Martin Merriman & John May

Martin Merriman and John MayDos hombres en Dublin, amigos y compañeros testigos, leyeron el artículo de la revista Time, donde se describió mi expulsión. Llamaron por teléfono al periodista que escribió el artículo, y le hicieron preguntas todavía incrédulos por lo que habían leído. Entonces llamaron por teléfono a Peter Gregerson y finalmente a mí. Ambos eran ancianos, uno era “precursor,” de tiempo completo, y estaban entre los testigos más activos en su país.

Hicieron arreglos para viajar a los Estados Unidos en marzo de 1982. Pasaron cinco días con nosotros. Cada uno de ellos, a su propio modo, parecía típicamente irlandés -Martin Merriman era de mejillas rosadas y pelo oscuro y rizado y gran agudeza de ingenio; John May era delgado y rubio, de naturaleza y habla poética. Estaban ambos completamente inhibidos en las preguntas que nos hicieron.

Después de cinco días, nos dijeron que el interés principal del viaje a los Estados Unidos era el poder expresarle al cuerpo gobernante, personalmente, lo preocupados que estaban ellos y otros en Irlanda, con relación a la tendencia al trato severo evidente en la organización. Me preguntaron sobre la posibilidad de que el cuerpo gobernante les diera audiencia. Les dije que ésta era remota en sumo grado, un esfuerzo virtualmente inútil, que -quizá- a lo más que podrían aspirar sería entrevistarse con uno o dos miembros en algún cuarto privado. Parecían estar inclinados a dudar de que esto fuera así. Para ambos era la cosa más natural del mundo que miembros del cuerpo gobernante, siendo hermanos cristianos, estarían dispuestos a darles al menos una breve audiencia en el interés del campo irlandés en el cual ellos estaban tan activos. Como más tarde lo expresó Martin Merriman:

“Teníamos completa confianza en que nuestro cuerpo gobernante se reuniría con nosotros y que los asuntos se enderezarían -sin la más mínima duda”.

Después de su partida de Gadsden llamaron por teléfono a Jack Barr, miembro del cuerpo gobernante. La esposa de Barr había sido misionera en Irlanda y conocía bien a la familia de John May. Le dijeron a Jack que habían estado en Gadsden y que habían hablado con Peter y conmigo y que tenían preguntas que resolver. Preguntó sobresantado, “¿Creen ustedes que esto fue prudente?”

John May respondió, “Quizás no sea prudente según la organización, pero somos amantes de la verdad y la verdad es lo que importa”.

Jack les dijo que los miembros del cuerpo gobernante estaban “muy ocupados” y que él dudaba que una reunión con ellos fuera posible. Ellos habían viajado miles de kilómetros a gran costo, dijeron, y querían hablar con alguien que les diera alguna respuesta definitiva.

La mañana siguiente llamaron a Lyman Swingle, el presidente del cuerpo ese año. Cuando John se presentó, el presidente replicó, “Yo sé quien eres. Tu eres el hombre que pasó cinco días con personas expulsadas y desasociadas. Y, ¿eres ahora el caballero en armadura resplandeciente cabalgando en un caballo blanco cruzando el Atlántico para arreglar los asuntos?” Martin dijo que por el rostro de John y sabiendo su disposición poética, casi podía decirse a sí mismo, “Nunca me consideré de esa manera, pero suena muy bien.” John, sin embargo, simplemente contestó que a él y a Martin les gustaría mucho comunicar al cuerpo gobernante lo que sabían de los asuntos, cosas que podrían ser útiles, que les ayudarían a entender cómo se sentían muchos en Irlanda. Él invitó a Swingle a llamar por teléfono a la sucursal de Irlanda para que averiguara qué clase de hombres eran ellos, que no habían venido para crear problemas sino en busca de respuestas a preguntas honestas de modo que pudieran ayudar a los hermanos allí en Irlanda.

