Clarisse Greutmann

Clarisse GreutmannLos factores que se han considerado no afectan a todos por igual. Por supuesto, como en los días de Jesús, están aquellos que parecen estar satisfechos con seguir alguna rutina concreta puesta delante de ellos, algunos de los cuales incluso sienten deleite (y, demasiado a menudo, orgullo) en la observancia de requerimientos tradicionales y programas estructurados. Otros no se ven afectados de modo particular, porque simplemente no están interesados en seguir el paso ni en obtener aprobación. Su misma apatía les protege.

Es un hecho triste que los más afectados por la presión persistente para hacer más y más en actividades dirigidas por la organización, son aquellas personas de entre los testigos que son más sensibles y conscientes. Para muchos de éstos, la argumentación – que sutilmente implica culpa si no se siguen las “sugerencias” y “recomendaciones” de la organización para “servicio aumentado” – crea una inquietud constante de no estar haciendo suficiente, de no seguir el paso. Como en una noria, nunca hay un sentimiento real de logro, sino solamente la necesidad de continuar respondiendo mes tras mes a las exigencias de resultados, exigencias que a veces no se declaran abiertamente, sino que se presentan de modo que insinúan falta de fe, de celo o de amor si uno no responde a ellas. Así, mientras muchos testigos simplemente ‘siguen a la multitud’ y muestran poco efecto por la presión, la prueba real de la religión cristiana no es lo que ella hace para los que parecen libres de toda necesidad, sino lo que hace a favor de aquellos que en cierto modo son frágiles y están afligidos. El rechazo de Dios a los líderes espirituales del rebaño de Israel se centró en eso, diciendo:

“A las enfermas no han fortalecido, y a la doliente no han sanado, y a la quebrada no han vendado, y a la dispersada no han traído de vuelta, y a la perdida no han procurado hallar.” . . “Yo mismo apacentaré a mis ovejas, y yo mismo haré que se recuesten – es la expresión del Señor Soberano Jehová – A la perdida buscaré, y a la dispersada traeré de vuelta, y a la quebrada vendaré y a la doliente fortaleceré, pero a la gorda y a la fuerte aniquilaré . Apacentaré a esa con juicio.” . . : “Aquí estoy, yo mismo, y ciertamente juzgaré entre la oveja gorda y la oveja flaca, debido a que con flanco y con hombro ustedes siguieron empujando, y con sus cuernos siguieron dando empujones a todas las que estaban enfermas hasta que las esparcieron allá afuera”. – Ezequiel 34:4, 15, 16, 20, 21.

Los mismos principios aplican a los pastores cristianos, y lo genuino de su devoción por el rebaño lo demuestra en primer lugar el interés que manifiestan no por la “oveja lustrosa y fuerte” (NIV), sino por las débiles, las heridas y las quebradas. Estos tendrían que ser los primeros entre todos los que deben ser “tratados con ternura” por los pastores cristianos. El dejar de reconocer las presiones y tensiones que la vida cotidiana en el mundo actual impone sobres estas personas, es estar ciego a su estado y sus necesidades reales. El empujarlas con “instigaciones” mentales y emocionales, el dejar de suministrarles el descanso y alivio emocional y espiritual que necesitan, sólo puede traer la desaprobación del Pastor excelente, Cristo Jesús.

Estos pensamientos fueron expresados en una carta escrita en 1977 y dirigida al presidente de la Watch Tower, Fred Franz. El escritor dijo:

“Tengo el sentimiento de que las personas especialmente sensibles, que ya tienen problemas por enfrentarse a un mundo cruel y exigente, se ven agobiadas por nuestra parte con muchas presiones y amenazas de destrucción adicionales. Los que realmente intentan ser fieles en todo, y que perciben que sólo son hombres y mujeres imperfectos que nunca alcanzarán las estrictas metas de servicio, de reuniones, de conducta, etc. puestas por ustedes, están en peligro de hundirse bajo la presión combinada de requisitos implantados en ellos uno a uno por métodos de los que no son conscientes, de modo que no son capaces de sopesar el orden de prioridad de todos estos requisitos, y caen en la depresión por intentar cumplirlos todos. Me di cuenta de que solamente podía aguantar reduciendo mi exposición a la presión constante por parte de ustedes. Solamente asistía a reuniones seleccionadas, y excluía ciertas reuniones porque me deprimían y perturbaban”.

