenzar el período de licencia que yo había solicitado, René me dijo que él, su esposa y su madre sentían, a conciencia, que debían participar de los emblemas. El dijo que estaba seguro de que si los tres lo hicieran en el Salón del Reino esto causaría un revuelo (es muy raro el que una congregación de habla hispana tenga entre sus miembros a uno que profese ser de los “ungidos”). El dijo que pensaba que el curso que causaría menos problemas sería el que él, su esposa y su madre esperaran hasta después de la reunión de congregación y calladamente participaran en el hogar. Agregó que Bonelli no estaba en su congregación y que no se le pidió que los acompañara, más bien él pidió acompañarlos a ellos. (La madre de René había conducido un estudio bíblico con Bonelli y lo conocía bien.)

30 Personalmente dudo que esa fuera su motivación al tiempo de ir a la casa de ellos.

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mente lo que se necesitaba.’ Pero aún la evidencia suministrada era mitad rumor, sin fundamento, completamente falsa, y la otra mitad se podría considerar significante sólo si uno mantiene el punto de vista de que una organización religiosa tiene el derecho de prohibir conversaciones privadas, entre amigos, sobre la Biblia, si estas conversaciones no se adhieren totalmente a las enseñanzas de la organización, como así también el derecho a juzgar las acciones de individuos-guiados por sus conciencias-en lo privado de sus propios hogares.

Al final del testimonio grabado de Bonelli, Dave Olson le preguntó si él podía proporcionar los nombres de otros “hermanos” capaces de suplir información similar. Bonelli había dicho que un gran número de personas se habían involucrado con las creencias “apóstatas.” El respondió a la pregunta de Olson diciendo que él creía saber de “un hermano” en Nueva Jersey quien quizá pudiera suministrar información. Olson pidió su nombre. Bonelli contestó que él no lo recordaba pero que él creía que podría averiguarlo. Olson dijo, “Pero debe haber muchos otros capaces de proveer información.” Bonelli entonces dijo que creía conocer a unas “hermanas” que quizás pudieran hacerlo. ¿Cuáles eran sus nombres? El tendría que averiguar esto también.

Albert Schroeder entonces expresó gratitud a Bonelli por su cooperación al testificar y le aconsejó que ‘se mantuviera espiri­tualmente fuerte por medio de asistir a las reuniones regularmente, y añadió que si Bonelli oía información adicional que viniera donde ellos con ésta.

En mi opinión, nada expresa más claramente y con mayor fuerza la dirección tomada en todo el proceso de la investigación, interro­gación y la condena final, que esta cinta. No puedo pensar en nada que pudiera ser de más beneficio a todos los Testigos de Jehová, por doquier-para ayudarlos a tener un punto de vista equilibrado, dejándoles ver los dos lados de la cuestión, no una visión parcializada de la misma, y de la “atmósfera” existente, y cómo los hombres asociados con el “conducto” de Dios en las oficinas centrales se comportaron–que el que pudieran escuchar esta cinta y compararla con lo que se les ha dicho mediante la organización o lo que hayan oído por chismes. Pero también deberían tener el derecho de hacer preguntas en cuanto a qué se hizo para verificar el testimonio de este hombre y para separar los hechos de los rumores, y además el derecho a preguntar por qué este testimonio era visto por los hombres de las

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oficinas centrales como de excepcional valor, “precisamente lo que necesitamos. “

La probabilidad de que la organización hiciera esto, de que permitiera que la cinta se escuchara (sin borrar nada), y que se pudieran formular preguntas, creo es virtualmente inexistente. Personalmente creo que ellos preferirían destruir la cinta antes que permitir que lo otro pasara. Aún hoy no puedo entender como el Comité de la Presidencia no se sintió avergonzado de haberme permitido escuchar la cinta.

El Cuerpo Gobernante sabía que unos días después de la expulsión. de los miembros del personal de las oficinas centrales, rumores del mismo tipo a los contenidos en la cinta comenzaron a circular a través de la familia Betel. Los “apóstatas” estaban formando su propia religión, habían estado conduciendo reuniones separadas, bautizando a gente, y que su nueva creencia llevaba por nombre el de “Hijos de Libertad”-éstas y expresiones similares eran parte de la charla común. También eran totalmente falsas. Miembros del Cuerpo Gobernante que presidían en las discusiones bíblicas matutinas hicieron muchos comentarios acerca de los “apostatas,” pero no vieron como apropiado el exponer lo falso de los rumores que se estaban diseminando. Estos rumores continuaron sin freno y eventualmente se esparcieron por todo el mundo. Todo Testigo que transmitió estos rumores estuvo levantando, aun sin querer, falso testimonio contra su prójimo. Los únicos que estaban en una posición para exponer la falsedad de esos rumores, y por lo tanto poder poner coto a este falso testimonio, eran aquellos en el Cuerpo Gobernante. Por qué razón optaron por no hacerlo, es algo que sólo ellos saben. No tengo dudas de que entre ellos algunos honestamente creían que las cosas que estaban escuchando eran ciertas. Pero creo que en su posición y con el peso de su respon­sabilidad, tenían una obligación de investigar y ayudar a otros a darse cuenta de que las tales no eran ciertas, que eran pura invención, y no sólo invención, era además invención dañina, y aun ruin.

No voy a argüir que todos los errores de juicio fueron de una sola parte en el asunto. No tengo la menor duda de que entre aquellos de nosotros que fuimos “traídos ajuicio” hubo ejemplos de declaraciones imprudentes. La evidencia indica que algunas de las declaraciones más extremas se hicieron por un hombre quien, al ser abordado, inmediatamente se prestó para ser ‘un testigo a favor del fiscal,’ declarando en contra de un compañero anciano. No conozco personalmente al anciano mencionado primeramente, ni lo he visto

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jamás, ni tampoco al segundo mencionado. Me son totalmente desconocidos.31

No creo que fuera incorrecto el que las oficinas centrales trataran de averiguar lo que estaba sucediendo una vez que se trajo a su atención la información que estaba circulando. Era el curso natural a seguir. Si ellos creen que lo que enseñan es la verdad procedente de Dios, hubiese sido incorrecto no haberlo hecho. .

Lo que encuentro muy difícil de entender y armonizar con las Escrituras, es la manera en que esto se hizo, la reacción precipitada, y el apuro, los métodos empleados-el encubrir y el retener información y privar de ella a personas cuyas vidas estaban siendo radicalmente afectadas, cuyas reputaciones y buen nombre estaban en juego, las tretas usadas para conseguir información incriminadora, la amenaza de expulsión empleada para forzar “cooperación” en conseguir evidencia incriminadota – y por sobre todo, el espíritu demostrado, el despotismo aplastante, la manera desamorada y legalista en que las personas fueron abordadas, y lo severo de las acciones tomadas. Sea cuales fueran la declaraciones faltas de buen juicio hechas por algunos de aquellos ‘sometidos a juicio,’ creo que los hechos muestran que las medidas tomadas para bregar con el asunto, por mucho sobrepasaron la falta de buen juicio de aquellas declaraciones.