Se le dijo, “Pongalo por escrito.” Él continuó pidiendo que se les escuchara, pero cada vez la contestación fue, “Póngalo por escrito”.

Martin habló entonces, diciendo:

“No puedo creer que usted esté diciendo esto, que ustedes no se reunirán con nosotros. Si yo volviera a mi país y les dijera a los hermanos y hermanas allá que ustedes no se quieren reunir con nosotros, que el cuerpo gobernante no se quiere reunir con nosotros, ellos me llamarían mentiroso. En irlanda vamos a las puertas y nos jactamos ante la gente de que “ellos no pueden ir a ver al obispo, pero que nosotros nos podemos reunir con nuestro cuerpo gobernante”.

Se le dijo, “Esto no tiene precedente.” Martin respondió, “Bueno, hermano Swingle, permítame respetuosamente traer a su atención lo que dice el libro de Hechos, capítulo quince, que Pablo y Bernabé subieron a Jerusalén para reunirse con el cuerpo gobernante.” La respuesta fue, “Así que, ¿ahora ustedes son Pablo y Bernabé?” Martin le expresó que se sentía herido por la actitud asumida. Otra vez la respuesta fue, “Póngalo por escrito”.

Después de como veinte minutos, Martin entonces le dijo al presidente del cuerpo gobernante:

“Catorce años atrás yo era católico romano. Los testigos de Jehová me visitaron, ellos hicieron surgir preguntas en mi vida, cosas a las cuales yo no tenía contestación. Así que fui al sacerdote, el sacerdote de la parroquia. Él dijo, “Entra y siéntate,” y me dió té y galletitas. No pudo contestarme ninguna de mis preguntas hermano Swingle, pero al menos me brindó la cortesía de sentarse y hablar conmigo. Hermano Swingle, yo les estoy pidiendo que se reúnan conmigo. No les estoy diciendo que deben reunirse conmigo. Les estoy suplicando que se reúnan conmigo. Porque ahora estoy en la misma encrucijada que estuve hace catorce años. Estoy confundido, estoy perturbado, y sencillamente quiero que mis pastores me ayuden”.

¿La respuesta a este ruego? Fue, “póngalo por escrito.” Martin expresa que él se sintió tremendamente herido, se sintió con deseos de decir muchas cosas. Pero, más bien, dice que “le deseé la bendición de Jehová, y le dije que oraría por él, pues con esa actitud le hacían falta las oraciones, siendo un anciano y poseyendo esa actitud. (Creo personalmente que la actitud demostrada por el presidente, era con toda probabilidad, la actitud asumida por el cuerpo gobernante en general, actitud que él se veía bajo obligación de reflejar).

Dejaron su número de teléfono al presidente y esperaron. Pasaron tres días y nadie llamó. Así que, tomaron su vuelo de regreso a Shannon, Irlanda, sintiéndose -como dijeron ellos- aturdidos e incrédulos de lo que habían oído; su mundo parecía ahora sombrío, pues ellos no habrían querido oir lo que oyeron, ni creer que las cosas en realidad fueron como fueron.

Recuerde lo que el representante de relaciones públicas canadiense dijo:” nosotros no dictamos desde la sede central. Tenemos una organización bien abierta que permite gran margen para la individualidad.” Compare esto con lo que les sucedió después a estos testigos irlandeses.

Una semana después de su regreso, se programó una visita a la oficina sucursal de Irlanda, Lloyd Barry del cuerpo gobernante para efectuar la asignación. Martin y John pensaron que quizás él haría arreglos para hablar con ellos, y discutir sus preguntas. No lo hizo. Pero sí hizo algo. Puso en movimiento operaciones judiciales en Irlanda.

La semana siguiente, la oficina sucursal se comunicó con John y Martin y se les pidió que se reunieran con el comité de la sucursal. El viaje de ellos a Estados Unidos fue objeto de considerable interrogación. El resultado de la reunión fue que el comité de sucursal les pidió que no discutieran con otros lo que habían oído allí.