El escritor de la carta fue René Greutmann, natural de Suiza. Hago referencia a sus declaraciones porque creo que las experiencias que relata resumen y confirman mucho de lo que se ha dicho en este capítulo.

Como Testigo, René había pasado tiempo en prisión por rechazar servir en el ejército suizo. Sentía deseos de dar ayuda a los enfermos mentales, se entrenó como enfermero y consiguió trabajo en un hospital psiquiátrico de Zurich. Después de un año presentó su dimisión debido a la cuestión de tener que servir a los pacientes comidas que contenían plasma sanguíneo. Demostró, por tanto, su adherencia leal a la posición de los testigos respecto al servicio militar y a la sangre.

En su carta al presidente de la Watch Tower, dijo que la razón de escribir era:

“. . . darles a ustedes información de cómo sus enseñanzas y métodos me afectaron durante los últimos veintidós años de testigo de Jehová. Tengo la esperanza que esta contribución arroje luz sobre muchas depresiones y suicidios entre hermanos y hermanas muy conscientes”.

Luego dio detalles de cuatro suicidios que conocía personalmente entre testigos y de otros casos de testigos que necesitaban cuidado psiquiátrico. René, sin embargo, tenía un caso mucho más personal que relatar.

Él contó como conoció y se casó con su esposa, Clarisse. Como testigo celosa, ella se había mudado a la zona de habla alemana de Suiza, vivió con una familia de testigos, y con el tiempo comenzó el servicio de “precursor”, mientras que trabajaba durante media jornada como secretaria para poder mantenerse. A menudo pedaleaba en bicicleta durante una hora para alcanzar el territorio que tenía asignado. Consciente como era, se forzó a sí misma hasta el punto en que se sintió incapaz de continuar, pero el superintendente de circuito con quién habló todavía le exhortaba a mantener el paso. Como añadidura a su tensión, experimentó problemas con un testigo, un hombre casado que en ocasiones la importunaba. Ella informó del asunto al superintendente de congregación, pero después sufrió la rabia de la esposa del hombre casado, por haber actuado ella así. En poco tiempo cedió ante un derrumbe emocional. Sus padres la llevaron a casa a la región francófona de Suiza, pero ella estaba extremadamente deprimida. La mañana siguiente subió al tejado del edifico de cuatro plantas y saltó.

Clarisse sobrevivió, pero sufrió fracturas múltiples en ambas piernas y en la pelvis. Los médicos tuvieron que amputarle la pierna derecha por debajo de la rodilla.

Cuando René la conoció, ella había aprendido a caminar con una pierna ortopédica. Pero no había podido recuperarse de los efectos de lo sucedido. Sentía que había fracasado como precursora y, por tanto, que le había fallado a Dios y que su vida no tenía propósito. No podía encontrar perdón por las cosas que había hecho. En su carta dirigida a la organización Watch Tower, René escribió:

“Naturalmente, ella escuchó más tarde que “nadie la había forzado a ir más allá de su capacidad con respecto al precursorado”. Ni las personas que hicieron esos comentarios, ni Clarisse sabían del poder de las “recomendaciones” y de los “consejos” repetidos constantemente dentro de un programa agotador. Pero usted lo sabe y Dios lo sabe”.

René descubrió que Clarisse era una mujer encantadora a pesar de su impedimento físico, era normalmente una persona brillante y abierta. Se casaron, a los tres años tuvieron un hijo, y más tarde René la llevó a vivir a California, con la esperanza de que eso le permitiese romper con el pasado y superar su sentimiento de culpa y depresión. Se asociaron con una congregación de Testigos, pero encontraron poca comprensión o calor de acogida, y esto perturbó a Clarisse. René reconoció que su incapacidad para dar apoyo a todas las enseñanzas y prácticas de la organización pudo haber contribuido a que los Testigos locales no les diesen mucha atención. Él dijo que sentía que para conseguir una aceptación completa, tendría que “someterse a todas las enseñanzas sin pensar; convertirse en una grabadora que repitiese fielmente todo lo que se dice”. Y añade: “No sé cuánto tiempo podría haber hecho eso sin deprimirme yo mismo”.

