18. Una congregación de personas libres

Sigan hablando de tal modo y sigan haciendo de tal modo como lo hacen los que van a ser juzgados por la ley de un pueblo libre”.

– Santiago 2:12.

 

HABÍAN LLEGADO a un despertar brusco y penoso. Aquello en lo que habían encontrado un sentido de seguridad—las rutinas religiosas y el sentido de rectitud que éstas les habían dado, las personas a quienes habían reverenciado y contemplado como guías religiosos, de hecho la entera estructura de autoridad que gobernaba su vida religiosa—todo esto se había revelado como seriamente deficiente, les había conducido al error con consecuencias potencialmente fatales. Y su réplica conmocionada fue “Hermanos, ¿qué haremos?”

Esa exclamación llega desde el primer siglo. Fue expresada por personas que oyeron cómo Pedro dejaba claro que la estructura religiosa que habían considerado como representante de Dios, no sólo se había opuesto, sino que más tarde secundó la eliminación de un hombre que hablaba la verdad de Dios. Ahora se les pedía que repudiaran la acción de ese cuerpo gobernante religioso y su propio apoyo y complicidad en lo que había hecho, y que fueran bautizados en el nombre del mismo que había sido eliminado violentamente.[1]

Las circunstancias específicas que hicieron historia y que experimentaron estas personas no son nuestra porción hoy. No hemos tenido entre nosotros al Mesías de Dios en persona, y ninguna estructura de autoridad religiosa puede expresar hoy rechazo hacia él del modo preciso como lo hizo el Sanedrín en los días de Jesús. Y, no obstante, todos nosotros estamos en posición de demostrar que personalmente rechazamos la acción que se tomó contra él entonces, y de que ponemos fe completa en él ahora como nuestra esperanza dada por Dios para la vida. Como hicieron Pedro y los otros apóstoles, podemos decir las palabras que hablaron al cuerpo gobernante religioso de su pueblo: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.[2] Podemos mostrar que aceptamos a su Hijo como nuestro único Cabeza nombrado por Dios, el Director de nuestras vidas. La cuestión es ¿cómo hacemos esto? En aquellas mismas palabras del primer siglo: “Hermanos, ¿qué haremos?”

Servicio a Dios – lo que abarca

Si leemos el relato que sigue a esas palabras, así como todo el resto de las Escrituras Cristianas, encontraremos que el cristianismo no se presenta como un modo de vida y de adoración orientado a sistemas ni a edificios; ni se define por credos o códigos de ley. Tampoco se centra en actividades específicas, consideradas como especialmente y distintivamente devocionales y religiosas, y que por tanto tienen ante Dios un mérito superior a otras actividades que no se consideran así. Es un modo de vivir que abarca toda la vida y todas las actividades de la vida. Al leer las palabras del Hijo de Dios y los escritos de sus apóstoles, encontramos que no se trata de pertenecer a algún sistema religioso, de practicar ciertos actos religiosos en ciertos momentos y lugares, sino que lo que somos como personas en nuestra vida cotidiana muestra si somos sus seguidores o no. Solamente porque esto es cierto, pudo decir el apóstol: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”. Pudo decir incluso a aquéllos que eran esclavos: “Poned el corazón en todo lo que hagáis, como si lo dedicaseis al Señor y no a los hombres. Sabed que el Señor os dará, al fin y al cabo, la herencia eterna como premio y que sois esclavos de Cristo, el Señor”.[3]

Creo que es por no darse cuenta de esto que muchos que se han zafado de una organización religiosa autoritaria, orientada a obras y legalista (y hay un buen número de ellas), se sienten a menudo perplejos respecto a cómo abordar el asunto del servicio a Dios en su nuevo estado de libertad. Allá, en 1976, como miembro del Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, fui asignado a preparar material sobre el tema del “servicio sagrado”, y los artículos resultantes de La Atalaya se titularon “Apreciando el tesoro del servicio sagrado” y “Rindiendo servicio sagrado noche y día”.[4] El material se basó principalmente en una discusión del significado del termino griego latreuo, que se traduce como “rendir servicio sagrado” en la Traducción del Nuevo Mundo (normalmente como “servir” o “adorar” en otras traducciones). Ambos artículos presentaron evidencia bíblica de que el servicio a Dios no es algo restringido a actividades particulares como la predicación o la asistencia a las reuniones, ni algo relacionado con ciertos momentos apartados y especiales en ciertos lugares o de ciertas maneras, sino que abarca todo, que es algo que se debe vivir, un servicio que afecta a todo en la vida. Se mostró que las Escrituras hablan de “sacrificios a Dios” que incluyen no solamente “el fruto de labios que hacen declaración pública de su nombre”, sino también “el hacer el bien y el compartir cosas con otros, porque dichos sacrificios le son de mucho agrado a Dios”.[5] El párrafo siguiente es representativo (página 182):

“Se ve, pues, que el “servicio sagrado” no es algo que ocupe solo parte de nuestra vida. No está limitado a una sola actividad ni a cierto número de actividades, sino que abarca todo aspecto de nuestro vivir diario. Se puede resumir con estas palabras: ‘Sigan haciendo todo como para Jehová, sea el comer o el beber, o el hacer cualquier otra cosa.’ (1 Cor. 10:31) Mostrando lo abarcador que debe ser este servicio, el apóstol dice en Romanos 12:1, 2: “Les suplico por las compasiones de Dios, hermanos, que presenten sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, acepto a Dios, un servicio sagrado con sus facultades de raciocinio. Y cesen de amoldarse a este sistema de cosas.”

En armonía con esto, después de afirmar que “Son muchas las cosas que están envueltas en eso, pero la mira que uno tiene, su meta y lo que impele su corazón son los factores claves para determinar si lo que uno hace es realmente “servicio sagrado” o no”, el segundo artículo de La Atalaya mostró que una gran parte del servicio sagrado de los padres envuelve a sus hijos, “una herencia de parte de Jehová”, y “santos” para Él.[6] El cuidado paterno de los hijos era un rasgo de “noche y día” de su servicio sagrado. Los cónyuges rinden servicio sagrado al mantener el honor del matrimonio, en sus relaciones entre ambos, al trabajar por el éxito del matrimonio.[7] Un ama de casa podría hacer su trabajo en el hogar como “para el Señor” y contribuir a la estima de las buenas nuevas entre otros por la calidad de su vida familiar, por su hospitalidad, por su amabilidad y por sus relaciones con la vecindad.[8] Los hombres podrían fomentar y dar crédito a las buenas nuevas por el modo en que llevaran a cabo su trabajo cotidiano, poniendo su corazón en lo que hicieran “como para el Señor y no para los hombres”.[9] Cuando se hace con ese espíritu ¿cómo podría ser algo distinto del servicio a Dios?

Muchos encontraron esta información refrescante, y expresaron que les aportó significado a sus vidas y les hizo sentir que contaban otras cosas aparte del “servicio del campo” y de la asistencia a las reuniones. Sin embargo, no les agradó a todos. Después de un tiempo, algunos de los superintendentes viajantes, cuya tarea principal era y es fomentar el “servicio del campo”, se quejaron al Departamento de Servicio de que la perspectiva presentada socavaba su promoción de tal actividad. Al colocar otros rasgos de la vida en igualdad con el “servicio del campo”, se disminuía la importancia de lo que habían estado haciendo y les restaba fuerza a sus apremios para ‘más horas en el campo’. Personalmente no conozco a nadie más que expresara objeciones.

En 1980, poco después de mi renuncia como miembro del Cuerpo Gobernante, apareció otra serie de artículos en la edición de 15 de agosto de La Atalaya, diseñada para devolver la aplicación del “servicio sagrado” sólo a cosas tales como el servicio del campo y la asistencia a las reuniones. Estos artículos enfatizaron, y de hecho basaron gran parte de sus argumentos en el hecho de que para los judíos de tiempos precristianos el “servicio sagrado siempre estaba relacionado con adoración en obediencia al pacto de la Ley” y que “no se refería a cosas cotidianas de la gente”.[10] Argumentaron que, puesto que otra gente aparte de los testigos de Jehová comen, beben, trabajan, limpian hogares, obedecen a las autoridades, entonces ¿cómo se podría considerar este tipo de actividades como servicio sagrado a Dios? No, solamente merecen la consideración de servicio sagrado a Dios actividades “especiales”, “fuera de lo ordinario”, como publicar el mensaje que se encuentra en las publicaciones de la Sociedad Watch Tower y asistir a las reuniones donde se estudian esas publicaciones. Los artículos desautorizaron toda idea de que la motivación podía hacer una distinción y dar calidad espiritual a actos de naturaleza ordinaria, de modo que se convirtiesen en servicio sagrado a Dios, haciendo de esas actividades una expresión de nuestra adoración a Dios.

Una “Pregunta de los lectores” publicada en ese mismo número contribuyó a esa argumentación, introduciendo una comparación con el servicio de los israelitas bajo el viejo pacto de la Ley. De modo similar, intentó excluir cualquier idea de que se pudiera rendir “servicio sagrado” a Dios en el trabajo, en el cuidado de la familia o del hogar, o en actividades similares. No, tiene que ser “algo fuera de lo ordinario”. El artículo presentó, en efecto, una lista autorizada de las actividades que podían considerarse así. En primer lugar estaban estas: predicación (“servicio del campo”), asistencia a las reuniones, estudio de familia y consideración del texto diario de la Sociedad Watch Tower, servicio de precursor y de misionero, servicio en Betel (en la oficina central o en oficinas sucursales), trabajo como superintendente viajante, anciano o siervo ministerial. De este modo, por definición, si un padre conduce un estudio bíblico formal con su esposa y sus hijos (y esto siempre se hace empleando una publicación de la Sociedad Watch Tower), eso es servicio sagrado, servicio a Dios (y el tiempo invertido se puede apuntar en la ‘hoja de informe de servicio del campo’). Si el padre dedica tiempo informalmente a simplemente hablar con un hijo o hija sobre su vida y actividades cotidianas—explorando sus pensamientos, dejando que exprese sus opiniones, sentimientos y preocupaciones, ayudándole con sus problemas en la escuela o a desarrollar una perspectiva sana de la vida, enseñándole habilidades que lo equipen para la vida adulta como cristiano responsable—esto no califica como parte de tal “servicio sagrado” a Dios. La rigidez de esta perspectiva es sin duda una de las razones principales del innegable escaso éxito entre los Testigos de Jehová respecto a conseguir que los jóvenes permanezcan en la organización una vez alcanzada la mayoría de edad. Recuerdo que cuando fui enviado a Belice, país de América Central, en los años setenta, uno de los representantes de la organización allí me informó por iniciativa propia que hasta entonces ni uno solo de los jóvenes que habían crecido como Testigos en ese país había continuado en la organización. Aunque éste es un caso extremo, el hecho es que en todos lo países el número de jóvenes que abandonan la organización cuando se independizan, es desproporcionadamente elevado.

El efecto que producen estos decretos organizacionales—que definen ‘lo que es servicio sagrado a Dios y lo que no lo es’—en la perspectiva mental de los Testigos, se ilustra por lo que tuvo lugar cuando los artículos antes mencionados se consideraron en el Salón del Reino de Gadsden, Alabama. En la conclusión del estudio, el anciano que conducía el estudio de La Atalaya, Tim Gregerson, planteó una pregunta al auditorio. Dijo: “Supongamos que una hermana en la congregación cuyo esposo ha muerto está pasando por dificultades, y uno de nosotros va a ayudarle en sus problemas. ¿Sería esto ‘servicio sagrado’?” Al principio no recibió respuesta alguna, pero finalmente una persona se ofreció a contestar y dijo: “No, eso no sería servicio sagrado”. Tim entonces señaló que los artículos habían enfatizado el aspecto religioso de la “adoración” envuelta en el “servicio sagrado” y entonces dirigió al auditorio a las palabras del discípulo Santiago:

“La forma de adoración que es limpia e incontaminada desde el punto de vista de nuestro Dios y Padre es esta: cuidar de los huérfanos y de las viudas en su tribulación, y mantenerse sin mancha del mundo.[11]

Entonces dijo que Santiago describe específicamente el cuidar de una hermana viuda como “adoración”, y que, por lo tanto, eso sería seguramente “servicio sagrado”.[12] Como yo estaba presente, llamé también la atención a la referencia a “servicio sagrado” de Hebreos capítulo trece y a que ahí se incluye el hacer bien y mostrar amabilidad generosa a otros como “sacrificios” que el cristiano ofrece en un altar espiritual. Sin embargo, la expresión de otro anciano, Dan Gregerson, fue típica del efecto que tuvo ese material en tantos Testigos.[13] Después de escuchar la evidencia bíblica que se acababa de mencionar, indicó su descontento y dijo: “Me gustaría llamar a la atención de los hermanos que hay una ‘Pregunta de los lectores’ al final de este número y ahí La Atalaya muestra lo que realmente es ‘servicio sagrado’”. No tenía ningún argumento bíblico contra lo que se había expresado, pero el factor decisivo para él fue claramente lo que decía La Atalaya.

En realidad, aunque no se incluyeron en su lista de actos definidos de “servicio sagrado”, la “Pregunta de los lectores” hizo mención breve de la expresión de Hebreos respecto a “hacer bien y el compartir cosas con otros”, diciendo que eso incluía el dar asistencia “cuando nuestros hermanos se ven en necesidad, sufren calamidad o están afligidos”.[14] Pero, al igual que La Atalaya limitaba arbitrariamente el ofrecer “sacrificio o alabanza” a Dios a “predicar públicamente”, también se restringía el “hacer bien” y “compartir cosas con otros” a las limitaciones mencionadas, como si aplicasen solamente a la ayuda prestada a compañeros Testigos, no a otros.