Al igual que en la Inquisición, todos lo derechos estaban en manos de los inquisidores, el acusado no tenía ninguno. Los investigadores sentían que tenían el derecho de hacer cualquier pregunta y al mismo tiempo rehusar contestar preguntas que les fueran formuladas. Ellos insistían en mantener los procedimientos judiciales en secreto, completamente libres de ser observados por otros, sin embargo demandaban el derecho a indagar sobre las conversaciones y actividades privadas de aquellos a quienes interrogaban. El proceso judicial secreto de ellos era legítimo, era el ejercicio de “confi­dencialidad,” su evasiva era sencillamente lo que era “práctico,” estratégico, pero los esfuerzos de los acusados de mantener en la privacidad de las conversaciones personales se tildaba de estar urdiendo algo, como evidencia de una conspiración oculta. Los inquisidores querían que sus acciones se tomaran como evidencia de su celo por Dios, y a favor de “la verdad revelada,” mientras que al mismo tiempo sospechaban lo peor de lo que los acusados habían hecho, no consideraban la posibilidad de que éstos quisieran poner a

31 Estos ancianos pertenecían a la congregación contigua a la que asistía René.

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Dios en primer lugar, ni tampoco consideraban la posibilidad de lo genuino del amor de ellos por la verdad, aún cuando tal verdad contradijera las enseñanzas tradicionales.

Cuando René Vázquez, por ejemplo, al ser interrogado, se esmeró por expresarse de modo comedido, no dogmático, y se esforzó por demostrar que él no tenía interés en provocar un debate amargo sobre puntos doctrinales de menor importancia, y para hacer claro que él no pretendía ni insistía que alguien viera los asuntos como él los veía, o adoptara sus puntos de vista, él encontró que esto no era satisfactorio a los miembros del comité judicial. Ellos trataron de acorralarlo en asuntos de convicción propia, de sus sentimientos más íntimos. Como lo expresó él, cuando una pregunta lanzada en una dirección no lo lograba, una pregunta hecha desde otra dirección trataba de forzarle a una respuesta categórica. En su audiencia con el primer comité judicial, otro anciano llamado Benjamín Angulo, estuvo también “bajo juicio.” Angulo se mostró sumamente positivo y diamantino en sus expresiones. Cuando René habló en términos moderados, uno de los miembros del comité, Harold Jackson, le dijo, “ni siquiera eres un buen apóstata.” Afirmando que no defendía claramente sus creencias, Jackson continuó:

Mira a Angulo, él las defiende. Tú le hablaste a Angulo sobre estas cosas y mira como él ahora habla de ellas. El quizás sea expulsado, y sin embargo tú no eres definido en cuanto a estos puntos.

En la segunda audiencia con el comité de apelación, como se ha mostrado, los esfuerzos de René de ser moderado se recibieron con la expresión “hogwash [bazofia].” Mansedumbre, moderación, el estar dispuesto a ceder en asuntos que así lo permiten, estas cualidades no suministran buena evidencia para expulsar a personas como “apóstatas” rebeldes. Sin embargo, estas son cualidades que forman parte de la naturaleza de René, y aquellos que le conocen saben que es así.

Dos años después de su expulsión hablé con René sobre todo el asunto y le pregunté cómo se sentía ahora en cuanto a haber mencionado a otros lo que había visto en las Escrituras. Si alguien le presentara el argumento de que, igual como si uno estuviera trabajando para una empresa comercial, durante el tiempo que fuera ­parte de tal organización debería apoyar todas las normas y reglas, y si no le fuera posible hacerlo debería primero irse antes de decir algo, ¿cómo respondería? Su repuesta fue:

Punto de decisión 309

Pero eso es en cuanto a una organización comercial y yo no pensaba en esos términos. Yo veía el asunto como uno que tenía que ver con un relación más elevada, una relación con Dios. Yo sé lo que sentía en ese entonces y lo- que tenía en el corazón, y nadie puede decirme que no era así. Si yo estuviera implicado en alguna confabulación, ¿por qué negarlo ahora? Cuando las audiencias vinieron, yo oré que no fuera expulsado. Otros hicieron lo mismo. Aún así sucedió.

Si yo hubiese querido permanecer en la organización sólo para hacer proselitismo, sería ahora un militante. ¿Dónde está la ‘secta’ hacia la cual yo estaba trabajando? ¿Dónde están los efectos consecuentes que prueban que tal era mi meta? Hasta este día, cuando las personas me abordan, después de la conversación prefiero que luego sean ellas las que tomen la iniciativa de comunicarse conmigo de nuevo.

Si tuviera que hacerlo todo otra vez, me estaría encarando con el mismo dilema. Mi sentir es que mucho bien provino de lo que aprendí de las Escrituras, y que resultó ser una bendición el que muchas cosas se me hicieran claras, y que tuvo el resultado de acercarme más a Dios.

Si yo hubiese tenido alguna ‘tramoya,’ hubiera podido planear el modo en que iba a hacer las cosas. Pero lo que hice fue sencillamente humano y reaccioné de manera humana. Ese factor humano tuvo precedencia sobre el temor a una organización. No fue nunca mi idea el desasociarme de los Testigos. Sólo me regocijaba en lo que estaba leyendo en la Biblia. Las conclusiones a las que llegué fueron el resultado de mi lectura personal de la Biblia. En ninguna manera buscaba ser dogmático.

La pregunta que hago es, después de todos estos treinta años como Testigo, los sentimientos que yo tenía de compasión y misericordia ­¿Por qué no se sintieron por ellos? ¿Por qué la manera sutil y taimada de hacer las preguntas? Las audiencias se llevaron a cabo como si la idea fuera la de encontrar información incriminante, y no la de tratar de ayudar a un ‘hermano en el error.’

Un rumor ampliamente difundido, de hecho internacionalmente, era que estos tres hombres (Vázquez, Sánchez y Kuilan), quienes trabajaban para el departamento de traducción español, estaban deliberadamente haciendo cambios en el material que traducían y que yo sabía de esto y lo había permitido. (En países de habla francesa el rumor se ajustó para aplicarse al trabajo de traducción al francés.) Los comentarios de René al respecto fueron:

Eso es ridículo. Hubiese sido imposible hacer tal cosa. No se hicieron cambios y la idea nunca pasó por nuestras mentes. Nunca se nos acusó de tal cosa. Todo material traducido tenía que pasar por

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cinco personas diferentes para ser verificado, siendo Fabio Silva el último en leerlo. Al traducir el material siempre era el intento ser fiel a la idea original.”32

Probablemente el rumor más vil, circulado como “verdad” por ancianos y por otros en varias partes del país, era que la homo­sexualidad se estaba practicando entre los “apóstatas.” Dónde se originó mentira tan crasa, es difícil imaginarlo. La única explicación que se me ocurre es que como un año antes de que las tácticas de tipo inquisitorial comenzaran, un miembro de la organización en una posición de responsabilidad considerable había sido acusado de tendencias homosexuales. El Cuerpo Gobernante manejó el caso y se esforzó por mantener el asunto callado. Aún así, parece que la información se difundió. Entre los que propalaban rumores, esto se transfirió a los “apóstatas.” Fue algo fácil ya que quienes esparcen rumores no sienten preocupación alguna por poseer los hechos reales. No veo de qué otra manera explicarlo.