Clarisse siguió tratamiento psiquiátrico por un tiempo en Suiza, y entonces se mudó otra vez a los Estados Unidos, pero con sólo una mejoría mínima en su sentimiento de depresión. El sentimiento de haber fallado religiosamente persistió. René se ofreció a mudarse de vuelta a Suiza, pero ella prefirió quedarse en California. Una noche de octubre de 1975 salió de casa para una consulta en el Kaiser Hospital. No volvió. La mañana siguiente su coche fue encontrado aparcado cerca del puente Golden Gate. Su cuerpo fue hallado flotando en las aguas de la bahía. Tenía 34 años.

Me doy cuenta de que uno no puede atribuir los problemas de nadie a una sola causa. Tampoco hizo eso René, reconociendo francamente, no sólo la constitución emocionalmente frágil de su esposa, sino también sus propias imperfecciones e incapacidades, preguntándose qué más podría haber hecho. Pero tampoco tenía duda alguna de que había un factor subyacente que operó poderosamente en contra de todos los esfuerzos por traer alivio a su esposa. Como dice en su carta a la organización:

“Extendía mis brazos y mi corazón hacia ella. Pero no sé cómo percibía el mundo y la gente a su alrededor, no estaba metido en su piel ni en su pierna artificial. No sufría su dolor y su aflicción. Ella era el tipo de persona que no se puede proteger a sí misma si se le programa con requisitos confluentes y contradictorios.
. . . Quisiera recomendar nuestra Asamblea a personas inestables y sensitivas, pero no puedo recomendar desde la profundidad del corazón una religión cuya presión casi me mató y que, estoy convencido de ello, fue uno de los factores de mayor peso en la tragedia de mi esposa y de otros”.

Cuando René lo solicitó, los ancianos de la congregación de California rehusaron conducir un servicio de funeral, basados en su entendimiento del material de la revista La Atalaya de 1 de diciembre de 1975, página 735, sobre los funerales para personas que habían cometido suicidio. Ellos le dijeron que tenían que ‘proteger la buena reputación de la congregación’. René no pudo entender la rectitud de tal posición inflexible. Como él escribió:

“No tenemos que aprobar su acción. Fue incorrecta, fue un pecado. Para mí, un funeral no significa la aprobación del estilo de vida de nadie, sino una acción de apoyo y de amor para la familia que se queda detrás.
. . . Yo mismo hice el servicio de funeral. Fui al tanatorio con mi madre, puse unas rosas sobre su cuerpo, la acaricié por última vez y entonces me arrodillé y oré, agradeciendo a Dios por el tiempo que pasamos juntos, orando para que la recordase en la resurrección. Oré para que me ayudase a aumentar mi amor y consciencia de las necesidades de las personas a mi alrededor, para que ayudase a educar a nuestro hijo para que llegase a ser un cristiano amoroso”.