Sin embargo, la Biblia misma no impone tales limitaciones en el significado de la expresión muy amplia “hacer el bien”. Ni tampoco lo hace con respecto a la referencia inespecífica de “compartir cosas con otros”.[15] De nuevo, el efecto de esta definición “no autorizada” que limita la expresión apostólica a sólo ayuda especial o de emergencia para compañeros miembros de la religión de los Testigos, contribuye a que muchos Testigos manifiesten una actitud muy despegada, a veces incluso fría y carente de interés, hacia vecinos y personas en su comunidad, una actitud muy parecida a las de los sacerdotes y los levitas en la parábola que Jesús dio en respuesta a la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Aquellas personas religiosas, activas en “servicio sagrado”, tenían cosas más importantes que hacer que preocuparse por un vecino en dificultad, y fue un samaritano, un hombre de una religión diferente, quien  vino en ayuda de la persona en dificultad, quien demostró ser un verdadero prójimo.[16] La estrecha actitud fomentada no puede armonizar con la enseñanza de Jesús:

“Sed hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol igualmente sobre buenos y malos, y envía la lluvia sobre honestos y deshonestos. Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué recompensa podéis esperar? Seguramente los recaudadores de impuestos hacen tanto como eso. Y si sólo saludáis a vuestros hermanos, ¿qué hay de extraordinario en eso? Hasta los paganos hacen eso. No debe haber límite a vuestra bondad, igual que no conoce confines la bondad de vuestro Padre celestial. [17]

El entero empeño del material de La Atalaya de 1980 es colocar el servicio a Dios en una categoría separada de las actividades de la vida. Intenta diferenciar entre “servicio” y “servicio sagrado” a Dios, restringiendo este último a actos de naturaleza muy distintiva e inusual. Es cierto que el término particular en discusión (latreuo) se emplea en las Escrituras solamente con referencia a “servicio a Dios (o a un dios o a dioses)”.[18] Para los paganos, este servicio envolvía cosas que se hacían en templos y en edificios especiales, ritos especiales u ofrendas especiales a sus dioses. En el caso del pueblo judío, se aplicaba usualmente a actos llevados a cabo en cumplimiento del pacto de la Ley, incluyendo ceremonias, sacrificios, fiestas santas y servicio sacerdotal. Todo esto es evidente. Sin embargo, el aspecto notable del cristianismo es precisamente el hecho de que el servicio a Dios es mucho más amplio, no está limitado a actividades que se desarrollan en ciertos edificios ni de formas prescritas, no afecta solamente a una parte de la vida.

El escritor del artículo de La Atalaya de 1980 está en lo cierto al decir que “para los judíos, servicio sagrado siempre estaba relacionado con adoración en obediencia al pacto de la Ley”. Pero se equivoca al alegar que esto excluye su aplicación a “actos fundamentales, esenciales, del vivir humano”. Mientras que la “obediencia al pacto de la Ley” incluía algunas actividades “fuera de lo ordinario” diferentes de las actividades cotidianas, la obediencia a ese pacto de la Ley también incluía mucho que era parte de la vida diaria de los israelitas. El pacto de la Ley no prescribía meramente sacrificios animales periódicos, ayunos, fiestas santas y ceremonias, sino que exhortaba también al ejercicio diario de honradez, justicia, rectitud, honestidad y compasión en sus tratos cotidianos entre ellos. Sus leyes exhortaban a la bondad, no sólo hacia compañeros israelitas, sino también hacia esclavos y residentes forasteros, incluso a la consideración a animales y pájaros.[19] Sin embargo, los israelitas normalmente minimizaban estos factores, a favor de los de aspecto ceremonial y distintivamente “religioso”, enorgulleciéndose de éstos como prueba de su devoción a Dios, en lugar de hacerlo con los aspectos cotidianos de la vida. La presentación que hace La Atalaya sigue una trayectoria comparable, muestra el mismo punto de vista equivocado.

Al enfrentarse al hecho de que los apóstoles de Jesucristo sí que hablaron de “actos fundamentales, esenciales, del vivir humano” como “hechos para el Señor” y “hechos para la gloria de Dios”, el escritor de La Atalaya se apoya en una distinción errónea entre el servicio a Dios y servicio sagrado a Dios. ¿Cómo puede el servicio a Dios dejar de ser algo sagrado? Es como si Dios pusiera una gratificación, un valor mucho mayor, en los actos especiales en comparación con los actos cotidianos, en lo inusual comparado con lo corriente. Jehová, al rechazar a Israel, mostró claramente que ese no es el caso. Mostró que el ejercicio diario de misericordia, compasión y justicia fue siempre de mayor importancia para él que los actos especiales que los israelitas consideraban tan distintivamente “sagrados”. Tal como Él afirmó:

“Porque en bondad amorosa me he deleitado, y no en sacrificio; y en el conocimiento de Dios más bien que en holocaustos.[20]

Respecto a este “conocimiento de Dios”, y a través de su profeta Jeremías, Jehová pregunta al hijo del rey Josías:

“En cuanto a tu padre, ¿no comió y bebió y ejecutó derecho y justicia? En aquel caso le fue bien. Él defendió la reclamación legal del afligido y del pobre. En aquel caso aquello marchó bien. ‘¿No era ese un caso de conocerme?—es la expresión de Jehová.[21]

De manera similar a las personas que clamaron en Pentecostés: “Hermanos, ¿qué haremos?”, los israelitas preguntaron cómo rendir servicio aceptable a Dios. A través de su profeta Miqueas, Jehová presentó su pregunta y resumió el asunto de este modo:

“¿Con qué me presentaré a Jehová? ¿[Con qué] me inclinaré ante Dios en lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros de un año de edad? ¿Se complacerá Jehová con miles de carneros, con decenas de miles de torrentes de aceite? ¿Daré mi hijo primogénito por mi sublevación, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma? Él te ha dicho, oh hombre terrestre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que Jehová está pidiendo de vuelta de ti sino ejercer justicia y amar la bondad y ser modesto al andar con tu Dios?[22]

El escritor de La Atalaya rebaja la importancia de la motivación como algo capaz de convertir actos comunes en servicio sagrado a Dios. Sin embargo, la importancia decisiva de la motivación se ve en los tiempos precristianos del pacto de la Ley, ya que fue precisamente la falta de la motivación correcta del corazón (demostrada por sus tratos injustos y poco compasivos con otros en su vida cotidiana) lo que provocó que Dios “detestara” los mismos actos de “servicio sagrado”—sacrificios, observancia de días y fiestas santos, ayunos—realizados por la mayor parte de la nación judía.[23] Esto fue cierto incluso a pesar de que aquellos eran actos especiales “fuera de lo ordinario” relacionados con “adoración en obediencia al pacto de la Ley”, citando las palabras del artículo de La Atalaya. Jehová dejó claro que sin la motivación correcta en la vida cotidiana y en las actividades diarias, todos los sacrificios, fiestas y otros servicios perdían todo su significado y valor.

El nuevo pacto resulta en que la ley de Dios se escriba en los corazones, y esa ley no es un código, sino la ley del amor y la ley de la fe, factores que entran en juego en todos los aspectos de la vida, no sólo durante momentos especiales. Esto es lo que permite que cualquier persona, no sólo una clase sacerdotal especial, pueda ofrecerse ella ‘misma como ofrenda viva’ en servicio a Dios, de modo que su vida entera sea de adoración a Dios.[24] Debería ser obvio que para que el ofrecimiento sea completo, una “ofrenda viva” no debe ser algo que se pueda activar o hacer operativo durante ciertos momentos y en ciertas actividades, y desactivar o hacer inoperativo el resto del tiempo y en las demás actividades. Uno solo tiene que leer el resto del capítulo doce de Romanos para ver que, después de la exhortación del apóstol a sus hermanos para ‘presentarse a sí mismos como ofrenda viva’, se discute un espectro muy amplio de actividades. Las relaciones personales con los demás, las expresiones de afecto y de humildad, la hospitalidad y la amabilidad, el vivir en paz “con todo el mundo”, no sólo dentro de la comunidad cristiana, sino también fuera de ella, todo es parte de esta “ofrenda viva”. Al ofrecerse completamente a sí mismos, no le dan a Dios solamente ciertos períodos de tiempo, sino su vida entera. En todo esto demuestran que no “se amoldan a los criterios del mundo”, sino que en su vida cotidiana, en sus tratos con otros, ejemplifican las normas y principios que enseñó el Hijo de Dios. Como evidencia de que la insistencia de La Atalaya de 1980 en una aplicación tan estrecha del término griego latreuo no tiene fundamento desde un punto de vista lingüístico, The New International Dictionary of New Testament Theology comenta de este modo el uso que hace el apóstol de latreuo en Romanos 12:1:

“Envuelve la dedicación de la persona entera a Dios de un modo racional, abarcando la mente entera, y práctico, extendiéndose a la práctica de la vida diaria en la iglesia y en el mundo.[25]

Cuando el apóstol define cómo se ofrece esa “ofrenda viva”, no lista en ningún lugar el “servicio del campo”, la asistencia a las reuniones, el servicio en alguna sede institucional religiosa, o cualquier otra actividad de ese tipo. El considerar el servicio a Dios del modo en que insiste la organización Watch Tower realmente no es otra cosa que una regresión a un punto de vista precristiano, no meramente al tiempo del pacto de la Ley, sino a una visión insana, característica de una actitud orientada a la ley, orientada a las obras. Le restaría importancia al papel del corazón—y a su espontaneidad—al poner énfasis en formas y funciones prescritas y reguladas, como criterio para determinar lo que califica como “servicio a Dios” y lo que no lo hace. Esto es retroceder en el tiempo a un punto anterior a la entrada de “la libertad con que Cristo nos hizo libres”. Entre las religiones de hoy día, la organización Watch Tower no es la única que actúa así.

En los siglos que siguieron al período apostólico, una visión similar, distorsionada y anacrónica de lo que envolvía el servicio cristiano a Dios, llevó al concepto de que practicar la “adoración” significaba “ir a la iglesia”, y elevó lo que se hacía “en la iglesia” a un nivel espiritual superior en comparación con lo que un creyente podía hacer fuera de la “iglesia”. Como consecuencia, los edificios donde se llevaban a cabo los “servicios religiosos” tomaron una cierta calidad de sagrados. Esto produjo la visión de que el hombre que era sacerdote o ministro vivía una vida espiritual de nivel más elevado y de mayor mérito espiritual que lo que podía alcanzar el hombre común, tal como el padre que con su trabajo mantenía a su familia. El sacerdote o ministro era preeminentemente “un hombre de Dios”. Los demás eran los laikos (que significa “del laos o pueblo”), y así se desarrolló una división entre cleros y legos. Esta misma visión eventualmente exaltó el celibato, practicado por los sacerdotes y monjes como un estado espiritual superior, e “indirectamente degradó el matrimonio . . . como un estado imperfecto, de segunda clase”. Aunque la Reforma corrigió algunas de las distorsiones a este respecto, todavía queda mucho de ello.[26]

Una transición difícil 

La carta bíblica a los Hebreos se escribió en gran medida para ayudar a las personas a ajustarse a una perspectiva nueva y superior. Para aquellos a los que se dirigió la carta, el cristianismo representó un cambio notable y difícil. Exigió que abandonaran muchas ideas estereotipadas que a lo largo de sus vidas habían gobernado su pensamiento con respecto a la adoración de Dios. Creo que la mayoría de los que hoy día profesan ser cristianos está impedida por vestigios de la misma perspectiva que bloqueó el aprecio a la superioridad del cristianismo por parte de los destinatarios de esa carta. Muchas personas mantienen hoy una lucha comparable a la experimentada en el primer siglo, y sienten una sensación similar de falta de confianza respecto a qué camino tomar. Se sienten inseguros respecto a los valores que deberían gobernar sus decisiones en relación con el modo en que deben servir a Dios. Aunque las circunstancias de hoy difieren en su origen histórico, creo que gran parte del problema que muchos afrontan proviene de no comprender la lección esencial que se encuentra en esa carta del primer siglo. Por lo menos, las personas pueden obtener consuelo de saber que sea cual sea la lucha que estén sosteniendo, no es mayor que la de aquéllos a quienes se dirigió la carta a los Hebreos. En su introducción a la carta a los Hebreos, The Expositor’s Greek Testament hace estas observaciones preceptivas:

“El objetivo del escritor . . . era desvelar el verdadero significado de Cristo y de Su obra, y de ese modo eliminar los escrúpulos, las vacilaciones y las suspicacias que rondaban las mentes de los cristianos judíos, turbando su fe, limitando su disfrute, y rebajando su vitalidad. . . . Rara vez, si acaso alguna, se ha emplazado a los hombres a que efectúen una transición de similar coyuntura y acompañada de tanta oscuridad. . . . Habiendo sido educado en una religión de la que había sido persuadido a creer que era de autoridad divina, se le pedía ahora al judío que considerase como anticuada una gran parte de su creencia. Acostumbrado a enorgullecerse de una historia marcada en ciertas etapas por visitas angélicas, voces divinas e intervenciones milagrosas, se le invita ahora a desplazar su fe desde instituciones y personas venerables a una Persona, una Persona en la cual la gloria terrenal brilla por su ausencia y en la que aquellos aparentemente mejor cualificados para juzgar no pudieron descubrir nada excepto la impostura que le mereció una muerte de malhechor.

Habiendo atesorado con extraordinario entusiasmo, como su herencia exclusiva, el Templo con todas sus asociaciones reverenciadas, su Dios residente, su altar, su majestuoso sacerdocio, su relación completa de ordenanzas, ahora el instinto de cristiano recién convertido lo obsesiona de que hay una carencia esencial en todos esos arreglos y de que para él son irrelevantes y obsoletos. . . .

Para el judío, en unas palabras, Cristo debe haber creado tantos problemas como los que resolvió . . . muchos cristianos judíos deben haber pasado aquellos primeros días en una inquietud angustiosa, llamados a confiar en Jesús por todo lo que sabían de Su santidad y verdad y, no obstante, penosamente perplejos e impedidos de una confianza perfecta por la espiritualidad inesperada de la nueva religión, por el desprecio de sus antiguos correligionarios, por el abandono obligado de todos los adornos y la gloria externos, y por la aparente imposibilidad de encajar en un todo consistente la magnificencia de lo viejo y la exigüidad de lo nuevo.[27]

“La magnificencia de lo viejo y la exigüidad de lo nuevo . . .” Verdaderamente, había tanto en lo viejo que apelaba a los sentidos—de la vista y del oído y del tacto—cosas de naturaleza visible, tangible, para impresionar, incluso para atemorizar. La grandeza y la belleza del templo, la magnitud de su personal de trabajadores del templo y el atuendo ceremonial y la actividad de los sacerdotes y levitas cuando mediaban con Dios a favor de la gente ante su altar, el sonido del coro de cantores levitas, el sentimiento de ir a un lugar donde se creía que la presencia de Dios era particularmente evidente y, por tanto, de tener comunión con Él por medio de ofrendas visibles, tangibles, el acudir a ese lugar tres veces al año junto con miles de personas para celebrar fiestas sagradas—sencillamente no había nada de esto en la nueva fe cristiana. Sus seguidores no tenían ni un simple edificio de su propiedad dedicado a propósitos religiosos, se reunían en hogares, no tenían asambleas festivas tres veces al año, ni clase sacerdotal ni vestimentas sacerdotales, ni rituales ceremoniales, ni altar visible, ni sacrificios materiales, de hecho, ningún símbolo distintivo de algún tipo—pues incluso en la celebración de la cena del Señor, lo que se empleaba para representar el cuerpo y la sangre de su Señor (y todo lo que implicaba su ofrenda) eran simplemente pan y vino, elementos básicos de mesa. La aparente “exigüidad de lo nuevo . . .”.