Personalmente encontré interesante la comparación entre la manera en que se trató el caso de ellos y la manera en que se trató el mío, la disparidad en la aplicación de la norma de la Sociedad. El testimonio de que yo había comido con una persona desasociada se contó como base suficiente para tomar la acción de expulsarme. Aquí, en contraste, había dos hombres que habían pasado cinco días y noches en la casa de este mismo hombre, que habían comido con él y conmigo numerosas veces, y quienes discutieron asuntos de importancia con nosotros por muchas horas. El cuerpo gobernante estaba informado de su visita de cinco días. Sin embargo, ninguna acción se tomó en su contra.

Creo que la razón es evidente. La sucursal estaba bien consciente de la actitud de los testigos irlandeses, su poca tolerancia a que se les domine o se les trate dictatorialmente; ellos sabían del respeto en que se tenía a estos dos hombres por los testigos por todo el norte de Irlanda. Indudablemente se dieron cuenta que tenían una situación en las manos que hacía “políticamente” ventajoso no tomar medidas drásticas.

Sin embargo, de manera similar a mi caso, como séis meses después un superintendente de circuito (E.G.Watt) fue enviado a la zona de Dublin. No mucho después un comité judicial se formó para investigar a John May y a Martin Merriman. Al decirle John al superintendente de circuito Watt que el único interés de él y Martin había sido el conocer la verdad del asunto entero, se le respondió, “Que algo sea cierto o falso, correcto o incorrecto, no es el asunto. El asunto es, ‘¿Está en armonía con la norma de la Sociedad, y, están ustedes hablando del asunto?'”

Esta declaración llevó a John May a un punto decisivo. Después de esto presentó su renuncia de la organización. Él se dió cuenta de que ya no podía dar respaldo a un sistema que operaba de acuerdo a esas normas.

Martin pasó ahora a ser el foco de atención. El superintendente de circuito visitó muchos testigos de la zona de Dublín, indagando en cuanto a cualquier expresión que Martin hubiera hecho. Un número de estas personas llamaron a Martin después de que se les visitó y le advirtieron de la pesquisa en proceso. Esta era la acción de una Sociedad, descrita por el representante canadiense como, “una organización bien abierta que permite gran margen para la individualidad.”

Martin fue citado para una audiencia. Él notificó a los que estaban a cargo que deseaba tres cosas por escrito: ¿Quiénes formarían el comité? ¿Cuál era la acusación? ¿Quiénes eran los acusadores? Al regresar a su casa un día encontró al superintendente Watt esperándole allí. Watt le dijo a Martin que él no necesitaba la información por escrito (una posición asombrosamete opuesta a la que Martin encontró en su visita a Brooklyn donde repetidamente se le dijo, (póngalo por escrito”). Martin pasó como tres horas en convencer al hombre de que era su derecho el tener tal información por escrito y eventualmente tomó un pedazo de papel de una de las libretas escolares de uno de sus niños para que se anotara la información. Watt dió los nombres de los miembros del comité y entonces dijo que no había acusaciones ni acusadores. Martin no aceptó eso y finalmente Watt escribió que la audiencia era para ‘discutir la situación que está perturbando a la congregación.’ (Martin pensó que eran las visitas e interrogaciones de Watt las que habían producido las perturbaciones mayores entre los testigos.) Él le pidió a Watt que firmara el papel. Pasó otra media hora en persuadirle a que lo firmara.

Un sábado por la tarde en el salón del reino de los testigos de Jehová de Dun Laoghaire la audiencia tuvo lugar. Más de cuarenta testigos le expresaron a Martin su deseo de acompañarlo a la audiencia. Él aceptó la solicitud de veinte de éstos. El comité judicial, compuesto por el coordinador de la sucursal, el superintendente de circuito y un anciano local, quedaron pasmados al ver toda esta gente en el salón. Para su crédito, ellos escucharon el testimonio de estas personas al efecto de que Martin no había, en forma alguna, tratado de causar disturbios, que al contrario, éste había tratado de evitarlos (La esposa de un anciano local, en el comité, mandó una carta al comité expresando estos mismos puntos, después de haberle pedido permiso a su esposo para escribirla).