Se puede señalar que dos años más tarde, en la edición de 15 de octubre de 1977 de La Atalaya, página 634, se publicó un artículo que específicamente permitía que un anciano condujese un funeral para alguien que se había quitado la vida debido a “sumo abatimiento o enajenamiento mental”. Esto no ocurrió como resultado de la carta de René Greutmann, ya que nunca llegó al Cuerpo Gobernante. Otro incidente trajo discusión sobre el tema. Cuando durante la discusión yo defendía un punto de vista nuevo, recuerdo haber llamado personalmente la atención a la endecha funeraria del rey David tras la muerte de Saúl y de Jonatán, en la que David incluyó a ambos hombres, aunque Saúl, una vez herido y para evitar el maltrato por parte de los filisteos, se quitó él mismo la vida. El cambio reflejado en la mencionada edición de La Atalaya es bueno, encomiable. Los ancianos de la congregación en California, si hubieran tenido ese material, hubieran actuado sin duda de modo diferente. Pero creo que lo que debe resaltarse es que sus acciones, sus pensamientos, sus sentimientos, fueron, y probablemente todavía lo sean, gobernados enteramente por lo que dice la organización, no por lo que la compasión y razón humanas, los principios bíblicos y el ejemplo del Hijo de Dios moverían a uno a hacer. Al introducir ese cambio con relación a los funerales paras personas que se han suicidado, el artículo de La Atalaya no presentó ningún argumento bíblico como base para tal cambio. Simplemente hizo el pronunciamiento que “por los tan excelentes propósitos con los cuales se cumple así, parece que un ministro cristiano no tendría nada que le impidiera conducir el funeral” en tales casos. La organización había hablado, y ahora los ancianos podían hacer lo que quizás sus propios corazones les habrían motivado a hacer normalmente.

Si, en cambio, la organización no hubiera hablado, ellos no se sentirían libres de actuar de ese modo compasivo, se sentirían sin duda culpables si lo hicieran, se sentirían ciertamente preocupados por mantener su posición de ancianos si no se amoldasen completamente a la política de la organización, y familiares desconsolados continuarían recibiendo la misma negativa que recibió René después de la trágica muerte de su esposa. Estoy obligado a cuestionar qué hay en todo esto que de algún modo pueda ser descrito como espiritualmente “paradisíaco”.

Algún tiempo después de la muerte de su esposa, René y su pequeño hijo volvieron a Suiza. Se había enterado de que mientras su esposa estaba siguiendo tratamiento médico en Suiza, un hombre que trabajaba como guardia de frontera en el lago Lemán, la había visto, completamente vestida, caminando hacia dentro del agua, y había ido tras ella, sacándola del agua. Por coincidencia, la esposa del hombre había conocido a Clarisse cuando era niña. René visitó al matrimonio para agradecerles lo que habían hecho por su recién difunta esposa. Durante la conversación, él mencionó que los testigos de Jehová no servían en el ejército, y la razón era que no querían matar. La esposa del hombre respondió de un modo que René nunca olvidó. Ella dijo: “A veces también matamos con palabras”.

No puedo decir si el presidente de la Watch Tower vio o leyó personalmente la carta de René. Sé que la carta no pasó al Cuerpo Gobernante, pero eso era habitual. Sea cual sea el caso, el presidente no la respondió, ya que fue entregada a uno de los hombres en los “despachos de correspondencia” para que se le diera respuesta. Creo que el tono general de esa respuesta refleja claramente el de las declaraciones hechas por los ancianos de la congregación a los que acudió René:

14 de noviembre de 1997
René Greutmann

211 Higdon Avenue Mountain View, CA 94041

Querido hermano Greutmann:

Su carta adicional recibida el mes pasado y dirigida al hermano Franz ha sido enviada al Departamento de Redacción.