Por qué es todavía hoy una transición difícil 

En el primer siglo muchos hicieron esa transición necesaria y aprendieron que el servicio a Dios, la adoración, no consistía, no dependía, o ni siquiera se enaltecía por la asistencia a algún lugar especial, algún edificio “sagrado”. Incluso la acción de reunirse juntos no se iba a ver como algo distintivamente “religioso”, es decir, más que otras facetas de la vida. Llegaron a apreciar que el reunirse juntos era para edificación mutua y para expresión de amor fraternal, animándose unos a otros, manifestando aprecio unos por otros, como parte de una relación de familia bajo el Hijo de Dios, no para tener un sentimiento especial de “religiosidad” o un sentido de estar “religiosamente limpios” por el mero hecho de reunirse.

Sea cual fuera el progreso que los cristianos profesos hicieran en sus puntos de vista durante los tiempos apostólicos, en tiempos posteriores hicieron un retroceso gradual a mucho de lo viejo. Volvieron en gran medida a lo que apela a los sentidos físicos. En el plazo de unos siglos volvieron una vez más a edificios sagrados, altares visibles, una clase separada de “siervos de Dios” especiales (sea sacerdotes o ministros) vestidos distintivamente, y a muchas cosas similares que impresionan la vista y atraen el oído y que se pueden tocar. Bajo la influencia seductora de estas cosas, el entendimiento fue suplantado demasiado a menudo por el sentimiento emocional. La cena del Señor, caracterizada inicialmente por la proximidad informal y el compañerismo cálido en una expresión de fe compartida, se convirtió a menudo en una observancia principalmente ceremonial, en la que el participante iba al oficiante religioso quien, de modo sacerdotal, administraba el “sacramento”. El pueblo, el laicado, se sentía “cómodo” en su relación con Dios en virtud de su regularidad en los servicios religiosos, o por realizar ciertos actos religiosos de modo regular. Esto, junto con el saber que por lo general eran parte de un gran sistema religioso, les daba un sentimiento de seguridad y de rectitud. Dejaron de apreciar el excelente valor espiritual de lo nuevo a causa de su “desnudez” y mostraron preferencia por una gloria externa como la de lo viejo. Y, a pesar de alegar gran diferencia respecto a “otras religiones”, creo que los Testigos de Jehová manifiestan muchas de las mismas evidencias de un regreso a lo viejo.

A los que se asocian con los Testigos de Jehová se les recuerda repetidamente que son parte de una gran organización, e incluso se les señala que su número es mayor que el de algunas naciones pequeñas del mundo. Se les dice con frecuencia que en ciertas etapas de la historia de la organización Dios ha suministrado revelaciones, “verdad revelada”, “nueva luz”, a través de ella, tal como Él lo hizo cuando hablaba a través de sus profetas del pasado. Se les ha enseñado a vivir en estricta obediencia a un código notablemente extenso de leyes, promulgadas por hombres que alegan representar a Dios cuando hacen eso, y cuyo rechazo se asemeja a la rebelión de Miriam y Aarón contra Moisés. A través de las publicaciones de la organización se les entrega un caudal constante de cifras de crecimiento numérico; se les muestra periódicamente fotos de grandes e impresionantes edificios construidos en diferentes países o comprados por la organización, lugares denominados “Betel”, de la palabra hebrea beth el que significa “casa de Dios”. Muchas de estas construcciones igualan o sobrepasan al templo de Jerusalén en tamaño y superficie. Algunos hacen peregrinaciones en grupo a la sede internacional en Brooklyn, la “Casa de Dios” principal, donde la organización tiene en propiedad grandes edificios de muchas plantas, ocupando manzanas enteras, o a los edificios Betel de su país. Ellos ven allí cómo el personal de la “Casa de Dios”, que llega a las centenas, a veces a los millares, está activo en lo que se denomina oficialmente “servicio sagrado”, comparable al servicio de los trabajadores levitas en el templo del pasado. El impacto en su visión y mente les comunica un sentimiento de poder, de fuerza visible. Se sienten atraídos a él, y temerosos de ser separados del mismo.

Habiendo trabajado en la sede internacional durante 15 años, y habiendo servido en el Cuerpo Gobernante durante nueve de esos años, no me cabe la menor duda de que los dirigentes tienen una compulsión virtual de estar adquiriendo continuamente propiedades y construyendo edificios, y de que de esa expansión física derivan, no solamente un sentido de fuerza, sino una reafirmación de su posición única en el mundo como “el conducto de Dios”. Tampoco tengo ninguna duda, basándome en esos mismos 15 años, de que en términos de lo que en realidad se produce—sea literatura o comunicaciones escritas o cualquier otro producto—esto se podría conseguir más eficientemente por otras organizaciones y con sólo una fracción del material y de los medios empleados por la organización Watch Tower. El programa de expansión física (en propiedades y en número de trabajadores) en que está embarcada, casi parece que se alimenta de sí mismo y que genera una necesidad de auto-perpetuarse  en pos de más y más de lo mismo. Puesto que, de hecho, todo esto es impresionante, y puesto que la organización equipara la expansión física con la prosperidad y bendición espiritual, y puesto que los Testigos suministran el dinero necesario, este proceso de adquirir y construir nunca ha sido mal recibido por la dirección. (Para más detalles sobre el programa de construcción de la Sociedad Watch Tower, vea el Apéndice).

Tal como hacía el antiguo Israel, los Testigos de Jehová asisten cada año a tres asambleas “sagradas” (según su definición), donde se reúnen grandes multitudes, que a veces llegan a los millares. Tres veces por semana asisten a cinco reuniones diferenciadas, las más grandes de las cuales se celebran en sus Salones del Reino, y se les asegura que la asistencia constante y fiel a estas reuniones es un factor de importancia para tener una buena posición ante Dios. De todas las ofrendas que pueden hacer a Dios, a ninguna se le asigna mayor valor y mayor énfasis que a llevar a las personas el mensaje que se encuentra en las publicaciones de la organización e inculcarlo en sus mentes; a esto se le aplica casi exclusivamente la expresión “sacrificio de alabanza”, y se le da gran importancia a hacer ofrendas semanales regulares de ese sacrificio en su altar de servicio como un factor importante, decisivo, que afecta su relación con Dios.[28] Y a la vasta mayoría se la impulsa a todo esto, poniéndoles delante de todas las maneras el cuadro constante de recompensas físicas y materiales que les esperan en un paraíso que está casi al alcance de la  mano, con tal que apoyen sin reservas estas cosas.

Después de haber estado inmerso en esta atmósfera por algún período de tiempo, ¿cuál sería el efecto en estas personas si se les transportase—no a los alrededores físicos—sino al tipo de vida religiosa vivida por los primeros cristianos? Creo que la vasta mayoría encontraría el cambio tan difícil como lo encontraron aquéllos a quienes se escribió la carta de Hebreos. Se les haría difícil aceptar la notable simplicidad de aquella vida religiosa, la ausencia de prácticamente todo lo que es impresionante material y físicamente, la apelación a la fe que deriva su fuerza de lo que no se puede ver, no de lo que se ve, de lo que es eterno y no de lo temporal y transitorio. El apóstol enfatizó la diferencia al decir: “andamos por fe, no por vista”.[29]

De Usted puede vivir para siempre en el paraíso en la Tierra, páginas 196-198

Creo que esta es por lo menos una de las razones por las que, al separarse de la organización Watch Tower, muchas personas sienten que deberían buscar algo que les ofrezca cosas similares—no las mismas doctrinas, sino algo que tenga alguna fuerza numérica, que tenga lugares especiales donde se celebren formas distintivas de servicio religioso. Muchos parecen incapaces de tener un sentimiento de identidad personal sin “pertenecer” a un sistema, a alguna organización con aspectos visibles, tangibles que la identifiquen. También sienten que deben “hacer algo”, queriendo decir algún tipo de actividad que sea “diferente”, distintiva. Todavía mantienen la perspectiva promovida por La Atalaya de que el servicio a Dios sólo es sagrado si tiene que ver con algo “fuera de lo ordinario”. Dejan de reconocer que el cristianismo cambió la vida de las personas principalmente, no por cambiar lo que hacían normalmente día a día, sino en virtud de darle un nuevo significado a todo lo que hacían, dándoles a todas sus actividades una cualidad diferente, un espíritu diferente, una motivación diferente.

        El único requisito indispensable

Con respecto a aquello de lo cual formaron parte los cristianos judíos y a los cambios que afrontaron, leemos el siguiente comentario:

“La entera dispensación [mosaica] [estuvo] envuelta con cosas visibles, tangibles, materiales, evanescentes. . . . Fue una sombra de las buenas cosas por venir; y Cristo introduce a los hombres a estas cosas reales, eternas. . . . En Él tenemos que ver, no con ceremonias externas y arreglos temporales, sino con lo que es espiritual; en Él entramos en contacto no con revelaciones imperfectas de Dios hechas por símbolo y médium humano, sino con  la misma imagen de Dios. Él media entre Dios y el hombre en virtud de Su conexión con ambos. Él conduce al hombre a una verdadera relación con Dios a través de Sí mismo, cumpliendo perfectamente la vida humana en obediencia a la voluntad de Dios. . . . Él es sacerdote en virtud no de lo que es de la carne, no por cargo heredado, sino en virtud de Su simpatía con los hombres y Su pureza personal . . . reuniendo a los hombres y a Dios por la entrega pura y perfecta de Sí mismo a Dios.[30]

Todas aquellas cosas visibles, tangibles, y los hombres y actos especiales envueltos en su uso, habían sido en realidad una sombra de las buenas cosas por venir. Algunos se aferraron a la sombra, a cosas que atraían a los sentidos, a cosas que ellos podían ver, oír y sentir, y esto los apartó de apreciar y abrazar genuinamente las realidades espirituales mucho mayores que fueron prefiguradas.[31] No se dieron cuenta de que el propósito común del viejo pacto y del nuevo pacto era llevar a los hombres a una relación con Dios, y que el viejo, a pesar de todos los impresionantes aspectos materiales, no estaba diseñado para alcanzar esto en el sentido pleno y completo, que sólo el nuevo era capaz.[32] Contrastando los dos pactos, el apóstol escribe:

“Porque si el código que administraba condenación fue glorioso, mucho más abunda en gloria la administración de la justicia. De hecho, hasta lo que en un tiempo fue hecho glorioso ha sido despojado de gloria en este respecto, a causa de la gloria que lo supera. Porque si lo que había de ser eliminado fue introducido con gloria, mucho más sería con gloria lo que permanece. . . . mientras tenemos los ojos fijos, no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.[33]

Hacía falta fe para aceptar eso, para poner valor sobrepujante en lo espiritual más bien que en lo visible, para envolverse en adoración que no era impresionante para el ojo, que no tenía ningún atractivo especial para el oído, que no estaba sujeta al tacto, sino que apelaba al corazón y al entendimiento; una adoración que no tenía necesidad de lugares especiales, momentos especiales, formas y funciones especiales, sino que encontraba su lugar en la vida cotidiana de la persona. Hacía falta fe para aceptar que el único requisito era una relación personal con Dios a través de su Hijo, que todas las otras cosas eran secundarias, incluso dispensables. Hace falta la misma clase de fe para hacer una adopción similar de valores en nuestro tiempo.

        El “cuerpo de Cristo”, ¿una organización religiosa o una comunidad de tipo familiar?