¿Cómo es que personas que se enorgullecen de sus altos princi­pios cristianos puedan propalar rumores tan viles cuando se fundan sólo en el chisme? Creo que en muchos casos fue el mecanismo usado por muchos para justificar en sus mentes y corazones lo que había sucedido. Necesitaban razones, diferentes a las verdaderas, para poder explicar el por qué acciones tan sumarias y severas se estaban tomando en contra de personas con reputaciones intachables, y que eran conocidas, hasta por sus asociados más cercanos, como personas pacíficas, no agresivas. El ver la etiqueta fea de “apóstata” de súbito puesta sobre ellos, requería algo más que lo que los hechos mismos suministraban. Sin estos rumores y exageraciones, aquellos que conocían a los individuos implicados, y aún otros que oyeran de ellos, se hubiesen visto obligados a encarar la posibilidad de que la organización que ellos veían como el canal de comunicación de Dios para dar guía a sus fieles en la tierra, quizás no era lo que ellos pensaban que era. Para muchos, esto era concebir lo inconcebible. Podría perturbar severamente su sentido de seguridad, una seguridad que descansa en gran medida (más aún de lo que muchos están

32 No sólo se revisó todo por un número diferente de personas en Brooklyn, se revisaba además por un porcentaje alto del personal de las oficinas de sucursal en países de ­habla hispana quienes sabían el inglés y leían las publicaciones en ambos idiomas. De haber sido cierto el cargo de alteración deliberada, se hubiera reportado inmediatamente. Pensar lo contrario simplemente revela ignorancia de los hechos, o falta de preocupación por los hechos, de parte de los que originaron y propagaron los rumores.

Punto de decisión 311

dispuestos a admitir) en su confianza no cuestionada en una organización humana.

EXPERIENCIA DE TIPO SANEDRIN

Ahora bien, el que recibe un encargo debe demostrar que es digno de confianza. En cuanto a mi respecta, muy poco me preocupa ser juzgado por ustedes o por algún tribunal humano. Ni siquiera yo mismo me juzgo. Sin embargo. el que mi conciencia no me acuse de nada no significa que Dios me considera libre de culpa. Pues el que me juzga es el Señor.”

-1 Corintios 4:2-4, Versión Popular.

Cuando llegué a Brooklyn, toda la información de la cual se me había privado se me proporcionó en una sola y grande dosis. Tenía cita para presentarme ante el Cuerpo Gobernante en sesión plenaria a la mañana siguiente.

Tiempo después, en retrospección, pude revisar y ver todo 1o que se había hecho, el programa de acción seguido, los métodos empleados. Pero en aquel momento 1o único que sentí fue una fuerte sacudida emocional. No había la oportunidad de preguntar a aquellos implicados si los datos que se me dieron eran correctos-ya ellos habían sido expulsados, su testimonio estaba ya fuera de la posibilidad de ser aceptado por el Cuerpo.

Todavía se me hace difícil creer que personas con quienes compartí un patrimonio religioso de toda una vida pudieran hacer las cosas que ahora veía hacerse. En camino a las oficinas centrales en Brooklyn me sentí como me sentía en ocasiones al viajar a la República Dominicana durante el régimen del dictador Trujillo. En Puerto Rico, mi punto de partida, se respiraba un aire de libertad, la gente en las calles y en los medios de transporte público hablaban sin temor, sin ningún sentido de represión. Pero tan pronto como el avión aterrizaba en 1o que entonces se llamaba Ciudad Trujillo (hoy Santo Domingo). el cambio era casi palpable. La gente se cuidaba tanto de 1o que decían que en los transportes públicos la conversación era mínima, sentían temor de hacer algún comentario que pudiera ser tomado como negativo contra el dictador y que éste fuera informado vía el sistema de espías que entonces proliferaba. Las conver­saciones y el intercambio de ideas que se consideraban normales en Puerto Rico eran acciones peligrosas en la República Dominicana, teniendo el potencial de traer sobre uno la etiqueta de enemigo del

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estado. En un país, uno podía expresar una opinión diferente a la sostenida por la mayoría y no sentir preocupación alguna si alguien citara lo dicho por uno. En el otro, un hombre que expresara un pensamiento que no se conformara con la ideología existente, se encontraría luego recriminándose, sintiéndose como si hubiese hecho algo malo, algo sobre lo cual debiera sentirse culpable, y el pensar que alguien pudiera citar lo dicho por él traería presagio de cosas temibles. En este último caso, la cuestión no era si lo que él había dicho era cierto; no era si se hubiese dicho en honestidad, y que fuese moralmente propio. El asunto era, ¿cómo sería tomado este comentario por aquellos en el poder?

Cualquier sentir de esta índole que yo hubiera tenido en las oficinas centrales antes de la primavera del 1980, había sido pasajero, momentáneo. Ahora, me rodeaba, me abrumaba. El punto de vista que aquellos que ejercían autoridad habían adoptado se me hizo obvio en la reunión con el Comité de la Presidencia, y por los comentarios que ellos y los hombres del Departamento de Servicio expresaron en los cintas. En la atmósfera altamente emocional y el clima de sospecha que imperaba, se hacía difícil mantener en mente que lo que otros o yo habíamos dicho pudiera verse en forma bien distinta a la manera áspera en que estos hombres la habían expresado. El mantener en mente que lo que se condenara como herejía desde el punto de vista de una organización, podría, desde el punto de vista de la Palabra de Dios, ser correcto, propio y bueno, era cosa muy difícil de hacer, particularmente después de un vida entera de servicio a tal organización. Yo sabía que no había buscado a nadie para poderle confiar estos asuntos; los individuos se dirigieron a mí y yo sentí la obligación de señalarles la Palabra de Dios para las respuestas a sus preguntas, aun cuando las contestaciones allí encontradas diferían de las proporcionadas por quienes detentaban la autoridad.

Estaba seguro de que la mayoría de los hombres ante los cuales tendría que comparecer verían el asunto desde el punto de vista organizacional solamente. Si desde el comienzo mismo otro punto de vista se hubiese tomado, estoy seguro que todo el asunto se habría podido resolver callada y apaciblemente, por medio de conversación amigable y amorosa, estimulando a circunspección si alguna habla inmoderada hubiera tenido lugar, exhortando a la moderación de no haber sido evidente ésta. Por medio de evitar confrontaciones condenatorias, evitando el uso de métodos despóticos y ardides legalistas, no hubiese sido necesario el que conversaciones privadas e incidentes que envolvían a un pequeño grupo de personas, se

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exageraran fuera de toda proporción al punto de hacerlo un asunto de gran notoriedad con gran impacto negativo en las vidas de muchos individuos, con repercusiones y chismes a escala mundial.

Al dirigirme a la audiencia con el Cuerpo Gobernante no tenía el menor deseo de añadir leña a la conflagración ya existente. Esta ya había consumido a muchos amigos amados. Estaba dispuesto a admitir que algo que personalmente deploro-declaraciones de carácter dogmático extremo–pudieran haber sido hechas por ciertos individuos entre los que estaban envueltos, aunque en aquel momento no tenía manera de determinar a qué grado esto sería cierto, pues se refería principalmente a personas con las que yo no había sostenido discusión bíblica alguna, y algunas ni siquiera me eran conocidas.

El miércoles, 21 de mayo, la sesión del Cuerpo Gobernante se abrió bajo la presidencia de Albert Schroeder. Primero, él declaró que el Comité de la Presidencia me había preguntado si yo estaba dispuesto a permitir que la discusión con el Cuerpo Gobernante se grabara y que yo había accedido, con la provisión de que se me suministrara una copia de la grabación.