Tenemos conciencia de las circunstancias que llevaron a la muerte de su esposa. Sentimos mucho la confusión emocional que la llevó aparentemente a quitarse la vida. Mientras que usted ha derivado ciertas conclusiones, hermano Greutmann, sobre lo que la influyó en este respecto, estamos seguros de que apreciará que es muy difícil juzgar los asuntos cuando se trata de emociones y motivaciones humanas. Es mejor dejar los asuntos en las manos misericordiosas de Jehová, mientras continuamos mirando hacia él para que nos guíe, sabiendo que Él juzgará toda situación con el equilibrio apropiado de misericordia y de justicia. Usted ha intentado colocar parte de la culpa sobre la organización de Jehová, alegando que lo que se espera del pueblo de Jehová respecto a asistir a las reuniones y participar en el servicio es demasiado y lleva a la frustración e incluso problemas emocionales. Pero aquí está usted intentando juzgar otra vez al pueblo de Jehová y a la congregación cristiana por lo que usted ha concluido de modo personalmente. En qué medida han contribuido a los sucesos con su esposa, su propia actitud y opinión sobre los asuntos, y el modo en que ha tratado los asuntos con su esposa, es algo que no podemos responder por usted. Como observación franca, hermano Greutmann, le recomendaríamos que reconociese cómo Jehová está dirigiendo y enseñando a su pueblo en conjunto, y la evidente bendición que éste tiene de Jehová. Usted se siente inclinado a encontrar faltas en la exhortación de compartir regularmente por medio de asistir a las reuniones y de predicar las buenas nuevas, sintiendo que lo que se dice, a veces obliga a más de lo que es razonable para el pueblo de Jehová. Los hermanos aquí en la oficina central, por medio de las publicaciones y de otros modos, y los ancianos en las congregaciones locales, están esforzándose meramente por descargar su responsabilidad ante Jehová al proveer estímulo y ayuda a nuestros hermanos y hermanas por todo el mundo, para que permanezcan fieles a Jehová y para que cumplan la comisión de predicar las buenas nuevas del reino como testimonio en todo el mundo. Cada uno individualmente debe decidir cómo puede responder a la exhortación de las Escrituras de acuerdo con sus propias circunstancias y habilidades. Cuando se valora honestamente el estímulo recibido, no hay intento alguno de reglamentar o controlar el pensamiento de los hermanos y hermanas, de modo que se les convierta en robots. Su alegación de que la organización está intentado lavar el cerebro o controlar los pensamientos de los hermanos y hermanas es realmente infundada. A menos, por supuesto, que usted se refiera a lo que Jesús y los apóstoles hicieron al entrenar a los cristianos y al ayudarles a hacer como el apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 1:10 “que estén aptamente unidos en la misma mente y en la misma forma de pensar”.

Que Jehová bendiga su deseo de servirle de acuerdo con la oración del apóstol Pablo a favor de los cristianos filipenses, en Filipenses 1:9-11.

Sus hermanos en el servicio a Jehová

Esta respuesta se dedica casi por entero a justificar el proceder de la organización y, dicho abiertamente, a rebajar al hombre que escribió claramente debido a su preocupación por un tipo particular de personas dentro de la organización y por el bienestar de ellas. La carta del miembro del personal de la oficina central contiene como mucho una frase que podría considerase ligeramente reconfortante. Como René lo expresó suavemente: “su respuesta no fue muy estimulante para mí, me dejó desamparado con mis preguntas y en mi búsqueda de verdad y de amor“. Él experimentó algunos problemas serios después de la muerte de su esposa, pero con el tiempo, con oración y fuera de la organización, los superó y ha manifestado buen equilibrio.

Creo que la combinación de evidencias a escala mundial revela por qué es razonable decir que en particular las personas sensitivas y frágiles emocionalmente corren peligro en lo que se llama el “paraíso espiritual”. No puedo evitar pensar otra vez en las palabras del profeta: “con flanco y con hombro ustedes siguieron empujando, y con sus cuernos siguieron dando empujones a todas las que estaban enfermas hasta que las esparcieron allá afuera”.

Al principio de esta consideración expresé un sentimiento de tristeza, y lo que se ha discutido sólo aumenta ese sentimiento. Lo que aparentemente ofrecía esa promesa, lo que parecía abrir el camino hacia algo bello, ha resultado en algo bastante diferente. Las cualidades excelentes que se pueden encontrar en muchos se han desviado de su resultado final. Ha habido un efecto despersonalizador, y hasta cierto punto deshumanizador, como resultado de la exaltación, casi deificación, de la autoridad de la organización. Como en el caso del anterior teólogo católico romano, la tristeza resulta de “casos de daño hecho a personas por acciones de un sistema impersonal y no libre”. Ni los intereses humanitarios, ni el amor a las personas que motivó a Dios a dar a su Hijo en su favor, sino los intereses de una organización por sostenerse así misma, por implantar sus opiniones esencialmente confesionales en más y más personas y por extender y mantener su autoridad sobre ellos, es lo que en efecto ha conseguido “aniquilar la idea que la hizo nacer”.

– Raymond Franz en “Una promesa atractiva que no se ha cumplido”, capítulo 16 de A la búsqueda de la Libertad Cristiana

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s