Si entramos en tal relación personal con Dios a través de la fe en el sacrificio de su Hijo, no permanecemos solos. Nos hacemos parte de ese “pueblo libre” cuya “ley” es la ley del amor, escrita no en tablas, sino en corazones humanos.[34]

A todos éstos se les describe como formando parte del “cuerpo de Cristo”.[35] El unirse a alguna organización o denominación religiosa o iglesia no tiene nada que ver con el ingreso en ese cuerpo. Nos convertimos en miembros de ese cuerpo de Cristo de una sola manera, por nuestra fe. Cualquiera que haya aceptado al Hijo de Dios como su Cabeza, se convierte en parte de ese cuerpo.[36] Es la fe individual, personal de cada uno lo que lo conecta a esa Cabeza, y la jefatura guiadora de Cristo continúa siempre disponible a cada uno como persona. Aunque forma parte de un cuerpo colectivo debido a una fe compartida mutuamente, nadie depende de la intervención o mediación de otro miembro o grupo de miembros para tener acceso a esa jefatura o para recibir su guía. Pues “Cristo es la cabeza de todo varón” y, a través de Cristo y de parte de Dios “a cada uno [a cada hombre y a cada mujer] le es dada la manifestación del Espíritu para provecho”, asignando Sus dones “a cada uno en particular”.[37] Hay “diferentes capacidades que una persona puede recibir”, “diferentes maneras de servir” y “diferentes maneras de hacer las cosas” pero el “mismo Espíritu”, el “mismo Señor” y “el mismo Dios el que las hace en todas las personas”.[38]

Este hecho de relación personal con Dios y Cristo se afirma de otro modo en las palabras de Jesús registradas en el capítulo quince del evangelio de Juan. Allí se representa a sí mismo como una vid y a sus seguidores como sarmientos unidos a la vid. Él no se presenta a sí mismo como simplemente las raíces de la vid y dice que la congregación es el tronco al cual deben estar sujetos sus seguidores. El estar unido a otros sarmientos tampoco es el vínculo vital. Es a Cristo, la vid, y a Cristo solo. Es en virtud de apegarse firmemente a él, y sólo a él, como la vid dadora de vida, que todos ellos son traídos a una unidad. Permanecen en esa vid por ‘permanecer en su amor’. Ese amor es la fuerza que los agrupa en una unidad, el cuerpo de Cristo.[39]

Como miembros de ese cuerpo, también es cierto que somos “miembros que pertenecemos individualmente unos a otros”.[40] A los cristianos se les muestra que deben ser, no miembros de un sistema religioso, sino miembros de una comunidad religiosa, un cuerpo de personas similar a una familia bajo un cabeza de familia, el Hijo de Dios. Los términos “familia” como en “familia de la fe” y “casa”, como en “casa de Dios”, se emplean para describir este hecho, y enfatizan la naturaleza como de familia que tiene la comunidad.[41] Describiendo el efecto de las buenas nuevas para los creyentes gentiles al abrirles una nueva relación, el apóstol escribe:

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estábais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de dos pueblos [judío y gentil] hizo uno . . .y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, . . . porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.[42]

Es cierto que a la vez que se les llama “familia de Dios” o “casa de Dios”, también se habla de ellos como “conciudadanos”, miembros de una “nación santa”.[43] Esto podría parecer que da apoyo a un fuerte aspecto “organizacional” de la comunidad. Pero aunque a los cristianos se les asemeja a una nación, no se pone ningún énfasis en el concepto de organización visible, terrenal. Se les recuerda que su “ciudadanía existe en los cielos” y que deberían ser como aquellos hombres que esperaban “la ciudad que tiene fundamentos verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios” y “un [lugar] mejor, es decir, uno que pertenece al cielo”.[44] Ellos son “conciudadanos” de igual rango, y su único gobernante es uno celestial. El que ellos sean conciudadanos ocurre, de hecho, en virtud de que todos tengan a Cristo como su Rey, y de que no contemplen a ningún gobernante terrenal, ni a ninguna forma de cuerpo gobernante que sirve en una capital terrenal—en Jerusalén, Roma, Brooklyn o en cualquier otro lugar—a través del cual fluyen las leyes y normas. El conducto de comunicación del rey es por medio del espíritu santo, que guía, dirige, instruye. Si los apóstoles hubieran querido enfatizar el concepto de organización, esta analogía de nacionalidad hubiera sido idealmente adecuada para hacerlo. En lugar de eso, en sus escritos raramente hacen referencia a este aspecto, y nunca lo resaltan como dominante. Más bien es la relación de familia a la que consistentemente se le da la mayor prominencia. Cuando se dirigen a los compañeros creyentes, nunca es como “mis conciudadanos”, sino consistente y predominantemente como “mis hermanos” (de modo similar, aunque forman un templo espiritual y un sacerdocio real, no se dirigen unos a otros como “mis compañeros sacerdotes”).[45] Todos ellos son parte de la casa de Dios, hermanos y hermanas en la única familia bajo Cristo.[46] Cristo mismo había colocado el fundamento para esa actitud de familia, diciendo:

¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.[47]

Con ese mismo espíritu, Pablo escribió a Timoteo:

“No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza. [48]

A la vista de toda esta evidencia y del ejemplo apostólico, ¿por qué favorecería un sistema religioso el poner el énfasis dominante en un concepto de organización más bien que en esta relación de familia? La razón evidente es que esto último, si se aplica genuinamente, no se presta a una aproximación autoritaria. Pues en esta familia, hay “solamente un Padre, el que está en el cielo” y “todos vosotros sois hermanos, y tenéis solamente un Maestro, que es Cristo”.[49]

        La ekklesia cristiana del primer siglo

La expresión más frecuente que se encuentra en las Escrituras Cristianas para describir colectivamente a los cristianos es el término griego ekklesia, que se traduce usualmente “iglesia” o “congregación”. Es de destacar, sin embargo, que este término por sí mismo no tiene ningún significado religioso. Su uso común en el griego era para describir una “asamblea” de ciudadanos convocados para decidir asuntos que afectaban a su bienestar. Encontramos que se usa este sentido típico, seglar, no religioso, en Hechos 19:32, 39, al describir la asamblea apresuradamente convocada de los plateros en Éfeso. Es evidente que por sí mismo, no transmite ninguna idea de una “organización” en el sentido de un arreglo estructurado, sino simplemente el de una asamblea de gente para considerar algún asunto de interés mutuo, o el de las personas mismas reunidas para tal fin.[50]

Los cristianos del primer siglo no “pertenecían” a una ecclesia, iglesia o congregación local, en el sentido de pertenecer, o de ser miembros formales de una organización religiosa. Si se reunían con otros, formaban parte, en virtud del propio acto de reunirse, de la “reunión” o “asamblea” local (ekklesia). La “llamada” que los congregaba no provenía de alguna autoridad religiosa. Era la llamada de las buenas nuevas que los atraía, una llamada no meramente para compartir sus propios pensamientos y opiniones, sino básicamente para oír el mensaje de Dios. Y durante el primer y segundo siglo, cuando se reunían lo hacían, no en edificios religiosos especiales, sino en hogares.[51] Discutiendo el término ekklesia tal como lo empleó Pablo en sus primeras cartas, el erudito Robert Banks afirma:

“. . . nunca durante este período se aplica el término al edificio en el cual se reúnen los cristianos. Sea que estemos considerando las pequeñas reuniones de sólo algunos cristianos en una ciudad o las reuniones más grandes que incluyen la entera población cristiana [en esa ciudad], es en el hogar de uno de los miembros, donde se celebra la ekklesia—por ejemplo en el “aposento de arriba” [Hechos 20:8]. No es hasta el tercer siglo que tenemos evidencia de que se construyan edificios especiales para las reuniones cristianas y, entonces incluso, estaban modelados según la estancia en la cual se recibía a los huéspedes en la típica casa romana y griega.[52]

De modo similar, el comentario The Expositor’s Greek Testament afirma:

“Hasta el tercer siglo no tenemos ninguna evidencia cierta de la existencia de edificios de iglesia para el propósito de la adoración; todas las referencias señalan a casas para ello.[53]

Puesto que ellos por sí mismo formaban un “lugar” espiritual “donde habite Dios”, no tenían necesidad de edificios especiales para adoración (ni estaba limitado a ciertos momentos o ciertos días el “habitar” de Dios en ellos).[54] Como muestra la evidencia arqueológica, los hogares de aquellos tiempos rara vez tenían una estancia con capacidad para más de unas cuarenta personas.[55] Por lo tanto, las reuniones eran relativamente pequeñas. Estas reuniones en hogares suministraban un contexto en el que se podía desarrollar el sentimiento de una relación como de familia, pues creaban una atmósfera conducente a la expresión de los lazos que les unían en una hermandad, y favorable para que creciese y se profundizase ese sentido de hermandad. Podían llegar a conocerse más fácilmente y a tomar conciencia de las necesidades, intereses y preocupaciones mutuas.

Esta imagen de una congregación puede ser bastante diferente del concepto que prevalece en la mayor parte las personas hoy, ciertamente distinta de aquello a lo que está acostumbrada la mayoría. No obstante, abarca lo que quizás sea un aspecto incluso más fundamental del cristianismo y del significado esencial de la palabra “congregación” o “iglesia” (ekklesia) en términos cristianos. Señalando a esto, el conocido erudito suizo Emil Brünner escribe:

“Donde se cree y se predica la Palabra de Dios, donde se reúnen dos o tres en el nombre de Cristo, allí está la Iglesia. Sea lo que se diga adicionalmente sobre la Iglesia, esto es fundamental. Esta afirmación nunca—ni siquiera en nuestro día de hoy—se ha entendido en toda su fuerza revolucionaria. La asamblea de dos o tres debe reconocerse como que es la Iglesia, aunque sea en forma imperfecta. Cuando un padre reúne a su familia alrededor de él para exponerles el Evangelio según su manera humilde, o cuando un lego, con un corazón completo, proclama la palabra de Dios a un grupo de gente joven, allí está la Iglesia. Quienquiera que se separe de esta regla, quienquiera que piense que se debe añadir algo más para hacer de esto la Iglesia real, ha entendido mal el significado del mismo corazón de la Fe evangélica.[56]

La mayoría hoy día cree que “se debe añadir algo más”. La misma simplicidad del asunto va en contra de su concepto de una “congregación”. Las religiones, por lo general, intentan superponer la idea de “organización” o “denominación”, con una estructura de autoridad añadida, como algo necesario para que cualquier asamblea pueda ser reconocida como una congregación cristiana “real”. El mensaje bíblico no les apoya. La promesa de Cristo no les apoya.[57] La asamblea de dos o tres no tiene por qué ser todo lo que uno desearía, ni debería frenar la fuerza que impele a abrirse para alcanzar a otros, pero es suficiente para que apliquen las palabras de Cristo: “allí estoy yo en medio de ellos”. La adición de cien o mil personas a las dos o tres, el traslado del lugar de reunión a un gran edificio, o la presencia de una docena o más de hombres que detentan un cargo por nombramiento organizacional, no añadiría un ápice a la “realidad” de que eso es una asamblea o una congregación cristiana. La presencia del Hijo de Dios, el Cabeza de la congregación, es la única validación necesaria.

        Reuniones para animarse al amor y a las buenas obras

Estos hechos nos ayudan a apreciar el sentimiento y la fuerza de esta exhortación citada con frecuencia:

Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.[58]

La libertad cristiana no ofrece ninguna excusa para mostrar apatía hacia otros, y vivir simplemente para uno mismo. El amor atrae a la gente entre sí. Como miembros del cuerpo de Cristo, somos “miembros que pertenecemos individualmente unos a otros”.[59] Entonces ¿puede decirse que este énfasis en reunirse en el texto citado pone límites a nuestra libertad cristiana, inhibe nuestra expresión de ella, o nos sujeta otra vez a la ley, a reglas? Al contrario, da mayor significado, mayor valor a nuestra libertad.

No hay nada relacionado con la rigidez o el formalismo de las obras de ley en nuestro interés personal en los demás, en mostrar afecto por ellos y por su crecimiento espiritual, en nuestro deseo de estar con ellos en reunión fraternal. Ni en la exhortación de Hebreos 10:24, 25 ni en ninguna otra parte de las Escrituras tenemos un conjunto declarado de reglas que rijan estas reuniones de compañeros creyentes.[60] Algunos emplean este texto como una forma de “garrote” espiritual para forzar la asistencia estricta a reuniones celebradas rutinariamente en momentos específicos, aunque el hacer eso exige que se vaya más allá de lo que contiene la exhortación. La palabra griega que se vierte “abandonar”, “dejar de” (o en términos similares), denota deserción o abandono, algo mucho más serio que una mera irregularidad o falta de frecuencia ocasional.[61] Tampoco hay nada que muestre que los apóstoles de Jesús presentasen jamás la asistencia a esas reuniones como de mayor mérito como “adoración” que otras expresiones de amor y de fe hechas en una vida cotidiana cristiana. No encontramos esta idea en ninguno de los escritos apostólicos. Como lo expresa una obra antes citada, los cristianos aprendieron, o fueron estimulados a aprender, que:

“. . . la adoración envuelve toda la vida de uno, toda palabra y acción, y no conoce lugar o momento especial. . . . Puesto que todos los lugares y momentos se han convertido ahora en una ocasión para la adoración, Pablo no puede hablar de la asamblea cristiana en la iglesia [ekklesia] de modo distintivo para este fin. Ya están adorando a Dios, de modo aceptable o inaceptable, en cualquier cosa que estén haciendo.[62]

Al considerar la evidencia bíblica de la comunidad cristiana primitiva, el hecho notable es que no encontramos ningún patrón para saber cómo deben ser las reuniones cristianas. Inicialmente, después del Pentecostés, los apóstoles y otros se reunían diariamente en el templo para discusión y exhortación.[63] No es realista asumir que la mayoría sería capaz de hacer eso después de ese período inicial, ni hay ninguna indicación de que lo hiciera. Su compartir comidas con sus hermanos en varios hogares se lista junto con sus reuniones en el templo, y, puesto que las comidas eran a menudo la ocasión para que Cristo proveyese informalmente beneficio espiritual, parece que esto era cierto también en este caso.

En Éfeso, Pablo se reunió durante los primeros tres meses en la sinagoga, por lo tanto de modo semanal cada sábado.[64] Cuando dejó de ir a la sinagoga, mantuvo discusiones “cada día en la escuela de uno llamado Tiranno”, haciendo esto por un período de dos años.[65] No es lógico asumir que aquellos que se reunían con él eran las mismas personas cada día, pues pocas personas podrían estar libres para pasar tiempo de este modo por un período de dos años. Sabemos que Pablo estaba allí un día tras otro; no sabemos definitivamente de nadie más que estuviese allí. Tampoco hay nada que indique que después de eso en Éfeso—o en alguna otra parte—los cristianos se reuniesen con idéntica frecuencia. En muchas ciudades del imperio romano la población esclava era muy grande, llegando a un tercio de la población de las mayores ciudades, como Roma, Éfeso, Antioquía y Corinto.[66] Aunque muchos de éstos no eran meros peones, sino que tenían cargos a veces de gran responsabilidad, todavía es inverosímil que la mayoría de los esclavos fuesen libres de asistir a las reuniones a voluntad.

Aparte de estos relatos en el libro de Hechos, las Escrituras Cristianas, aunque están repletas de todo tipo de exhortaciones, simplemente no contienen nada que esboce o recomiende ningún programa específico para las reuniones cristianas, como tiempo, frecuencia o  formato. La exhortación de reunirse está ahí, siendo el amor entre compañeros la fuerza motivadora. Se afirma que el objetivo y propósito esencial es incitarse mutuamente al amor y a las obras excelentes; pero la forma y manera de hacerlo se dejan abiertas.

Este rasgo de las reuniones informales entre cristianos primitivos permitía que las personas se expresasen ellas mismas, que fuesen ellas mismas, que hablasen desde su propia mente y corazón, no que simplemente repitiesen material suministrado, participando en una sesión de preguntas y respuestas catequista, preconcebida, estrechamente controlada. Las personas llegarían a conocerse genuinamente unas a otras, a saber en realidad cómo sentían y cómo veían los asuntos los demás, no se limitarían a solamente oírles hacer declaraciones que en realidad eran representativas del pensamiento y de la opinión de otra persona más bien que del propio individuo.