El salón de conferencias del Cuerpo Gobernante contiene una mesa larga ovalada capaz de acomodar como veinte personas. El cuerpo completo de diecisiete miembros estaba presente. Aparte de Lyman Swingle, quien se sentó a mi izquierda, ningún miembro había conversado conmigo; el día antes, nadie (ni aun el miembro consanguíneo mío) me había visitado, ni en mi oficina ni en mi habitación. Si existía en el salón de conferencia algún afecto o cariño no pude discernirlo. Solo sentí lo que había sentido en el pasado al comparecer para ciertos casos ante cortes seglares, con la excepción de que en esos casos me sentí con mayor libertad de hablar y sabía que había personas allí que podrían servir de testigos de lo allí dicho y de las actitudes expresadas. Esta, en contraste, era una audiencia a puertas cerradas; la actitud desplegada pareció confirmar lo que René Vázquez me había dicho en cuanto a la actitud mostrada hacia él.

El presidente dijo que primeramente el cuerpo deseaba que me expresara en cuanto a cada uno de los ocho puntos que el Comité de la Presidencia había redactado como evidencia de apostasía (en el me morando de ellos del 28 de abril). Así lo hice, esforzándome por ser moderado en cada caso, no dogmático, sino conciliatorio y además cediendo en aquellos puntos en que el hacerlo no iba contra

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mi conciencia por constituir hipocresía o falta de honestidad. La forma absolutista en que los puntos se presentaron por el Comité de la Presidencia en el memorando – como si las alternativas fueran, o el aceptar completamente las enseñanzas de la organización en relación con estos puntos, o de otro modo ver los puntos de la misma manera dogmática en que se expresaban en el memorando ­sencillamente no encajaba en mi caso. Ninguno de los ocho puntos expresaba 1o que yo consideraba como los verdaderos puntos en cuestión. El asunto no era si Dios tenía una “organización” en la tierra, sino ¿qué clase de organización-una centralizada y altamente estructurada, autoritaria, o sencillamente una congregación de hermanos entre quienes la única autoridad es la autoridad para ayudar, para guiar, para servir, jamás para dominar? Por 1o tanto mi respuesta fue que yo creía que Dios tenía una organización en la tierra en el sentido de que El tiene una congregación en la tierra, la con­gregación cristiana, una hermandad.

El asunto no era si Dios había guiado (o guiaría) a aquellos que formaban este Cuerpo Gobernante, sino, ¿hasta qué punto, bajo cuáles circunstancias? Yo no tenía dudas, o ponía en tela de juicio, el que Dios diera guía a estos hombres si ésta se buscaba sincera­mente (yo sentía que algunas de las decisiones tomadas, en particular en los primeros años, habían sido buenas decisiones, decisiones compasivas), pero definitivamente no creía que esto fuera auto­mático; era siempre contingente, condicional a muchos factores. Por lo tanto mi respuesta incluyó mi creencia de que tal guía es siempre gobernada por el grado al cual haya adherencia a la Palabra de Dios; que eso es lo que determina el grado al cual Dios da su guía o la retira. (Yo creo que eso es cierto para con cualquier individuo o grupo de personas, sean quienes sean.)

Mis respuestas a todas las preguntas se hicieron en igual manera. Si fue el caso que alguno de aquellos acusados se hubiera expresado sobre estos asuntos en la manera dogmática y absolutista que el Comité de la Presidencia los presentó, entonces sentí el deseo de hacer lo posible por restaurar cierta medida de razonamiento y moderación, de conciliar más bien que exacerbar, y me plegaba hasta el grado que me pude plegar.

Las preguntas adicionales fueron pocas. Lyman Swingle lile preguntó con relación a los libros de comentarios bíblicos, por lo que asumí que esto había sido uno de los puntos discutidos por el Cuerpo. Le contesté que había comenzado a usarlos más extensamente como resultado de las recomendaciones de mi tío (durante el proyecto

Punto de decisión 315

Ayuda y que si el punto de vista era que éstos no deberían usarse, había entonces enteras secciones en la biblioteca de Betel que deberían ser vaciadas, ya que había docenas, veintenas de colecciones de estos allí.

Martin Poetzinger, quien había pasado algunos años en campos de concentración Nazi, expresó descontento con mis repuestas a los ocho puntos doctrinales. ¿Cómo podía ser, preguntó él, que yo pudiera pensar como me había expresado si todas estas otras personas estaban haciendo declaraciones tan recias? (Como era cierto también de los demás, él no había hablado personalmente con ninguno de ellos.)33 Le contesté que yo no podía ser responsable por la manera en que otros expresaran estas cosas, y dirigí su atención a Romanos 3:8 y a 2 Pedro 3:15, 16, como ejemplos de la manera en que hasta las expresiones del mismo apóstol Pablo se habían expresado o entendido erróneamente por algunos. Aunque no lo dije, francamente sentí que mis circunstancias eran como aquellas descritas en Lucas 11:53, como estando entre hombres que hacían ‘muchas preguntas tendiéndome trampas para intentar acusarme de algo que yo dijera.’34 La conducta del Cuerpo en la semanas anteriores no me permitió razón para sentirme de otra manera.

Poetzinger pasó a hacer saber su opinión en cuanto a los

“apóstatas” expulsados diciendo con gran énfasis, que ellos habían mostrado su actitud verdadera por medio de “arrojar su literatura de la Watch Tower en el canasto de la basura antes de irse.” (Este era uno de los rumores que más ampliamente se circulaba entre la familia Betel, de hecho, en cierta mañana un miembro del Cuerpo Gobernante le dio informe de esto a toda la familia de Betel.) Le dije a Poetzinger que yo no querría llegar a una conclusión sin antes hablar con aquellos envueltos y conocer los hechos. Le dije que en los quince años de yo estar en las oficinas centrales era una rareza el ir a uno de los cubículos que contenían los receptáculos de basura y no ver literatura de la Sociedad-libros y revistas de pasadas fechas-todos descartados por miembros de la familia; y por lo que yo había oído, algunos de los expulsados del personal de Betel salían para Puerto Rico y los artículos más pesados, y más fáciles de reemplazar, serían tales libros. Repetí que no me parecía correcto el formar un juicio sobre la base de rumores y que en particular era

33 Lloyd Barry también expresó similar descontento, diciendo que yo había sido “deliberadamente ambiguo” con relación a cada uno de los 8 puntos que el Comité de la Presidencia había compilado como evidencia de “apostasía,”

34 Basado en Lucas 11:53. Versión Popular,

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impropio de parte de alguien sentado como juez el hacer tal cosa. El se quedó mirándome fijamente pero no dijo nada más.

Otra pregunta se hizo en’ relación al servicio del Memorial (la cena del Señor) que yo había conducido el mes anterior (abril) en Homestead, Florida35 ¿Era cierto que yo no hablé sobre las “otras ovejas” (aquellos con esperanza terrenal) en mi discurso allí? Yo dije que eso era cierto, y les relaté mi experiencia el primer año después de haber venido a Brook1yn procedente de la República Dominicana. Mi esposa y yo habíamos asistido al servicio del Memorial en una congregación que 1o había celebrado bastante temprano esa noche. Fue así que regresamos a la casa Betel a tiempo para escuchar a mi tío, el entonces vicepresidente, pronunciar allí todo su discurso. Después del discurso se nos invitó, junto a mi tío, al cuarto del miembro del personal Malcolm Allen. Mi esposa inmediatamente le dijo a mi tío, “Noté que no hizo mención alguna de las ‘otras ovejas’ en ninguna parte de su discurso. ¿Por qué fue esto?” El respondió que consideraba esa noche como una que pertenecía especialmente a los “ungidos,” y añadió, “Así que, yo me concentro en ellos.” Informé al Cuerpo que todavía poseía mis notas tomadas de ese discurso por el vicepresidente y que las había empleado muchas veces al conducir el servicio del Memorial. Se les invitaba a mirarlas si tenían el deseo de hacerlo. (Fred Franz, por supuesto, estaba allí presente si es que hubieran deseado preguntarle sobre el discurso.) La cuestión se abandonó.36

La lástima que sentí por 1o que había sucedido, basándome en la premisa de que algunas personas aparentemente se habían expresado de modo extremado, fue sincera. Les dije a los del cuerpo que si se me hubiera informado de esto yo habría hecho todo 1o que pudiera por detenerlo. No negué que se hubiera demostrado falta de discreción, ni mi excluía a mi mismo al decir esto, pero declaré que pensaba que era incorrecto igualar 1o que es indiscreto a 1o que es malicioso. Expresé mi respeto y mi confianza en la cualidades cristianas de aquellos que conocí personalmente y a quienes se les

35 Los Testigos de Jehová celebran este servicio únicamente como celebración anual. Más o menos al tiempo de la pascua judía.