Para Martin el incidente más sorprendente de toda la audiencia llegó cuando comenzó a contarle al comité sobre la conversación telefónica que él y John May habían sostenido con el presidente del cuerpo gobernante de los testigos de Jehová. El coordinador de la sucursal interrumpió a Martin para decirle que ellos ya habían escuchado la grabación. Momentáneamente patidifuso, Martin dijo, “¿Grabación? ¿Qué grabación?” El coordinador de sucursal se mostró algo confuso y entonces dijo que el cuerpo gobernante había enviado a la Sucursal una grabación de la conversación telefónica.

Así que, si algunos tienen dudas del contenido de esa misma conversación, relatada antes en este capítulo, éste se puede confirmar en Brooklyn. Esta es la razón por la cual expresé anteriormente que yo creía que mi conversación telefónica con el presidente Albert Schroeder en la primavera de 1980 puede ser igualmente confirmable. La extraña preocupación de grabar lo que otros dijeron quedó ahora clara e innegablemente confirmada por la admisión de que el cuerpo gobernante había grabado secretamente la conversación telefónica entre Lyman Swingle y los dos testigos de Irlanda, John May y Martin Merriman.

El comité judicial no tomó ninguna acción contra Martin Merriman. El coordinador de la sucursal, Arthur Matthews, abiertamente declaró que los motivos de Martin y John nunca estuvieron en tela de juicio. Esto fue una declaración encomiable. Sin embargo, la norma oficial del cuerpo gobernante era que los testigos no podían hablar con John May, por ser una persona desasociada.

Subsecuentemente, se arregló por el cuerpo gobernante una visita oficial a Irlanda de parte del miembro del cuerpo gobernante, Jack Barr, acompañado de Robert Pevy, del personal del departamento de redacción de Brooklyn (quien había servido como misionero en Irlanda). Ellos se dirigieron a los testigos en la zona de Dublin y sus discursos enfatizaron la importancia de la “lealtad a la organización.”

Después de los discursos Martin fue donde estaba Jack Barr en la plataforma, presentándose por medio de decir, “Hermano Barr, yo soy la cara tras el teléfono.” Cuando Barr se mostró perplejo, Martin dijo su nombre. Barr respondió, “Oh, hermano Merriman -es grato ver su cara.” Martin contestó, “Bueno, gracias por decirlo, hermano Barr. Lo único es que me hubiese gustado haber oído eso séis meses atrás cuando estuve en Nueva York.” Le preguntó a Barr si sacaría tiempo para reunirse con él y discutir sus preguntas. Le señaló que había preocupación en Irlanda con relación a la norma del cuerpo gobernante respecto a las personas que se desasocian voluntariamente y la implicación de que aún decir, “¡Hola!,” a tal persona fuera impropio. Él se refirió a John May como “un hombre decente y bueno,” y dirigiéndose al coodinador de la sucursal, Matthews, que estaba allí al lado, dijo, “¿No es cierto eso, Arthur?” Arthur contestó “John es un hombre recto.” Martin informó al miembro del cuerpo gobernante, Jack Barr, que ‘había dejado claro a la sucursal, y ahora se lo hacía claro a Barr, que él no trataría a John May como una persona inicua, que comería con él cada vez que la ocasión se presentara.’ Otra vez, el miembro del cuerpo gobernante no pensó conveniente reunirse con Martin para discutir sus preguntas.