En ausencia de control estrecho por una estructura de autoridad, ¿qué impide que estas reuniones degeneren en debates sobre puntos de vista discrepantes? Incluso durante el tiempo de los apóstoles, que tenían una autoridad especial divinamente asignada, no hay nada que indique que ellos o cualquier otro, individual o colectivamente, ejerciese un control rígido sobre las reuniones y las discusiones de cristianos. Quizás la más extensa, casi la única discusión sobre las reuniones, es la que se encuentra en Primera a los Corintios capítulo catorce. Y ahí, el único énfasis se coloca en el orden básico y considerado, y en intentar transmitir conocimiento.

En otras partes, por supuesto, hay exhortaciones contra el debatir, el habla antagónica, las discusiones inútilmente complicadas y prácticas negativas similares.[67] Pero, más bien que ejercer algún tipo de fuerza coercitiva sobre los creyentes, los medios para combatir estas malas prácticas eran primordialmente persuasivos, enfatizando y animando las cualidades positivas.

Esta libertad, pues, representó tanto una oportunidad como una prueba. Exigió de todos los que la compartían, a demostrar que de hecho estaban reunidos juntos para edificarse mutuamente y para animarse al amor y a las obras excelentes—no meramente para hacer una exhibición de conocimiento personal, o para promover y debatir teorías personales. En lugar de eso, debían mostrar consideración por los demás, ejerciendo autocontrol para el bien de todos, manifestando humildad, deferencia, paciencia, entendimiento, empatía, compasión e interés sincero por reflejar la jefatura del Hijo de Dios.[68] Estos son los remedios auténticos contra la confusión o las disputas, y son la fuente apropiada de paz y armonía. Son el producto del Espíritu santo de Dios, y era ese Espíritu el que serviría de factor controlador, preservando el orden y asegurando la atmósfera sana y la calidad de las reuniones.[69] En tanto que las personas manifestasen un espíritu de respeto profundo a la jefatura de Cristo, considerándolo como que estaba “entre ellos”, los asuntos no se escaparían de las manos ni degenerarían en habla inútil, insana, contenciosa, incluso cuando su número visible fuese aparentemente tan insignificante como de dos o tres.[70] Lo mismo es cierto de nuestro tiempo.

Las divisiones surgen cuando las personas intentan transformar en definido, explícito y conclusivo lo que las Escrituras mismas dejan indefinido o sujeto a más de un posible entendimiento. Surgen cuando las personas hacen grandes controversias de lo que—cuando se considera el cuadro completo—no son más que puntos menores; cuando hacen reglas de lo que es un simple consejo o la afirmación general de un principio. También pueden surgir cuando las personas dejan de reconocer que, aunque tienen una relación personal con Dios y Cristo, también la tienen todos sus otros hermanos y hermanas, y que nadie tiene ninguna “línea de comunicación” especial con Dios y su Hijo que no esté disponible a todo otro miembro del cuerpo. Esto nos puede proteger contra el pensar que tenemos alguna perspicacia única o relación íntima especial que nos separa de los demás, que nos hace un “conducto” divino para ellos.

Cuando Pablo escribió a los Corintios urgiéndoles a estar “unidos en la misma mente y en la misma forma de pensar”, el contexto muestra que estaba apelando, no a una uniformidad total de entendimiento de todos y cada uno de los puntos de las Escrituras, sino más bien a apartar a un lado las actitudes divisoras que los estaban separando en facciones, de modo que pudieran ser de disposición y perspectiva unificadas.[71]

La prueba de la verdadera unidad no es la uniformidad de creencia en todos los aspectos. Las cartas de Pablo muestran casi sin excepción que entre los cristianos en los diferentes lugares a donde él escribió, había quienes veían algunas cuestiones de modo diferente a otros. La unidad cristiana se prueba a sí misma auténtica cuando existen diferencias de opinión y, no obstante, las personas que mantienen esas diferencias evitan ser divididas por ellas. Y hacen esto porque reconocen que, aunque difieren en el entendimiento de ciertos puntos, son miembros de una familia espiritual que comparte una fe común basada en enseñanzas fundamentales claramente expuestas, contenidas en las buenas nuevas.[72] No la uniformidad, y ciertamente tampoco una uniformidad impuesta humanamente, sino el amor es “el vínculo perfecto de unión”.[73]

Esto también crea el clima favorable en el cual pueden crecer y profundizarse el conocimiento y el entendimiento. Las diferencias de opiniones, más bien que dividir, pueden motivar a las personas a hacer mayores esfuerzos por entenderse—tanto en lo que respecta a la opinión misma, como a la persona que la mantiene. Las diferencias pueden despertarnos a estudio y meditación aumentados, de modo que tratemos con cualquier problema que puedan presentar estas opiniones, y nos pueden impeler a hacer esfuerzos para encontrar una solución para ellas en el amor. De este modo pueden terminar por hacer evidente cuán genuino es el cristianismo de cada uno, incluso como lo indica el apóstol en 1 Corintios 11:19.

De este modo, la libertad cristiana representa un desafío para nosotros en nuestra asociación con los demás, pues nos exige demostrar que verdaderamente tenemos “la mente de Cristo”.[74] Si nos ‘adherimos firmemente a él como nuestra cabeza’ en todas las cosas y en todos los momentos, nunca dejaremos de probar que nosotros mismos somos “miembros que pertenecemos individualmente unos a otros” armoniosamente dentro de su cuerpo de seguidores.[75]

        ¿Hace falta una estructura de autoridad?

¿Cómo llegaron a existir las congregaciones en el primer siglo? No hay nada que indique que las personas fueran “organizadas” en una congregación. ¿Cómo se formaba una congregación? Se formaba simplemente como resultado de que la gente se congregaba, haciendo esto por fe mutua y por interés mutuo en edificarse unos a otros en esa fe. ¿Qué hay, pues, de los diferentes términos que se encuentran en las Escrituras Cristianas, tales como anciano, superintendente (“obispo”, Versión Reina-Valera), diácono (“siervo ministerial”, Traducción del Nuevo Mundo), maestro, pastor?

Las circunstancias del primer siglo en este respecto pueden servir de modelo. Éste, sin embargo, no puede ser un modelo preciso. La razón es que no todas las circunstancias permanecen iguales hoy día.

Leemos que la casa o familia de Dios estaba edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular de fundamento”. Aunque no está presente sobre la tierra, Cristo Jesús permanece con nosotros y “en unión con él, el edificio entero, unido armoniosamente, va creciendo”.[76] Pero esto no es así en el caso de los apóstoles. Ellos ya no están. El mismo hecho de que tenían un propósito ‘fundacional’ implica que su función era apropiada en las etapas iniciales del cristianismo. Los “profetas” a los que se alude pueden ser profetas cristianos, más bien que los profetas precristianos de las Escrituras hebreas.[77] Si es así, el hecho de que se mencione a los profetas del mismo modo que a los apóstoles indicaría un papel inicial similar en el cristianismo, uno que, como el de los apóstoles, tenía que terminar.[78]

Al igual que muchas otras religiones, los testigos de Jehová aceptan que no hay sucesión apostólica más allá del primer siglo. No obstante, como hemos visto, aunque no toman el título de apóstol, ni dicen de sí mismos que adoptan el cargo de apóstol, algunos hombres en distintas religiones intentan arroparse a sí mismos con autoridad apostólica. El Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová asume una autoridad equiparable a la de los apóstoles, a veces incluso superior a la de los apóstoles.[79] Los líderes de algunas otras religiones hacen algo parecido. Hoy día sólo podemos ser ‘apostólicos’ en el sentido de apegarnos a la enseñanza apostólica. Aparte de Cristo Jesús, el Espíritu santo, y la Palabra de Dios, aquellos pocos hombres eran, en virtud de su nombramiento divino, la única fuente externa de autoridad apropiadamente reconocida por cualquier grupo de cristianos congregados. Pero su asignación y autoridad apostólicas recibidas divinamente eran únicas. No existen hoy día. Esto tiene un efecto considerable en nuestro entendimiento de cómo ciertas circunstancias en la etapa inicial del cristianismo pueden diferir de nuestro propio tiempo.

        Un arreglo dinámico, no estático

Otro factor que contribuye a nuestro entendimiento es el principio establecido en Efesios 4:11-16. Afirma que los servicios que rinden las personas en las congregaciones, incluyendo los realizados por los apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores y maestros, fueron todos diseñados para llevar a la gente a una meta. Como hemos visto, la meta era, no que permaneciesen siendo niños, necesitando que otros les enseñasen y les pastoreasen, sino que tenían que “crecer en toda forma unidos en Cristo, quien es la cabeza del cuerpo”.[80] El paso del tiempo debería reducir su necesidad de que otros les rindiesen tales servicios y debería aumentar su propia habilidad para actuar como personas adultas, maduras, que no son constantemente dependientes de otros. En la carta a los Hebreos el escritor reprende a aquéllos a los que se dirige, diciendo: “Después de tanto tiempo ya debíais ser maestros”.[81]

Cualquier sistema religioso que perpetúa la dependencia de sus miembros de los servicios de ciertos hombres, está actuando en contra de la meta propuesta. No es que se espere que cada persona se desarrolle para llegar a ser igual que todas las demás, teniendo las idénticas habilidades o “dádivas” en la misma medida. Pero todos deberían llegar a ser cristianos “adultos”, maduros en entendimiento y en la habilidad de vivir una vida cristiana, de tomar decisiones maduras que sean suyas propias, no las de alguna otra persona. Todos deberían ser miembros activos del “cuerpo de Cristo”, y no deberían estar meramente recibiendo los servicios de otros miembros, sino contribuyendo por sí mismos un servicio valioso y beneficioso. Esa es la imagen que se nos transmite en las Escrituras Cristianas.[82]

En lugar de continuar en la necesidad constante de un servicio de pastoreo por parte de otros, deben adquirir fuerza para ser capaces de acudir por sí mismos en ayuda de los demás. No a los representantes de una iglesia o a los líderes de una organización, sino a los cristianos en Galacia en general, es a quienes Pablo escribe:

Hermanos, si alguno incurre en falta, vosotros que sois hombres de espíritu, debéis corregirle con amabilidad. Y manteneos todos sobre aviso, porque nadie está libre de ser puesto a prueba. Ayudaos mutuamente a llevar las cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo.[83]

Discutiendo esta exhortación, un comentario afirma:

“Es muy impresionante que ‘amarse unos a otros’, ‘llevar las cargas de los demás’ y ‘cumplir la ley’ sean tres expresiones equivalentes. Esto indica que amarse unos a otros como Cristo nos amó, puede llevarnos no a algún acto heroico espectacular de autosacrificio, sino al ministerio mucho más mundano y falto de espectacularidad de llevar las cargas. Cuando vemos a una mujer, un niño o un anciano llevando una carga pesada, ¿no nos ofrecemos para llevarla por ellos? Así, cuando vemos a alguien con cargas pesadas en su corazón o mente, debemos estar dispuestos a ponernos a su lado y compartir su carga. De modo similar, debemos ser suficientemente humildes para permitir que otros compartan las nuestras. Ser un llevador de cargas es un gran ministerio. Es algo que puede hacer y debe hacer cada cristiano. Es una consecuencia natural de andar en el Espíritu. Cumple la ley de Cristo.”[84]

        Énfasis en servicio y función, no en cargo y posición

Un factor final que requiere consideración es que las diferentes designaciones de pastor, maestro, evangelizador, y así por el estilo, describen servicios que deben rendirse, trabajo que debe hacerse a favor de la comunidad cristiana, no cargos en el sentido de posiciones institucionales en un arreglo estructurado.[85] Como hemos visto, el apóstol menciona “apóstoles, profetas, maestros” en su comparación de la comunidad cristiana con el cuerpo humano. Pero antes de eso él describe las dádivas espirituales que capacitan a todos, a cada uno de los miembros (por tanto, incluso a los apóstoles, profetas y maestros) para cuidarse mutuamente unos de otros, y al hacerlo así, él pone la atención, no en cargos o posiciones organizacionales, sino en servicios y trabajo, diciendo:

“Hay diferentes maneras de servir, pero es a un mismo Señor a quien servimos Y hay diferentes maneras de hacer las cosas, pero es un mismo Dios el que las hace en todas las personas. Dios da a cada uno alguna prueba de la presencia del Espíritu, para el provecho de todos. . . Pero todas estas cosas las hace el único y mismo Espíritu, el cual reparte las diferentes capacidades a cada persona según él mismo quiere.[86]

El apóstol Pablo demuestra el énfasis en el servicio o en la actividad realizada, más bien que en el cargo, empleando a veces simplemente una forma verbal en lugar de un nombre. Como ilustración, si uno emplea el nombre “presidente”, se transmite inmediatamente la idea de un cargo. Si en su lugar se emplea la forma verbal “presidir”, la idea recae sobre la acción y no sobre el cargo o la posición. En el versículo 28 de la porción antes citada de 1 Corintios 12, junto con nombres tales como “apóstoles”, “maestros”, “profetas”, el apóstol también lista algunos formas verbales como “asistir a los necesitados” y “presidir la asamblea”.[87] Algunas traducciones convierten estas formas verbales en nombres, tales como “ayudantes, administradores” (The Revised Standard Version), “ayudantes, buenos guías” (Jerusalem Bible), “ayudantes, consejeros” (Phillips Modern English), “asistentes, administradores” (New American Bible, Edición Revisada), “[los que tienen] habilidad para ayudar a otros o poder para guiarlos”, (The New English Bible). Como afirma el erudito Robert Banks:

“Las dos formas verbales griegas] simplemente significan prestar asistencia y dar dirección de un modo menos personalizado. . . . ‘obras de ayuda’ e ‘iniciativas prácticas’ son tan cercanas entre ellas como sea posible. Otra vez, estos términos no son de carácter técnico. Ciertamente, no tienen que ver con posiciones oficiales en la iglesia. Su aplicación a funciones, más bien que a personas envueltas en esas funciones, su rango tan bajo en la lista de dádivas y, quizás, su aparición sólo aquí en el Nuevo Testamento, apoyan esto.”[88]

En la obra New International Dictionary of New Testament Theology, Tomo I, página 197, encontramos este comentario:

“El presente escritor cree que en la iglesia conocida por Pablo todavía no había cargos institucionalizados o diferenciados con precisión. . . . Esto se confirma por la lista de dádivas en Rom. 12:8, donde el prohistamenos [“dar dirección” o “cuidar de”] se caracteriza por spoude (celo). El prohistamenos se lista junto al didaskon (el que enseña), el parakalon (el que exhorta), el eleon (el que hace obras de caridad). Todas estas palabras son formas verbales, que sugieren una actividad más bien que un cargo.