36 Típico de los rumores propagados (y sobre éste en particular he recibido preguntas de (sitios tan lejanos como Nueva Zelanda) era que yo había presentado un discurso estimulando a todos a participar de los emblemas y que una congregación entera lo había hecho (lo cual sería en verdad un evento espectacular para los Testigos de Jehová). El hecho es, sin embargo, que en el discurso que pronuncié en Florida en abril del 198O, hubo sólo dos que participaron de los emblemas. una mujer no Testigo que estaba de visita, y quien era miembro de una de las iglesias locales, y yo,

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había representado y tratado como si hubieran actuado por malicia. Les relaté lo que sabía de los treinta años de servicio de René Vázquez, su devoción sincera, su registro intachable en Puerto Rico, España y los Estados Unidos. Expresé mi congoja de que, después de haber vivido y trabajado por tantos años con ellos como miembros compañeros del Cuerpo Gobernante, ni siquiera uno se había sentido llamado a comunicarse conmigo y trasmitirme honradamente los hechos respecto a lo que estaba pasando.

Schroeder, quien presidía, fue el único que respondió. Pronta­mente dijo, “Pero Ray, tú no demostraste franqueza con nosotros tampoco. No dijiste [en la conversación telefónica] de qué manera te enteraste de la investigación del Departamento de Redacción.” Y o contesté, “¿Me hiciste tal pregunta?” “No,” fue su respuesta. Dije, “Si me hubieras preguntado te lo hubiese dicho sin ninguna vacilación. Ed Dunlap me telefoneó y me lo mencionó.” Poco después, Karl Klein, otro miembro del Comité de la Presidencia, sonriendo admitió, “No nos mostramos francos con Ray,” y añadió que “si René Vázquez hubiese respondido a las preguntas de la manera que lo hizo Ray, no se le hubiera expulsado.” Ya que ni Karl, ni ningún otro miembro de todo el Cuerpo Gobernante, había hecho un esfuerzo por hablar con René, o de estar presente en la primera entrevista “investigativa” conducida con él, o en su primera audiencia judicial, o en la audiencia de su apelación, ellos solo podían juzgar las respuestas de él por los informes entregados por aquellos que condujeron tales actividades en lugar de ellos. No comprendo cómo podían pensar que les era posible juzgar o comparar enteramente a base de comentarios de segunda mano. El Comité de la Presidencia, el cual incluía a Karl Klein, estuvo dispuesto a sacar el tiempo para reunirse con los acusadores, para oír las acusaciones traídas, incluyendo el testimonio adverso dado por la pareja Godínez y por Bonelli, pero ellos no encontraron tiempo para hablar con uno de los acusados siquiera. Se me hace muy difícil ver en esto una expresión ejemplar de amor, de fraternidad, o de compasión.

La mayoría de los del Cuerpo simplemente se sentaron allí sin decir nada, sin preguntar y sin comentar. Después de dos o tres horas (estaba muy afectado emocionalmente para percatarme del paso del tiempo) se me informó que podía excusarme del salón de conferencias y que ellos luego se pondrían en contacto conmigo. Fui a mi oficina y esperé. Llegó el mediodía y mirando por la ventana vi a los miembros del Cuerpo Gobernante caminar a través del jardín en dirección al comedor. No me sentí con deseos de comer y me

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quedé esperando. Para las tres de la tarde me sentía tan agotado que no pude quedarme allí y me fui a mi habitación. Las pasadas semanas, la conversación telefónica con quien ejercía la presidencia del Cuerpo y el choque que sentí al darme cuenta de cuan engañosa había sido esta conversación, la angustia causada por un sin número de llamadas telefónicas de aquellos que estaban siendo sujetados a intenso interrogatorio y presión, 1o rápido e implacable de las expulsiones que siguieron, y más que nada, el continuo silencio de parte del Cuerpo Gobernante en informarme de evento alguno entre todo 1o que estaba aconteciendo, ahora había tenido como colmo mi experiencia de esa mañana, la frialdad mostrada, y las horas de espera que siguieron, todo resultó en que la noche me encontró físicamente enfermo.

Esa misma noche nos llegó llamada telefónica del presidente Schroeder pidiéndome que me reuniera con el Cuerpo para una sesión nocturna de más preguntas. Mi esposa contestó el teléfono por mí y le pedí que le informara al Cuerpo que me sentía demasiado mal como para ir y que además ya había dicho todo 1o que me interesaba decir. Ellos podían tomar su decisión a base de 1o que habían oído.

Más tarde esa noche, Lyman Swingle, quien vivía en una habitación dos pisos más arriba, vino a ver 9ómo me sentía. Me sentí agradecido por esto y le mencioné la tensión enorme que las pasadas semanas me habían producido. Le dije que la preocupación más profunda no era en cuanto a qué acción el Cuerpo pudiera tomar respecto a mí, sino más bien el que verdades hermosas de la Palabra de Dios habían sido representadas como algo feas o indeseables. Ese fue mi sentir entonces, como 1o es ahora, que el aspecto más serio de todo 1o que sucedió entonces fue la manera en que un grupo de enseñanzas organizacionales se usaron como el parámetro contra el cual evaluar las claras e incontrovertibles declaraciones de la Biblia, y que tales declaraciones (debido a no conformarse con el “modelo” organizacional) se pintaron como enseñanzas torcidas que suministraban evidencia de “apostasía.”

Tenía en mente declaraciones a la vez sencillas y hermosas de la Palabra de Dios como:

“Uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos.”

­”No están bajo ley sino bajo bondad inmerecida.”

“Porque todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.”

Punto de decisión 319

“Un cuerpo hay, y un espíritu, así como ustedes fueron llamados en la sola esperanza a la cual fueron llamados; un Señor, una fe, un bautismo; un Dios y Padre de todos, que es sobre todos y en todos.” “Porque cuantas veces coman este pan y beban esta copa, siguen proclamando la muerte del Señor hasta que él llegue.”

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús.”