Después de esta visita de los representantes de Brooklyn, Martin recibió información de que nuevamente se estaba efectuando interrogación entre los testigos, interrogándolos con relación a conversaciones que habían tenido con él. Habiendo oído que una “norma más severa” se había instituído, el 27 de octubre, 1982, después de catorce años de intensa asociación activa, Martin presentó su renuncia de la congregación.

¿Por qué él y John May (y sus esposas) llegaron a esta decisión? No fue lo que estos dos hombres escucharon en las conversaciones con Peter Gregerson y conmigo lo que los llevó a esta decisión. Ellos salieron de Gadsden con la expresa intención de continuar siendo miembros de los testigos de Jehová, contribuyendo en la manera que fuera para el bien de la organización. Ellos salieron con la esperanza firme de que eran posibles mejoras, de que el cuerpo gobernante se daría cuenta de su sinceridad e intento honesto.

El crédito verdadero (si se le puede llamar así) por la decisión de desasociarse descansa fuera de Gadsden, Alabama. Descansa en Brooklyn -donde sus conversaciones con miembros del cuerpo gobernante tuvieron lugar, donde una de esas conversaciones fue secretamente grabada, y desde donde las directivas se enviaron al comité de sucursal de Irlanda para poner en marcha un programa de investigación e interrogación contra dos cristianos sinceros que querían sólo el bienestar de los testigos de Jehová. Estoy convencido de que si no hubiera sido por lo que ellos vieron en las acciones y espíritu de la organización después de salir de Alabama, aún estarían asociados con los testigos de Jehová. La organización no tuvo tiempo para considerar con ellos sus preguntas y preocupaciones cuando ellos estivieron allí, a sus mismas puertas. Pero estuvo dispuesta a enviar emisarios a través del océano, a gran costo, y dirigir que se pasaran largas horas en la investigación e interrogación de otros, para “proteger los intereses de la organización.” El cuerpo gobernante quizás no quiera aceptar la responsabilidad por la decisión a la que estos hombres llegaron, quizás niegue tal responsabilidad, pero ésta sigue siendo de ellos, a pesar de todo. Fue, más que nada, su manera de expresión, su actitud, su curso de acción, los que constituyeron los factores decisivos y desilusionantes.

La experiencia de estos dos hombres ha sido esencialmente la misma que centenares de otros han tenido. Mientras más se acercaron a sus “pastores,” más patente se les hizo la rígida y fría dureza que se escondía bajo la cubierta suave de terciopelo.

Permítaseme finalmente decirlo una vez más: no creo que la frialdad o la dureza, la actitud apartada, altiva, relamida y rayando en santurrona, que fue parte de la experiencia sufrida, se deba a la personalidad normal de la mayoría de los hombres envueltos. Creo que se debe muy definitivamente, a la enseñanza falsa que permite a una organización hacer alegaciones de autoridad exclusiva y de superioridad inalcanzable, alegaciones claramente inmodestas y sin fundamento. El concepto merece no sólo ser cuestionado; merece ser expuesto como la clase de doctrina que es, una que es dañina y que deshonra a Dios.

– Raymond Franz, Crisis de Conciencia.

Un comentario en “Martin Merriman & John May”

  1. Yo si creo que la frialdad, la dureza, la actitud apartada, altiva, relamida, y creída sí afecta la personalidad de la mayoría de los que llevan la “delantera” (muy pocos escapan de esa descripción) hacen lo que tienen que hacer de manera y forma mecánica eso de que el amor, la bondad, el tierno cariño,la paciencia, la benignidad, el perdón no saben o no lo sienten en realidad o tienen un concepto diferente de esos sentimientos y emociones… no se involucran emocionalmente, no se dan sin reserva o, sencillamente no sienten ni comprenden esos conceptos. Sus alegaciones de autoridad e infalibilidad son arrogancia de su propia naturaleza, no solo de sus doctrinas erróneas que ofenden y deshonran a Dios y más aún cuando tratan de sustentarlas y darles base y apoyo en la biblia.

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