Otro factor digno de tener en mente, si queremos desarrollar un punto de vista exacto en este campo, es que a menudo las palabras del lenguaje original permiten una variedad bastante amplia de significados. Algunos traductores escogen aquellos significados que dan apoyo al concepto de un arreglo estructurado y de considerable autoridad oficial. Como ejemplo, la New American Bible emplea en Romanos 12:8 la expresión “el que manda debería ejercer su autoridad con cuidado”. Aquí la expresión “el que manda” es una traducción del griego ho proistámenos (literalmente, el [uno] que está de pié delante). Otras traducciones que dan un tono autoritario a su traducción emplean términos tales como “el hombre con autoridad” (Phillips Modern English), “líder” (The New English Bible, The New Revised Standard Version) “liderazgo . . . gobierno” (The New International Version). No obstante, la Revised Standard Version vierte esta misma expresión simplemente como “el que da ayuda”. ¿A qué es debida esta diferencia?

Es debida a que el término del lenguaje original (proistemi) tiene una amplia gama de significados. Fuentes consultadas indican que puede significar guiar, dirigir, asistir, proteger, representar, cuidar de, apoyar, preocuparse de, aplicarse en.[89] El contexto es la guía para saber cuál de estos significados es apropiado y generalmente en los lugares de las Escrituras Cristianas donde aparece este término, los traductores escogen entre los dos sentidos de “dirigir” y “cuidar de“.[90] Los que se inclinan por dar un tono de autoridad, lo hacen; los que favorecen un sentido de cuidar y de apoyar, lo indican de modo similar con su traducción. Sea cual sea el caso, la traducción “el que da ayuda” tiene validez plena y ciertamente armoniza bien con el espíritu de las Escrituras Cristianas como un todo, y particularmente con el ejemplo y el espíritu del Hijo de Dios.

La misma expresión aparece en 1 Tesalonicenses 5:12, donde encontramos esta exhortación (según vierte The New Revised Standard Version):

“Apelamos a vosotros, hermanos y hermanas, para que respetéis a los que trabajan duro entre vosotros, y están a cargo de vosotros en el Señor y os amonestan.”

Encontramos otra vez un rango similar de traducciones de esta expresión. Algunas leen: “[los que] ejercen autoridad en el Señor” (New American Bible); “[aquéllos] sobre vosotros en el Señor” (The Revised Standard Version). Otras traducciones, sin embargo, leen: “[los] que os conducen en el servicio del Señor” (AT), “[los] que el Señor ha escogido para guiaros” (Today’s English Version), “[los] que os dirigen y aconsejan en el Señor” (Versión Popular), “[los que] os presiden en el Señor y os amonestan” (Versión Reina-Valera), “[los que] os presiden y os aconsejan en el nombre del Señor”, (Versión Interconfesional). Otra vez aquí en este versículo, igual que en 1 Corintios 12:28, no se emplean nombres, sino las formas verbales “trabajando”, “cuidando (o conduciendo)”, y “enseñando (o amonestando)”. Indicando las diferencias que esto produce, Banks comenta:

“Estas tres palabras juntas indican simplemente el esfuerzo invertido por estas personas en llevar a cabo sus tareas, el carácter apoyador de su trabajo y la nota de exhortación y de advertencia apropiada para ello. . . . lo que está en juego aquí no son posiciones oficiales dentro de la comunidad, sino funciones especiales.[91]

        Puntos de vista estrechos debidos a prejuicios

Aparte de las preferencias de ciertas traducciones, nosotros mismos podemos permitir que nuestro entendimiento del pasado quede influenciado por lo que vemos que es normal en nuestro día. Tenemos la tendencia natural a transponer o proyectar hacia atrás los puntos de vista existentes, superponiéndolos a las circunstancias pasadas. Si vivimos en una sociedad altamente estructurada, o estamos acostumbrados a un sistema religioso estructurado, quizás permitamos que esto influya en el entendimiento que tenemos de algunas expresiones bíblicas de algunos modos que van más allá de lo que muestra la evidencia.

Si vemos la palabra “ministro” en un texto bíblico, quizás pensemos en “ministros” religiosos tal como los vemos hoy día. Sin embargo, la palabra empleada por los escritores cristianos (diakonos) significa simplemente un “sirviente, ayudante, asistente”.[92] El sentido llano, humilde que transmite la palabra tal vez se expresa del mejor modo en la declaración de Jesús:

“Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor [diakonos, “ministro” (Traducción del Nuevo Mundo)], y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido [del verbo diakoneo, “para que se le ministrara” (Traducción del Nuevo Mundo)], sino para servir.[93]

En este sentido básico, todos los cristianos, no solamente una o unas pocas personas de un grupo, deberían ser “ministros”, es decir, personas que se ponen ellas mismas al servicio de otros. Ser un “ministro” en este sentido es bien diferente de lo que la mayoría de las personas entendería hoy que significa ese término.[94]

La misma palabra griega se vierte “diácono” en algunos casos, y esto también nos lleva a pensar en términos de un cargo de iglesia, mientras que otra vez el sentido es simplemente el de un “ayudante” o “asistente”, de alguien que sirve de alguna forma necesaria.[95] Las Escrituras no dan ningún detalle ni establecen ninguna función específica ni forma de servicio para los llamados a servir de este modo para beneficio de un grupo.

Algunas traducciones a menudo vierten el término episkopos como “obispo” y para el lector es prácticamente imposible en este caso no pensar en términos de cargo eclesiástico.[96] Incluso cuando se encuentra la traducción más correcta “superintendente”, todavía puede existir la tendencia a pensar en supervisión en sentido oficial y organizacional. Yo pensaba de ese modo hasta que trabajé en el artículo “Superintendente” para el libro Ayuda para entender la Biblia y vi entonces que el sentido básico del término no requiere en absoluto esa visión. Como afirma el material preparado para esa obra en relación con la fuente original del término:

“Por lo tanto, el Theological Dictionary of the New Testament . . . muestra que las formas verbales (episkopéo y  episképtomai) se usaban básicamente en el sentido extrabíblico de “mirar”, “pensar”, “tener en cuenta algo o alguien”, “velar por”, “reflexionar en algo”, “examinarlo”, “someterlo a investigación”, y “visitar”, usándose en este último sentido especialmente con referencia a visitar a enfermos, sean estas visitas de amigos para atender al enfermo o del médico mismo. La mencionada obra también dice que la Versión de los Setenta utiliza estos términos en el sentido más profundo de “estar interesado por algo”, “cuidar de algo”, y lo aplica de esta manera a un pastor y sus ovejas.”[97]

Puesto que en su uso seglar, el término (episkopos) puede emplearse para significar supervisar, escrutar e inspeccionar, podríamos superponer a las referencias de las Escrituras Cristianas la idea de un superintendente o supervisor organizacional que “supervisa” la actividad de otros, inspeccionándolos y urgiéndoles a su trabajo asignado.[98] Pero ¿por qué deberíamos hacerlo cuando el término por sí mismo no lo requiere? Incluso donde fuese admisible semejante definición, ¿por qué adoptarla preferentemente en lugar del sentido básico e igualmente válido de un interés aplicado, de mirar de visitar a una persona motivados por interés en sus necesidades? De seguro que este sentido armoniza mucho mejor con el espíritu de las declaraciones de Cristo a sus discípulos, con los principios de servicio humilde que él difundió. Pablo capturó este espíritu en su afirmación:

No es que queramos imponeros lo que tenéis que creer, pues ya estáis firmes en vuestra fe; más bien queremos ayudaros a tener más gozo.[99]

        Ancianos en la comunidad cristiana

El término más básico relacionado con la dirección en una congregación es el de anciano. En los lenguajes bíblicos, la palabra significa simplemente “persona de más edad”. Sería un error pensar que el concepto de anciano es algo vinculado inherentemente a la religión. En realidad, es quizás la forma más antigua de dirección de comunidad que se conoce en la historia.[100] En tiempos bíblicos, Egipto, Moab, Madián, Gabaón tenían sus ancianos, quienes actuaban en representación de las familias de las comunidades de su residencia.[101] Cuando Israel se estableció en Canaán, cada ciudad y cada pueblo tenía sus ancianos que servían de manera similar.[102] No se les describe como una especie de cuerpo de administradores funcionando continuamente de modo oficial. Más bien, eran evidentemente personas respetadas que estaban disponibles siempre que surgía la necesidad, que estaban preparados cuando se les requería para prestar ayuda en el trato con dificultades o problemas, fuese a favor de una persona o de la comunidad como un todo.[103] No hay nada que indique que había algún modo de nombramiento de los ancianos israelitas en un sentido organizacional—ningún rey, ningún sacerdote los “nombraba” como ancianos—ni de que se les considerase como que estaban ocupando un “cargo”. La ausencia de toda evidencia en este sentido parecería indicar que más bien era simplemente cuestión de que un hombre fuese estimado por la comunidad como una persona que manifestaba sabiduría y juicio sano, de que fuese reconocido como tal por los que ya eran considerados ancianos de la comunidad. Sería considerado como anciano básicamente como resultado de lo que era como persona. Todo el asunto reflejaba la actitud de respeto y de deferencia que se mostraba en aquellos tiempos a las personas de edad y de experiencia, tanto en la familia como en la comunidad.

Cuando se formaron las comunidades cristianas, entró en vigor un modelo similar de dirección y de ayuda. Es cierto que leemos que Pablo y Bernabé “nombraron ancianos” en varias ciudades que visitaron, y que Pablo dio instrucciones a Tito de “nombrar ancianos” (“establecieses ancianos”, Versión Reina-Valera) en diferentes lugares de Creta.[104] No obstante, la obra Theological Dictionary of the New Testament, dice con respecto a Hechos 14:23:

“En el griego seglar, presbyteros significaba simplemente ‘hombre de edad’ – por lo menos fuera de Egipto. Posiblemente Lucas lo entendió de este modo en Hechos [14:23]. Si fue así, entonces Pablo nombró a algunos de los ‘ancianos’ para una responsabilidad particular, no a algunas personas a la posición de anciano.[105]

Sea cual fuere el caso, aquellas eran circunstancias especiales y envolvían la autoridad apostólica, ejercida o directamente, o a través de un delegado (como en el caso de Tito), una autoridad que ya no existe. Es cierto que no todos los ancianos en todos los lugares llegaron a serlo por visita personal de apóstoles o de representantes de apóstoles, y no se dice nada relativo a que la condición de anciano fuese conferida por correspondencia en tiempos cristianos. Por lo tanto, el que ellos llegasen a ser ancianos era evidentemente el resultado de que fuesen estimados localmente como personas con sabiduría y juicio sano, resultando en que fuesen reconocidos como hermanos ancianos por aquellos con los que se congregaban. Y, como sugiere la fuente citada, en tales casos cualquier “nombramiento” que recibiesen no era para convertirse en anciano, sino un nombramiento de alguien que ya era anciano para rendir algún servicio particular en la congregación. (Vea el Apéndice para más información).

De este modo, parece que los arreglos en tiempos bíblicos han seguido líneas muy naturales. A los cristianos se les representa como una hermandad, con una atmósfera de familia.[106] En una familia en la que el cabeza de la casa (en este caso Cristo) estuviese ausente, se encargaría por lo general a los hermanos mayores del cuidado de la casa. Su deber sería servir a la familia de modo colaborador y protector, representando fielmente al cabeza ausente—pero nunca actuarían como si ellos mismos fueran el cabeza. No promoverían su propia voluntad o establecerían reglas de su propia hechura, sino que en su lugar les recordarían fielmente a los otros miembros de la casa lo que el cabeza les había dado en forma de consejo, de instrucciones o de normas a seguir.

En cualquier grupo de personas que se reúnan hoy como cristianos, existirán razonablemente personas que son respetadas por mostrar sabiduría y juicio sano y que, si la ocasión lo requiere, pueden responder a las necesidades personales de un individuo, o pueden actuar a favor del grupo como un todo en asuntos de preocupación. El “nombramiento” formal no se sugiere en las Escrituras como esencial de modo alguno. El mismo arreglo como de familia que se dibuja en las Escrituras parece que va en contra de esta formalidad.[107]

        Una comunidad internacional

Los cristianos del primer siglo se reunían en grupos relativamente pequeños en hogares y, una vez que pasó el Pentecostés, no se indica en ninguna parte que hayan organizado jamás grandes asambleas que envolviesen grandes números de personas venidas de diferentes zonas. No obstante, eran todos parte de una comunidad o congregación mayor, mundial, en virtud de estar todos reunidos espiritualmente con el Hijo de Dios como su Cabeza. Como se ha mostrado, esta relación extendida no se expresaba por estar vinculados o estar sujetos a Jerusalén como centro de administración religiosa, pues, en lugar de eso, ellos miraban a una fuente celestial como su centro de guía. Esta unidad se expresaba por su amor a todos los demás que compartían una fe en común, sea que los vieran o no, sea que los conociesen personalmente o no, pues ese amor es “el vínculo perfecto de unión”.[108] Demostraban su relación unida con la hospitalidad, extendiéndola a los que anteriormente eran extraños, compartiendo sus buenas cosas unos con otros, acudiendo en ayuda de los necesitados sin importar dónde pudieran estar, compartiendo cartas y otras nuevas animadoras con los que se reunían en cualquier parte, orando a favor de ellos, sintiendo con ellos en sus pruebas y dificultades—precisamente como los miembros de una familia lo harían unos por otros.[109] Por lo tanto, se hace la siguiente observación respecto al papel de Pablo en todo esto:

“Intentaba edificar relaciones duraderas de carácter personal más bien que institucional. . . . Estos grupos cristianos dispersos no expresaron su unidad por medio de crear una organización corporativa, sino más bien a través de una red de contactos personales entre personas que se veían a sí mismos como miembros de la misma familia cristiana.”[110]

Hoy podemos hacer lo mismo. Hoy tenemos la libertad para hacer lo mismo. Es correcto que deseemos la asociación. Deberíamos estar abiertos a ella, y no solamente abiertos, sino que deberíamos desearla y buscarla, luchar por mantenerla a pesar de las imperfecciones. Sin embargo, si atesoramos la libertad cristiana, nunca haremos eso al coste de sacrificar la integridad a la verdad—la verdad representada en Cristo. Recordamos la exhortación apostólica: “Dios os ha comprado a gran precio; no dejéis que los hombres os hagan esclavos”.[111] No necesitamos comprar compañerismo al coste de permitir que algún sistema religioso nos ate a su credo y nos someta a su estructura de autoridad, o de permitir que sus líderes nos hagan sentir que debemos apoyar su propia denominación religiosa. El interés vivo, abierto de mente y de corazón en las personas, una voluntad incluso de comprometerse con las personas en interés y amistad genuinos, es una cosa. El compromiso con un sistema es otra.