“No 1es pertenece a ustedes adquirir el conocimiento de los tiempos o sazones que el Padre ha colocado en su propia jurisdicción. “37

En contraste, los ocho puntos utilizados por el Comité de la Presidencia como una “Confesión de Fe” por la cual juzgar a los individuos no poseían un solo punto en el cual la enseñanza envuelta de la Sociedad pudiera respaldarse por claras y sencillas declaraciones de las Escrituras. ¿A cuál declaración clara y evidente en las Escrituras pudo señalar cualquiera, sea miembro del Cuerpo Gobernante o quien sea, y entonces afirmar, “Mira, aquí la Biblia claramente dice”:

1. ¿Que Dios tiene una “organización” en la tierra-una del tipo aquí en cuestión-y que usa un Cuerpo Gobernante para dirigida? ¿Dónde hace la Biblia tales declaraciones?

2. ¿Que la esperanza a vida celestial no está abierta para todos, que se ha reemplazado por una esperanza terrenal (desde el 1935) y que las palabras de Cristo en referencia al pan y vino emblemáticos, “Hagan esto en memoria de mí,” no aplican a todas las personas que ponen fe en su sacrificio propiciatorio? ¿Qué textos bíblicos hacen tales declaraciones?

3. ¿Que el “esclavo fiel y discreto” es una “clase” compuesta sólo de ciertos cristianos, que no puede aplicar a individuos, y que ésta clase opera por medio de un Cuerpo Gobernante? De nuevo, ¿dónde en la Biblia se hacen tales declaraciones?

4. ¿Que los cristianos se separan ,en dos clases, con relaciones diferentes para con Dios y Cristo, en base a un destino celestial o terrenal? ¿Dónde se dice esto?

5. ¿Que los 144,000 en Revelación tienen que tomarse como un número literal y que la “grande muchedumbre” no se refiere, ni puede referirse, a personas sirviendo en las cortes celestiales de Dios? ¿Dónde dice la Biblia esto?

6. ¿Que los “últimos días” comenzaron en 1914, y que cuando el

37 Mateo 23:8; Romanos 6:14; 8:14; Efesios 4:4-6; 1 Corintios 11:26; 1 Timoteo 2:5; Hechos 1:7.

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apóstol Pedro (en Hechos 2:17) habló de los últimos días como aplicando desde el Pentecostés en adelante, él no se refirió a los mismos “últimos días” que Pablo mencionó (en 2 Timoteo 3:1)? ¿Dónde encontramos esto?

7. ¿Que el ano de 1914 marcó el año en que Cristo oficialmente se sentó en el trono como Rey sobre toda la Tierra y que tal fecha en el calendario marca el comienzo de su parousía? ¿Dónde?

8. ¿Que cuando la Biblia dice en Hebreos 11:16 que hombres como Abrahán, Isaac y Jacob estaban “haciendo esfuerzos por obtener un lugar mejor, es decir, uno que pertenece al cielo,” no existe posibilidad alguna de que esto quiere decir que ellos tendrían vida celestial? ¿En dónde se afirma esto?

Ni siquiera una de las enseñanzas de la Sociedad ahí discutidas puede probarse con una clara y directa referencia bíblica. Cada una de ellas exigiría explicaciones intrincadas, combinaciones complejas de textos y, en algunos casos, 1o que podría considerarse como una gimnasia mental, .en un atentado por dar apoyo a tales ideas. Sin embargo, ¡éstas se usaron para juzgar 1o genuino de la calidad cristiana de los individuos, para decidir si personas que habían derramado sus vidas al servicio de Dios eran apóstatas!

La mañana siguiente después de mi audiencia ante el Cuerpo Gobernante, el presidente Schroeder vino a mi cuarto con una grabadora para grabar mi respuesta sobre testimonio adicional presentado por uno de los miembros del personal, Fabio Silva, quien relató 1o dicho por René Vázquez un día cuando René 1o transportaba desde el aeropuerto. Le dije que no tenía nada que comentar en relación con tal evidencia de oídas.

Pasaron las horas de la mañana. Sentía gran necesidad de salir de aquel lugar y la atmósfera opresiva que 1o rodeaba. Cuando calculé que el período del almuerzo había concluido, salí de mi cuarto y ascendí las escaleras y pude hablar en el pasillo con Lyman Swingle quien iba desde el elevador rumbo a su cuarto. Le pregunté que cuánto más me faltaba esperar. El me dijo que una decisión se había tomado y que se me notificaría esa tarde. Sus comentarios me dieron razón para pensar que algunos miembros habían hablado vigorosamente a favor de mi expulsión y, mientras me hablaba, de repente su semblante se tomó sombrío y fatigado y dijo, “No puedo comprender como algunos hombres piensan. Luché, oh cuánto luché-” y ­entonces sus labios se comprimieron, sus hombros temblaron, y comenzó a sollozar abiertamente. Me encontré de momento tratando

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de consolado, asegurándole que realmente no me importaba mucho la decisión de ellos, que sencillamente deseaba que el asunto se terminara. Ya que sus lágrimas continuaban me fui para que él pudiera entrar a su cuarto.

Sé que no hay persona en el Cuerpo Gobernante más dedicada a la organización de los Testigos de Jehová que Lyman Swingle. Siempre sentí afecto y admiración por él por su honestidad y su valor. No tengo idea sobre cuál será su actitud para conmigo hoy. Quizás sea totalmente lo opuesto. Sólo sé, que aunque no hubiese otra razón, siempre guardaré afecto para tal hombre por el sentir sincero que él expresó ese día en el pasillo. En su tristeza yo encontré fortaleza.38

Esa tarde el presidente Schroeder me trajo la decisión del Cuerpo Gobernante. Evidentemente los que buscaban mi expulsión no lograron una mayoría de dos terceras partes, porque él sencillamente me informó que se me estaba pidiendo que renunciara del Cuerpo, así como también como miembro del personal de las oficinas centrales. El Cuerpo ofreció alistarme a mí (y a mi esposa) en lo que se conoce como la lista de “precursores especiales enfermizos” (un arreglo ofrecido frecuentemente a superintendentes de circuito y distrito que tienen que descontinuar su trabajo ambulante debido a vejez o mala salud). Los que están en dicha lista rinden informe mensual a la Sociedad y reciben ayuda económica también mensualmente, pero no se les requiere que cumplan con una “cuota” fija de horas en el trabajo de predicación.39 Le informé que a ninguno de los dos nos gustaría estar bajo algún arreglo que impusiera una obligación, aunque se tratara de un mero formalismo. El entonces hizo algunos comentarios sobre “qué maravilla de trabajo” había sido el libro Ayuda para entender la Biblia. Luego partió.

Escribí mi renuncia, la cual aparece en la siguiente página. No he fallado hasta este’ momento en hacer lo que dije allí que haría.

Mi esposa y yo nos fuimos por unos días para poner nuestras emociones en orden y luego regresar para remover cualesquiera pertenencias que pudiéramos cargar. Dejé la mayor parte de mis archivos, solamente me llevé los archivos de los asuntos en los que estuve más envuelto. Sentí la necesidad de poder documentar

38 En los meses siguientes. Lyman Swingle, aunque continuó siendo miembro del Cuerpo Gobernante, fue removido de su posición de coordinador del Comité de Redacción y del Departamento de Redacción, siendo reemplazado por Lloyd Barry.

39 En ese entonces creo que la mensualidad enviada era de $175 por persona.

  1. CRISIS DE CONCIENCIA

(Traducción de la nota de renuncia escrita de mi puño y letra)

__________________________________________________

28 de mayo del 1980

Cuerpo Gobernante

Queridos hermanos:

Por medio de esta carta presento mi renuncia como miembro del Cuerpo Gobernante.

También estaré concluyendo mi servicio en Betel.

Mis oraciones continuarán ofreciéndose por ustedes así como también por todos los siervos de Jehová a través de la Tierra.

Su hermano,

R. V. Franz (firmado)

Punto de decisión 323

mi posición en tales asuntos en caso de que ésta fuera mal representada en el futuro, como eventualmente sucedió en varios casos.

A nuestro regreso, vi a Ed Dunlap parado al frente de uno de los edificios de las oficinas centrales. El tenía que reunirse ese día con uno de los comités judiciales.

Ed tenía entonces sesenta y nueve años de edad. El año anterior, el 1979, el había comentado que estaba considerando seriamente el irse de las oficinas centrales. El sabía que había sido objeto de ataques, tanto en las sesiones del Cuerpo Gobernante, como fuera de éstas. En una ocasión le pidió al Comité de Redacción que le aliviara de hostigamiento experimentado. El Comité de Redacción nombró a tres de sus miembros, Lyman Swingle, Lloyd Barry y Ewart Chitty, para que hablaran con el miembro del Cuerpo Gobernante KarI Klein (éste no era miembro aún del Comité de Redacción; llegó a serio cuando Chitty renunció). Ellos le pidieron a Klein que cesara de ir a la oficina de Ed para llevarle quejas y críticas, así como también que se abstuviera de hablar de manera crítica de él a otros. Esto parece haber surtido efecto por algún tiempo fuera del Cuerpo, pero no en el Cuerpo y sus sesiones.

Cuando, tarde en el 1979, le informé a Ed de nuestros pensa­mientos en cuanto a irnos, el dijo que él había sopesado la idea pero había llegado a la conclusión de que tal paso no le era posible. Considerando su edad avanzada y su situación económica se le hacía difícil ver como pudiera razonablemente mantenerse él y su esposa. Al quedarse, tendrían al menos un sitio donde vivir, alimento, y atención médica. Así, que había decidido quedarse y añadió, “Si me molestan mucho en el Departamento de Redacción pediré que me transfieran al taller de carpintería o a cualquier otro trabajo.”

Menos de un año más tarde se encontró citado para una audiencia con un comité judicial. El día que 1o vi dijo, “Voy a ser bien franco con ellos. Va en contra de mi naturaleza el ser evasivo.” Agregó que tenía muy pocas dudas en cuanto a 1o que el comité haría.

Era ya casi el fin del mes de mayo. Cerca de seis semanas habían transcurrido desde que el Comité de la Presidencia había dejado escuchar la grabación de Godínez al Cuerpo Gobernante, en la cual el nombre de Ed se mencionaba en varias ocasiones. Más o menos ese mismo intervalo de tiempo había pasado desde que Barry y Barr 1o habían entrevistado, asegurándole que ellos estaban ‘solamente buscando información.’ Durante el transcurso de todas esas semanas-aunque Ed estaba a la mano, aun al final trabajando en una asignación del Cuerpo Gobernante para la preparación de un

324 CRISIS DE CONCIENCIA

libro sobre la vida de Jesucristo–ni siquiera uno de los miembros del Comité de la Presidencia fue donde él para hablar de estos asuntos o para informarle de las graves acusaciones hechas en su contra. Estos hombres estaban a cargo de la dirección del caso, todos ellos conocían a Ed íntimamente, sin embargo, aún hasta el final no le dijeron ni una sola palabra en cuanto al asunto.40

Después de la entrevista inicial de Barry y Barr con él, por casi seis semanas ninguno de todo el Cuerpo Gobernante fue donde Edward Dunlap para hablar del asunto, para razonar con él o discutir la Palabra de Dios con este hombre que había estado asociado por casi medio siglo, que había dedicado unos cuarenta años en servicio cabal, que profesaba la esperanza celestial, y ahora tenía cerca de setenta años de edad. Ellos mismos son testigos de que esto es verdad. Qué diferente al pastor que deja las noventa y nueve para ir en busca, y para ayudar, a la oveja “perdida.” Qué diferencia sí, pues la tal era él a los ojos de ellos.

De nuevo, es enteramente posible que algunas palabras impru­dentes se hayan expresado por ciertos individuos de entre los expulsados. Las acciones, arriba descritas, tomadas por aquellos en autoridad, en mi opinión resuenan con mucho más fuerza que las tales palabras.41

A un comité de cinco hombres, de entre el personal de las oficinas centrales, se le encomendó el trabajo de juzgar a Ed Dunlap. El Cuerpo Gobernante permaneció en el trasfondo. Todos los cinco hombres asignados eran más jóvenes que Ed, ninguno profesaba ser de los “ungidos.” Después de deliberar por un solo día llegaron a su decisión.

Bastante típico de las actitudes demostradas son las siguientes expresiones:

Cuando se le preguntó acerca de su punto de vista en cuanto a la enseñanza organizacional de dos clases de cristianos, Ed les señaló las palabras de Romanos 8: 14, que dicen: “TODOS los que son

40 Albert Schroeder había sido un instructor. junto a Ed. en la Escuela de Galaad por muchos años; Karl Klein trabajaba en el mismo Departamento de Redacción que él, estando su oficina contigua a la de Ed; Grant Suiter, más o menos un año antes de estos eventos, había ido donde Ed con una asignación que él (Suiter) había recibido para preparar (siendo ésta un bosquejo para una de las discusiones en clase del seminario ­para representantes de las sucursales) y le pidió a Ed que lo preparara por él, diciendo que él mismo estaba muy ocupado y, además, estaba seguro de que Ed ‘de todos modos haría un mejor trabajo que él [Suiter].’

41 I Juan 3:14-16, 18.

Punto de decisión 325

conducidos por el espíritu de Dios” son hijos de Dios. El preguntó, “¿De qué otra manera se puede entender este texto?” Fred Rusk, quien había servido como instructor en la Escuela de Galaad por varios años mientras Ed era el Registrador, dijo, “Oh, Ed, ésa es sólo la interpretación tuya del pasaje.” Ed preguntó, “Entonces, de qué otra manera lo puedes explicar?” La contestación de Fred Rusk fue, “Mira, Ed, tú eres quien está siendo juzgado, no yo.”

Cuando se le preguntó en cuanto a las reglas organizacionales, él enfatizó que el cristiano no está bajo ley, sino bajo bondad inmerecida (o gracia). Añadió que la fe y el amor eran fuerzas superiores en lo que respecta a la justicia de lo que las reglas jamás podrían ser. Robert Wallen dijo, “Pero Ed, a mí me gusta tener a alguien que me diga qué tengo que hacer.” Teniendo en mente las palabras de Hebreos, 5:13, 14, que los cristianos no deberían ser como bebés sino como personas maduras, las “que por medio del uso tiene sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto,” Ed le contestó, “Entonces tienes que leer tu Biblia más.” Robert Wallen sonrió y dijo, “Yo y dos millones más.” Ed contestó, “El hecho de que ellos no lo hagan no te excusa a ti de hacerlo.” El enfatizó que éste era el problema mayor, los hermanos simplemente no estudiaban la Biblia; ellos dependían de las publicaciones; sus conciencias no estaban genuinamente entrenadas bíblicamente.