En su segunda carta a Timoteo, Pablo asemejó a los que profesan la fe cristiana a “una casa grande”. Esa “casa” es notablemente grande en nuestro tiempo. Ilustró que la casa tenía vasos de clases distintas, algunos valiosos, otros usados para propósitos innobles. Y urgió a Timoteo a ejercer discreción, del mismo modo que uno no emplearía para beber y comer los vasos que eran empleados para lavar cosas sucias.[112] No es que él se considerase a sí mismo por encima de otros, o que fuese reacio a tener contacto, mostrar interés o a acudir en ayuda de cualquiera. Pero discerniría el beneficio de la asociación con aquellos cuyas cualidades y actitudes eran sanas, completas, genuinamente edificantes.[113] Hacemos bien en ejercer discreción similar hoy. Más bien que permitir que la presión de encontrar asociación nos haga tomar decisiones apresuradas, somos sabios al demostrar paciencia, ponderando el efecto que la asociación ofrecida tendrá en nuestra libertad cristiana, evaluando con calma sus supuestos beneficios, examinando la base de su atractivo. Puede tomarnos tiempo el encontrar compañeros que pueden edificarnos y para quienes podemos tener un efecto edificante—en libertad. Pero la espera vale la pena.

Por un tiempo quizás afrontemos cierta media de soledad. Los ejemplos que Dios nos da en sus siervos como ánimo para nuestra fe son mayormente de personas que también pasaron por tiempos de soledad. ¡Algunos incluso “anduvieron vagando por los desiertos áridos y las montañas y en las cuevas y cavernas de la tierra”! Al acordarnos de ellos y de la recompensa que se les aseguró, podemos tomar aliento, ‘enderezando las manos que cuelgan y las rodillas debilitadas, y haciendo sendas rectas para nuestros pies’ más bien que correr en una carrera de mínima resistencia.[114] Si se tiene que hacer una elección, podemos prescindir sin temor por un tiempo de cierta asociación humana con el conocimiento de que nunca estamos solos, de que retenemos en todo momento la amistad transcendente de Dios y su Hijo. Esto es lo único que no nos debe faltar, todo lo demás lo podemos hacer si surge la necesidad. La fe nos asegura que ellos nos asistirán, nos sostendrán, nos fortalecerán y nos animarán con su amor. Cuando nuestros esfuerzos sean recompensados con amistades edificantes, podemos ver esto como una gratificación, como algo añadido – nunca como lo esencial.

Creo que ese punto de vista puede resultar en realidad en que encontremos, si no más amigos, sí por lo menos amigos más valiosos – amigos genuinos, cuya amistad no esté condicionada por el modo en que nos ve una organización o denominación de hombres con autoridad, sino en lo que nosotros mismos somos. Yo sé que personalmente he conseguido, en muchos países, más de esos amigos verdaderos en la pasada década que en los sesenta años anteriores.

Sea cual sea el caso, nuestra libertad se enaltece por saber que hay amistades más elevadas, más vitales. Las personas nos pueden fallar. Sin importar cuán genuinamente las respetemos, las admiremos o las amemos, pueden fallarnos. Las experiencias de David y de Aquél a quien a veces tipificó, Cristo Jesús, ilustran vigorosamente esto.[115] Pero Dios y su Hijo nunca nos fallarán, nunca nos “dejarán sin ayuda”, siempre estarán ahí para nosotros en nuestro tiempo de necesidad.[116]

Apéndice

En la sección “Por qué es todavía hoy una transición difícil” se hace referencia al énfasis intenso que pone la organización Watch Tower en la expansión, en las propiedades materiales y en las construcciones. A continuación se presentan algunos detalles adicionales:

La Sociedad Watch Tower ha levantado en los Estados Unidos un holding inmobiliario enorme. En la zona de Brooklyn Heights ha construido varios edificios residenciales de muchas plantas, ha adquirido adicionalmente la mayoría de los hoteles importantes de la zona (el Towers Hotel, el Standish Arms Hotel, y el Bossert Hotel), ha pagado recientemente 6 millones de dólares por un rascacielos de 26 plantas, y posee edificios de fábrica que ocupan más de media docena de manzanas de la ciudad. En una zona próxima (Vinegar Hill) de Brooklyn se ha comenzado la demolición para construir otro edificio residencial de 30 plantas. En el estado de Nueva York, tan solo en el condado de Ulster posee otros terrenos y propiedades valorados en más de 80 millones de dólares. Cerca de la ciudad de Patterson, Nueva York, ha adquirido 320 hectáreas de terreno y se está construyendo un complejo multimillonario que incluirá la Escuela de Galaad de la Sociedad Watch Tower y también un hotel de 150 plazas (que se llamará Patterson Inn). En combinación, estos enormes edificios, y los miles de trabajadores empleados o alojados en ellos, no pueden menos que crear una fuerte impresión visual en los Testigos que los visitan. En comparación, el complejo del templo de Jerusalén parecería diminuto y su coste insignificante. Aunque no son tan inmensos, se han desarrollado grandes propiedades y complejos de edificios en otros países importantes del mundo.

Tom Cabeen que supervisó por algunos años el funcionamiento de la sala de prensas de la planta de Brooklyn, calculó un día el coste para la organización de imprimir las revistas La Atalaya y ¡Despertad!, y llegó a un coste de entre tres centavos y tres centavos y medio por copia. Cuando dejó la central mundial en 1980 y trabajó en la administración de una planta de impresión en Pennsylvania, pidió un presupuesto del coste de hacer el mismo trabajo de impresión con la misma tirada. La compañía obviamente no tenía el beneficio de trabajadores voluntarios. Sus empleados vivían en sus propios hogares y ganaban salarios normales. Sin embargo, el precio presupuestado por la compañía era casi idéntico al coste de la Sociedad. Y con esa cantidad, no sólo podía pagar los salarios de sus empleados, sino que ¡también podía obtener beneficios! Por lo tanto, el beneficio de la Sociedad Watch Tower por emplear trabajadores voluntarios, desde un punto de vista económico, está descontado. La falta de eficiencia puede ser una consecuencia de la insistencia de la organización por modelar sus operaciones en una comunidad cerrada—con todo el alojamiento, manutención, limpieza y mantenimiento que se necesita, y el numeroso personal que se requiere para cuidar de todo eso.

En la sección “Ancianos en la comunidad cristiana” se presentó evidencia sobre el modo de seleccionar ancianos en tiempos bíblicos. Las Escrituras Cristianas también hablan de la selección de otros bajo el término diakonos, que significa simplemente siervo, ayudante o  asistente. (Vea, por ejemplo, 1 Timoteo 3:3-12) El patrón que se discute en la citada sección con respecto a los ancianos también puede aplicarse a los que sirven como ayudantes en la congregación cristiana. Cuando, a continuación de Pentecostés, surgió un problema relativo a la distribución de alimento, los apóstoles vieron la necesidad de que otras personas cuidaran del asunto, y apelaron a la comunidad cristiana en conjunto para que seleccionaran de entre ellos mismos a siete hombres de “buena reputación”, que manifestaran el Espíritu de Dios y también sabiduría (Hechos 6:1-6). Los apóstoles dijeron que los “nombrarían para esa tarea” (New American Bible), o como lo vierten algunas traducciones menos formales “a quienes encarguemos de este trabajo” (Versión Reina-Valera),“les encomendaremos esta misión” (Versión Interconfesional), lo que hicieron, acompañando esto con oración e imponiendo las manos sobre los hombres seleccionados. Una vez más, tenemos aquí una circunstancia especial y la presencia de la autoridad apostólica, y parece que no hay necesidad de ver esto como algo designado a establecer una ceremonia de ordenación estandarizada y formalizada que esté en vigor en cada otorgamiento de responsabilidad a ayudantes y asistentes. Pablo habla en una ocasión de Estéfanas y su casa, como quienes se habían ‘dado a sí mismos al servicio [diakonian] del pueblo de Dios’, y urge a otros a apreciar, reconocer y a ponerse de modo similar a sí mismos al servicio de cualquiera que actúe así (1 Corintios 16:15-18—Jerusalem Bible, Phillips Modern English, The New English Bible). La comunidad no los “ordenaba”, sino que es requerida a reconocer el valor de su servicio. Es el trabajo de tales personas, no algún cargo, lo que apela al aprecio, respeto y cooperación de la comunidad (Compare con Romanos 16:1,2). Y esto es cierto de todos los que sirven en cualquier capacidad.—Compare con 1 Tesalonicenses 5:12, 13.

Raymond Franz, A la búsqueda de la libertad cristiana, capítulo 18.


[1] Hechos 2:22-38

[2] Hechos 5:27-29, Biblia de Jerusalén

[3] Colosenses 3:17, 23, 24, Versión Reina-Valera y Traducción Interconfesional

[4] Publicados en español en la edición de 15 de marzo de 1977 de La Atalaya, páginas 176-186.

[5] Hebreos 13:15, 16. Puede notarse que antes, en el versículo 10, el escritor emplea el término latreuo al discutir el ‘servicio’ que se hace por medio de ofrecer sacrificios y ofrendas en el tabernáculo o templo, y entonces lo contrasta con los sacrificios de índole espiritual que los cristianos ofrecen en un altar muy distinto.

[6] Salmo 127:3; 1 Corintios 7:14

[7] Compare con Efesios 5:21-29

[8] Tito 2:4,5; compare con Proverbios 31:10-31; Hechos 9:36-41.

[9] Colosenses 3:17, 23, Versión Reina-Valera

[10] La Atalaya de 15 de agosto de 1980, páginas 22, 24 (ilustración).

[11] Santiago 1:27

[12] Tim Gregerson era en ese tiempo un “precursor”, ya lo había sido durante algunos años y continuó siéndolo algún tiempo después. Así pues, no era alguien “carente de celo por el servicio del campo”.

[13] Dan es el tío de Tim, hermano de su padre, Tom Gregerson, y también de Peter Gregerson. Vea también Crisis de Conciencia, páginas 349-353.

[14] Hebreos 13:10-16

[15] A pesar de que en esta discusión de “servicio sagrado” por lo menos se hizo mención a cuidar de compañeros Testigos “en necesidad”, y aunque en la revista La Atalaya ocasionalmente aparecen artículos que tratan el mostrar interés y preocupación por los de edad avanzada y por los necesitados, ya hemos visto en los capítulos 6, 10 y 16, de este libro, que en la práctica real esto raramente recibe atención significativa. Aunque no es cierto de todos, es un simple hecho que cuando se enfrentan a dedicar tiempo al “servicio del campo” o a pasar tiempo visitando a los de edad avanzada, enfermos o necesitados, la mayoría de los Testigos—y la mayoría de los ancianos—se sentirán bajo la presión de optar por el “servicio del campo”, particularmente si tienen “pocas horas”. Estas visitas se pueden incluir en el “servicio sagrado”, pero no es un servicio que se puede informar. Esto debería ser irrelevante—pero claramente no lo es, como afirma francamente la carta de Karl Adams a Nathan Knorr. (Vea el capítulo 6 de este libro).

[16] Lucas 10:29-37; compare con 17:15-19

[17] Mateo 5:45-48, The New English Bible (Traducción del inglés)

[18] Vea el Theological Dictionary of the New Testament (Edición resumida), páginas 503, 504.

[19] Levítico 19:9, 10, 13-15, 17, 18, 32-37; 23:22; 25:35-43; Deuteronomio 15:7-11; 16:18-20; 22:1-4, 6-8; 24:10-15, 17-22; 25:4.

[20] Oseas 6:6; compare con Mateo 12:7

[21] Jeremías 22:15, 16

[22] Miqueas 6:6-8; compare con Salmo 15.

[23] Isaías 1:11-17; Amós 5:11-15, 21-24

[24] Romanos 12:1, Traducción Interconfesional

[25] Tomo I, página 885. De modo similar, el Theological Dictionary of The New Testament (Tomo IV, páginas 63, 64), citado en una nota al pié de la página en La Atalaya de 15 de marzo de 1977 (página 182), dice del verbo latreuein: “El uso abarcador de latreuein para la totalidad de la conducta del justo para con Dios se encuentra por primera vez en Luc. 1:74. . . . en Fili. 3:3 nuevamente encontramos latreuein en un sentido metafísico amplio en el cual abarca toda la existencia cristiana.”

[26] Esta palabras citadas son de Steven Ozment en su obra When Fathers Ruled—Family Life in Reformation Europe (Londres, Harvard University Press, 1983), página 10. Se puede mencionar aquí que durante muchas décadas, la oficina central de la Sociedad Watch Tower tenía características monásticas, ya que la mayoría del personal estaba formado por varones, y se requería que mantuvieran su estado de celibato para permanecer en la oficina central (o en oficinas sucursales). Requisitos similares aplicaban originalmente a todas las personas solteras enviadas como misioneros graduados de la Escuela de Galaad. Vea Crisis de Conciencia, páginas 16, 18, 19.

[27] The Expositor’s Greek Testament, Tomo IV, páginas 237, 238.

[28] La Atalaya, 15 de diciembre de 1982, páginas 18, 19.

[29] 2 Corintios 5:7

[30] The Expositor’s Greek Testament, Tomo IV, página 239.