Evidentemente el factor clave desarrollado en toda la sesión fue que en dos ocasiones Ed había sostenido discusiones bíblicas con algunos de los que ahora habían sido expulsados. El comité judicial no poseía evidencia de que ello fuera así, pero Ed, habiendo dicho desde el principio que él tenía la intención de discutir abierta y francamente todos los puntos, voluntariamente ofreció la infor­mación. Estas personas lo habían abordado y en dos ocasiones habían comido juntos después de lo cual consideraron porciones del libro de Romanos.42 El comité judicial quería saber si él hablaría en el futuro sobre estos puntos con otras personas. El contestó que no tenía ninguna intención de hacer “campaña” entre los hermanos. Pero también dijo que si algunas personas vinieran privadamente donde él solicitando ayuda y podía dirigirles a las Escrituras para encontrar las respuestas a sus preguntas, él lo haría, pues sentiría la obligación de ayudarles. Con toda seguridad éste fue el factor determinante. Tal

42 Ed fue asignado por el Comité de Enseñanza del Cuerpo Gobernante a conducir regularmente una clase sobre la Carta a los Romanos en cada uno de los seminarios para los miembros de comités de sucursal.

326 CRISIS DE CONCIENCIA

libertad para la discusión y expresión bíblica privada no era aceptable, sino vista como herética, como un peligroso atentar contra el orden de la organización.

Una de las declaraciones presentadas parecía particularmente paradójica. Ed les, había dicho claramente que él no tenía ningún deseo de ser expulsado, que él disfrutaba de la compañía de los hermanos y no contemplaba ni deseaba ser separado de ellos. El comité lo estimuló a que “pusiera su confianza en la organización y tuviera paciencia,” diciendo, “¿Quién sabe? Quizás en cinco años muchas o todas las cosas que estás diciendo sean publicadas y enseñadas.”

Ellos conocían la naturaleza fluctuante de las enseñanzas de la Sociedad y sin duda alguna esto fue lo que los motivó expresarse así. Pero, de acuerdo con esta afirmación ¿hasta dónde entonces llegaba la convicción de ellos de lo correcto de estas enseñanzas, y de su sólida base bíblica? Si ellos estaban dispuestos a aceptar la posibilidad de que las enseñanzas de la organización en estos puntos en cuestión no fueran más sólidas y duraderas que lo dicho, ¿cómo era posible entonces que ellos usaran esas enseñanzas para determinar si este hombre era un siervo leal de Dios o un apóstata?

Si ellos consideraban que esas enseñanzas (a las cuales el Comité de la Presidencia les había adscrito tanta importancia) estaban tan sujetas a cambio al grado de que valdría la pena esperar y ver lo que los próximos cinco años trajeran, ¿por qué no sería entonces apropiado también posponer toda acción judicial contra este hombre quien había dado, no cinco años, sino medio siglo de servicio a la organización?

La lógica de tal razonamiento puede entenderse solamente si uno acepta y sostiene la premisa de que los intereses del individuo – ­incluyendo su buen nombre, la reputación forjada a duras penas, los años de vida ofrecidos en servicio–son cosas desechables si éstos interfieren con los objetivos de una organización.

Estoy seguro de que cada uno de los hombres en ese comité judicial reconocía que Edward Dunlap tenía un amor profundo por Dios, por Cristo y por la Biblia-aún así ellos sentían que tenían que tomar acción contra este hombre. ¿Por qué? Ellos conocían el temperamento prevaleciente en el Cuerpo Gobernante, expresado a través de su Comité de la Presidencia. Lealtad organizacional requería tal acción de parte de ellos, ya que este hombre no aceptaba ni podía

Punto de decisión 327

aceptar todas las pretensiones e interpretaciones procedentes de esa organización.

Así pues, ellos expulsaron a Ed Dunlap, y le pidieron que abandonara 1o que había sido su hogar en las oficinas centrales en Betel. Él regresó a Oklahoma City donde se había criado y donde, con unos 70 años de edad, comenzó entonces a ganarse la vida para sí mismo y para su esposa, empapelando paredes, oficio que aprendiera antes de comenzar sus cuarenta años de servicio cabal como representante de la Sociedad Watch Tower Bible & Tract.

Cómo los que eran responsables-genuina y primeramente responsables-por todo esto pueden acercarse a Dios en oración de noche y decir, ‘Muéstranos misericordia así como hemos mostrado misericordia a otros,’ se me hace difícil de comprender.

3 comentarios en “10. Punto de decisión”

  1. Buenas noches.

    He leído todo con sumo cuidado y atención. Me ha entristecido mucho la publicación de la carta del hermano René Vázquez. En esa carta que solo un corazón AFLIGIDO escribe he podido escuchar y hallar el valor de dirigirme a alguien como mi prójimo. Hace mucho que no menciono a nadie como hermano espiritual, creo que casi 25 años, pero es lo que mi ser me pide que haga ahora. Cuando estaban aconteciendo estos hechos tenía por entonces 12 años, mi tía, testigo de Jehová por aquel entonces ya me contaba la decepción que sufrieron por la fallida fecha de 1975. Recuerdo que su respuesta fue que había sido una dura prueba para el pueblo de Dios.

    Pasaron los años y por circunstancias de la vida terminé o concluí por mi parte el estudio del libro que entonces me daban, no mi tía ya que esta emigró a otro país, creo recordar que se llamaba de Paraíso Perdido a Paraíso Recobrado o algo así, era de color rosa.. No recuerdo que nadie de la congregación se preocupase por el estudio de un niño en aquel tiempo, que dejase de estudiar con ellos y asistir a las reuniones. Total mi madre no se oponía, solamente que me tenían que llevar y traer, al menos ese es el recuerdo que me quedó aunque es solo la visión de un niño. Pero la semilla ya estaba sembrada en mi corazón. Cuando alcancé la edad de unos veinte años decidí por retomar el estudio, que me daba para aquel entonces con paciencia un anciano. Decepcionado como tantos por lo que veía en otras religiones.

    Después de unos dos años, de leerme todo lo habido y por haber de la WT, libros y mas libros, algunos antiguos. Vi que algunas cosas no encajaban. Le planteé todas mis dudas al anciano, nunca delante de otros testigos digamos no preparados para los asuntos delicados, entonces no había Internet como ahora. Siempre pude hablar con el anciano de estos temas y algunas veces con algún superintendente de circuito o distrito, ahora no lo recuerdo. Me desanimé mucho porque no vi ni un solo atisbo de intento por refutar lo que ponía sobre la mesa. Por aquel entonces era publicador no bautizado, incluso llegué a conducir un estudio bíblico, era un muchacho con problemas por la droga que era hijo de una testigo. Pensé que lo mas correcto era que ese estudio lo dirigiesen otras personas mas preparadas, pero tampoco vi un especial interés por nadie. Como ahora, todo estaba encaminado a la predicación de las Buenas Nuevas del Reino, y por aquel entonces a todo esto se le daba mucha importancia porque entonces se decía que la selección de ovejas y cabras era en gran parte por nuestra predicación.

    Sin vivir las vivencias expresadas en las vidas e historias contadas, si puedo en ellas el reflejarme, tal vez si mi conciencia no me lo hubiese impedido entonces, pudiese haber acabado de la misma manera. Al final la verdad sale al descubierto. Aunque no es nada fácil ser cristiano, a uno le dan fuerza estas historias porque ve que uno no va solo, pensamos que delante no va nadie y estamos solos, pero si miramos a los lados o hacia atrás es otra cosa. Lo que Dios empieza en uno seguro que también lo termina.

    Y solo espero que Dios, Jehová, les reconforté sus corazones si han tenido experiencias similares con otras confesiones religiosas, parecidas a esta.

    Con cariño fraternal para ustedes mis hermanos estén donde estén.

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