[31] Colosenses 2:16, 17; Hebreos 9:11-14, 23-26; 10:1, 19-22; 12:18-24.

[32] Enfatizando que el propósito básico de su obra era llevar a los hombres a una relación personal aprobada con Dios, el apóstol Pablo la describe como “el ministerio de la reconciliación”, y afirmó: “Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”. —2 Corintios 5:18, 20, Versión Reina-Valera

[33] 2 Corintios 3:9-11; 4:18

[34] Santiago 2:8, 12; Jeremías 31:33-34; Romanos 7:6; Hebreos 8:10-13.

[35] Romanos 12:4, 5; 1 Corintios 12:12, 13.

[36] 1 Corintios 10:16, 17; Efesios 4:4-6, 15, 16. La doctrina de la Sociedad Watch Tower de dos clases de cristianos crea una situación imposible para los que no son de la clase “ungida”. Si no son de esa clase, no se les incluye en el “cuerpo de Cristo”. No obstante, de seguro que éstos aceptan a Cristo como su Cabeza, y si es así, ¿cómo pueden dejar de ser parte de su cuerpo?

[37] 1 Corintios 11:3; 12:6-11, Versión Reina-Valera.

[38] 1 Corintios 12:4-6, 27-31, Versión Popular.

[39] Juan 15:1-17

[40] Romanos 12:5

[41] Gálatas 6:10, Versión Reina-Valera; compare con Efesios 2:19.

[42] Efesios 2:13-22, Versión Reina-Valera; compare también con 1 Corintios 6:19.

[43] Efesios 2:19; Hebreos 8:11; 1 Pedro 2:9.

[44] Filipenses 3:20; Hebreos 11:8-10, 15, 16.

[45] Efesios 2:21, 22; 1 Pedro 2:5, 9.

[46] 1 Timoteo 3:15; 2 Timoteo 2:19-21; Hebreos 3:6; 1 Pedro 4:17.

[47] Marcos 3:33-35, Versión Reina-Valera.

[48] 1 Timoteo 5:1, 2, Versión Reina-Valera

[49] Mateo 23:8, 9, Versión Popular

[50] Vea, por ejemplo, la discusión del término en Paul’s Idea of Community, páginas 34, 35.

[51] Compare con Romanos 16:3-5; 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15; Filemón 2.

[52] Paul’s Idea of Community, página 41.

[53] The Expositor’s Greek Testament, Tomo IV, página 212 (comentando sobre Filemón versículo 2)

[54] Efesios 2:21, 22

[55] Vea Paul’s Idea of Community, páginas 41, 42; St. Paul’s Corinth, Texts and Achaeology, Jerome Murphy-O’Connor (Micahel Glazier, Inc., Wilmington, 1983), páginas 153-159.

[56] The Divine Imperative, Emil Brünner (The Westminster Press, Philadelphia, 1937), página 529.

[57] Mateo 18:20

[58] Hebreos 10:24, 25, Versión Reina-Valera

[59] Romanos 12:5

[60] El Expositor’s New Testament (Tomo IV, página 347), al discutir Hebreos 10:25, comenta sobre el uso que hace el escritor del término más bien largo episynagoge eauton (reuniéndose juntos por sí mismos) en lugar del más simple synagoge (asamblea, congregación), diciendo que synagoge “podría haber sugerido el edificio y las reuniones formalistas, mientras que episynagoge eauton denota meramente el reunirse de los cristianos.

[61] Compare el uso que se hace de ella en Mateo 27:46 y 2 Corintios 4:9

[62] Paul’s Idea of Community, página 92.

[63] Hechos 2:46; 5:42

[64] Hechos 19:1, 8. La evidencia señala a una asistencia similar a la sinagoga por parte de muchos cristianos inicialmente, continuando esa asistencia evidentemente hasta que la oposición la hizo desfavorable. (Hechos 18:24-26; compare con Juan 16:1, 2).

[65] Hechos 19:8-10, Versión Reina-Valera

[66] The International Standard Bible Encyclopedia, Tomo V, página 544.

[67] Gálatas 1:13-15; 1 Timoteo 1:3-7; 6:4, 5; 2 Timoteo 2:14-16; Tito 3:9.

[68] Romanos 12:3, 9, 10, 16; Colosenses 3:7, 12-17; 2 Timoteo 2:23-26; Tito 1:9, 13; Santiago 3:13-17; 1 Pedro 4:8-11; 5:2-5.

[69] Efesios 4:3; Gálatas 5:13-21.

[70] Mateo 18:20

[71] 1 Corintios 1:10-17. De la palabra “mente” (en griego nous) que emplea Pablo, la obra Theological Dictionary of the New Testament (Edición abreviada), página 637, afirma: “Significa en primer lugar ‘mente’ o ‘disposición’ en el sentido de orientación interna o actitud moral”. Compare también con Romanos 15:5, 6.

[72] Romanos 14:1-6, 13-22.

[73] Colosenses 3:14

[74] 1 Corintios 2:16; 1 Timoteo 6:3-5; Tito 3:2-7.

[75] Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:17-19; Romanos 12:5.

[76] Efesios 2:19-21.

[77] Compare con Hechos 15:32; 21:8-10; 1 Corintios 12:10, 28; Efesios 4:11.

[78] El New International Dictionary of New Testament Theology, Tomo III, página 84, comenta de modo similar: “En Ef. 2:20 los profetas forman parte del ‘fundamento’ de la iglesia. Esta imagen sugiere que el período en el cual se pusieron los fundamentos de la iglesia ha pasado, es decir, el puesto de profeta es algo del pasado. Los apóstoles aquí se corresponden en el NT con los profetas del AT. Juntos constituyen el fundamento, ‘siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo’”. Se puede destacar que el término “profeta” en el griego original (prophétes) significa básicamente “un proclamador, uno que da a conocer mensajes de fuente divina”. (Esto se discute en detalle en los artículos que preparé para Ayuda para entender la Biblia sobre los temas “Profecía” y “Profeta”, encontrándose el mismo material en la edición revisada llamada Perspicacia para comprender las Escrituras). La proclamación puede o puede no envolver la predicción de sucesos y circunstancias del futuro. (Compare con Hechos 15:30-32) Los mismos apóstoles, por su habla y escritos, llevaron a cabo la función esencial de un profeta, y el mensaje divino que dieron a conocer, que fue registrado y preservado después, forma una parte integral del fundamento de nuestra fe hasta el día de hoy. Cualesquiera que sean los mensajes dados a conocer por otros profetas cristianos, evidentemente no fueron de importancia mayor, pues sólo tenemos registro de dos proclamaciones, hechas ambas por la misma persona, Agabo.—Hechos 11:27, 28; 21:10, 11.

[79] Vea los capítulos 4, 5 y 12 de este libro.

[80] Efesios 4:11-16, Versión Popular

[81] Hebreos 5:12-14, Versión Popular

[82] 1 Corintios 12:4-25; 1 Pedro 4:10, 11

[83] Gálatas 6:1, 2, Versión Interconfesional

[84] Only One Way, The Message of Galatians, por John R.W. Scott, páginas 158, 159. En Paul’s Idea of Community, página 147, Robert Banks señala de modo correspondiente que en las cartas del apóstol a los Efesios, Filipenses y Colosenses “Pablo se dirige siempre a la entera comunidad. En ninguna parte [en estas cartas] concede responsabilidades especiales a un grupo concreto frente al resto”. Añade: “La responsabilidad pastoral nunca puede ser exclusiva de unos pocos elegidos, sino que existe siempre como una obligación sobre cada miembro de la comunidad—incluso si algunos tienen una posición más ventajosa o un don mayor para ello, y de esa forma se pueden dedicar más enérgicamente a esa tarea”. (Compare 1 Tesalonicenses 5:12-14 con 1 Corintios 16:15-18; 15:58)

[85] La palabra española “cargo” puede, por supuesto, referirse a una tarea o deber asignado, pero desafortunadamente a la mayoría de las personas le trae más bien a la mente el concepto de posición y autoridad organizacional. Aunque muchas traducciones contienen la expresión “cargo” en 1 Timoteo 3:1, con referencia al deseo de un hombre de servir como un superintendente, el escrito original del apóstol no contiene un término equivalente a “cargo”, sino que se refiere simplemente a “superintendencia” (episkope). Por tanto, algunas traducciones contienen versiones como “Si alguien pone su corazón en ser un superintendente” (The New International Version). El que el apóstol inmediatamente continúe diciendo que “es un buen trabajo lo que quiere hacer” (Versión Popular) también muestra que era un trabajo (griego ergon) o servicio de lo que se trataba, no un cargo o posición eclesiástica u organizacional. Compare con 1 Corintios 16:10, 12; Efesios 4:12; 1 Tesalonicenses 5:13.

[86] 1 Corintios 12:5-11, 28. Versión Popular

[87] 1 Corintios 12:28, Versión Interconfesional (“los que ayudan” y “los que dirigen” Versión Popular; “los que ayudan”, “los que administran”, Versión Reina-Valera)

[88] Paul’s Idea of Community, páginas 144, 145.

[89] Theological Dictionary of the New Testament (edición resumida), página 938; The New International Dictionary of New Testament Theology, Tomo I, página 193.

[90] Es una excepción el caso de Tito 3:8, 14, donde el sentido es el de aplicarse, ocuparse, concentrarse en algo.

[91] Paul’s Idea of Community, página 144.

[92] La forma verbal, por ejemplo, se emplea en Lucas 10:40 en relación con la acción de Marta de cuidar de las tareas domésticas.

[93] Mateo 20:25-28, Versión Reina-Valera

[94] La organización Watch Tower va más allá de este sentido básico de servicio en su insistencia de que todos los Testigos bautizados son “ministros ordenados”. Se empeña en equipararlos con los ministros de otras confesiones, que tienen un cargo en virtud de una ordenación eclesiástica. Contraste los artículos en La Atalaya de 1 de junio de 1976 y de 1 de agosto de 1981, equiparándose en este último el bautismo a una “ceremonia de ordenación”. Vea también Crisis de conciencia, nota 13 al pié de la página 262, y páginas 416-419.

[95] 1 Timoteo 3:8-13

[97] Ayuda para entender la Biblia, página 1579. Robert Banks observa: “Finalmente, los mismos términos episkopos [superintendente] y diakonos [diácono, ministro] deberían liberarse de las connotaciones oficiales eclesiásticas que tienen para nosotros hoy, pues no son esencialmente diferentes de los otros términos pastorales que Pablo emplea. No existe evidencia real que sugiera que estos términos tuvieran algún significado técnico en ese tiempo. Esto se confirma por el hecho de que en el segundo siglo Ignacio y Policarpo no conocen ningún modelo episcopal en la iglesia de Filipo”. —Paul’s Idea of Community, página 147.

[98] The New International Dictionary of New Testament Theology, Tomo I, páginas 188, 189.

[99] 2 Corintios 1:24, Versión Popular.

[100] Vea Ayuda para entender la Biblia, página 88. Pocos se dan cuenta de que tanto el término hebreo (zaqen) como el término griego (presbyteros) para “anciano” corresponden en significado con el arábico “sheikj”, el latino “senator” y el anglosajón “alderman”, siendo el significado básico de todos ellos “hombre de edad”.

[101] Génesis 50:7; Números 22:4, 7; Josué 9:3-11

[102] Josué 20:4; Jueces 8:14, 16.

[103] Compare con Rut 4:1-11; Lucas 7:3-5

[104] Hechos 14:23; Tito 1:5. Incluso esta expresión (griego cheirotonéo) está sujeta a una variedad de entendimientos. La obra Theological Dictionary of the New Testament (Edición abreviada), página 1312, dice de cheirotonéo: “1. Alzar la mano significa acuerdo, y por tanto cheirotonéo significa en primer lugar ‘votar a favor de’. Otros significados son ‘seleccionar’ y ‘nominar’. . . . 2. 2 Cor. 8:19 emplea el verbo en el sentido de ‘seleccionar’. Pablo se refiere a la persona que ha sido ‘elegida’ para acompañarle en el asunto de la colecta. En Hechos 14:23 Pablo y Bernabé ‘nominan’ a los ancianos y entonces los instituyen en su trabajo con oración y ayuno”.

[105] Edición abreviada, página 1312.

[106] 1 Timoteo 4:6; 5:1, 2

[107] The New International Dictionary of New Testament Theology, Tomo I, página 200, destaca que Juan comienza su segunda y tercera cartas refiriéndose a sí mismo como un presbyteros o “anciano”, y dice: “R. Bultmann cree que esto significa un título de honor de alguien que tenía y transmitía la tradición apostólica, más bien que la pertenencia a un cuerpo local de ancianos (KEK 14, 7, 95). Esto significaría no un poseedor de un cargo en el sentido institucional, sino más bien un hombre valorado y respetado ampliamente en las iglesias de aquel día, de modo similar a los profetas y maestros de la antigüedad. Su autoridad residiría solamente en la importancia de lo que decía, en la fuerza de la verdad del Espíritu”. Hay razón para creer que esto debía ser cierto de todos los ancianos cristianos—que la fuente de su poder y el peso de su palabra se derivarían, no de un nombramiento organizacional, sino de su divulgación fiel de la Palabra de Dios, particularmente de las enseñanzas del Hijo de Dios, y del poder del Espíritu santo de Dios. —1 Corintios 2:1-10; 4:19-21; 14:37; 2 Corintios 3:1-6; 10:1-10.

[108] Colosenses 3:12-14

[109] Mateo 25:34-40; Romanos 12:10, 13, 15; 2 Corintios 7:5-7, 13: Filipenses 2:19, 25-29; Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 5:14, 15; Hebreos 6:10; 10:32-34; 13:1-3; 1 Pedro 4:8-10.

[110] Paul’s Idea of Community, página 48.

[111] 1 Corintios 7:23, Versión Popular.

[112] 2 Timoteo 2:20, 21

[113] Compare 2 Timoteo 2:16-26 con 1 Corintios 15:1, 2, 12, 33, 34

[114] Hebreos 11:38; 12:1, 12, 13

[115] Salmo 35:11-15; 55:12-14; compare con Juan 1:11; Mateo 26:20, 21, 33-49, 56; 2 Timoteo 1:15.

[116] 2 Corintios 4:8, 9; Hebreos 13:5, 6; Salmo 16:5-8; 30:5.

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